La puesta en escena de la película, en consecuencia, busca la celebración de lo trivial, gracias a una selección muy precisa de detalles, objetos y accesorios -los pequeños sonidos, como el crujir de una puerta o el silbido del viento; los escenarios corrientes, como una cocina o una austera escuela misionera; los rostros que apenas expresan el dolor o el miedo...- o a través de gestos cargados de un sólido significado real -cf. la forma en que Merrin desembala sus hábitos de cura, en la intimidad de su habitación, antes de enfrentarse al Demonio-. Es cierto que, con el paso del tiempo, Paul Schrader ha perdido aquel pulso mórbido y decididamente malsaine de títulos como Hardcore. Un mundo oculto ( Hardcore , 1978) o El beso de la pantera ( Cat People , 1982). A cambio, ha ganado un incisivo ascetismo narrativo -lo que lo acerca, aún más si cabe, y salvando las necesarias distancias, a su admirado Robert Bresson-, ha alcanzado una notable pureza y minuciosidad a la hora de explorar los recursos estéticos del cine. Y, especialmente, se percibe con mayor fuerza su idea fatalista (calvinista), trágica, del arte, de la vida: nada sucede por casualidad; no hay alternativas ni fantasías; todo es inapelable. El exorcista.
El comienzo no es una obra maestra, pero es buen cine, para saborearlo en tragos lentos.