EL EXORCISTA. EL COMIENZO (LA VERSION PROHIBIDA) ,editada en DVD por Warner, nada tiene que ver con anteriores entregas de la serie basada / inspirada en el libro de William Peter Blatty. Dirigida con notable maestría por Paul Schrader a partir de un guión original de Caleb Carr y William Wisher jr., el film retoma algunas de las obsesiones temáticas y visuales mas recurrentes de Schrader, ubicadas en un peculiar espacio trascendental: es decir, Paul Schrader nos muestra, sin tapujos, su peculiar visión de la lucha que el hombre mantiene constantemente contra satán.
La versión prohibida de Paul Schrader
EL EXORCISTA. EL COMIENZO es, en esencia, un film bressoniano. Como le sucedía al párroco de Ambricourt (Claude Laydu) en El diario de un cura de campaña ( Le journal d'un cure de campagne , 1951), el protagonista El exorcista. El comienzo , el padre Lankester Merrin (Stellan Skarsgård), es un sacerdote alienado incapaz de hacer frente no sólo al mundo del pecado, sino al Mal mismo. El recurso habitual para un católico, la plegaria, no le sirve -cf. la secuencia en que un abatido padre Francis (Gabriel Mann), angustiado a causa del atroz asesinato perpetrado la noche anterior por el mayor Granville (Julian Wadham), invita a Merrin a rezar afirmando que «la oración es lo único que tenemos en momentos así» , a lo cual su interlocutor responde: «Que es como no tener nada, ¿verdad?»- . Además, Merrin es un hombre que se siente inútil. Su dedicación a la arqueología le sirve para eludir el dilema que le plantea su crisis de fe: saber si está capacitado para el sacerdocio en un mundo maligno. Porque para el padre Lankester Merrin el mundo, la vida, es, fundamentalmente, el Mal; la realidad es el Mal y el Bien, tan sólo la disminución del Mal; para él, la paz no es más que ausencia de dolor. Merrin ha elevado el más agrio pensamiento de Arthur Schopenhauer -¿de Schrader?-, expuesto en su obra «El mundo como voluntad y como representación » (1819), a la categoría de neurosis, de misantropía, incluso de paranoia.

EL DIABLO AL ACECHO
En consecuencia, Lankester Merrin se mantiene alejado psíquica y espiritualmente de las autoridades británicas, de los nativos, de la curia vaticana, del padre Francis e, incluso, de la Dra. Lesno (Clara Bellar), a la que ama de una forma tan gélida como melancólica. Hay una secuencia excelente al respecto, donde podemos comprobar cómo el cariño opaco, estático, que les une se manifiesta a través del dolor: sentados junto a una mesa, mientras escuchan la suave música que brota de desvencijado gramófono, la Dra. Lesno y Merrin hablan de sus amargas experiencias durante la Segunda Guerra Mundial -ella estuvo recluida en el campo de concentración de Kulmhoff, en Polonia; él se vio obligado por un oficial de las SS a elegir a las víctimas de una represalia nazi entre los feligreses de su pequeña parroquia, en Holanda-; una conversación que se desarrolla en escalofriantes términos filosóficos, los cuales suplen perfecta y cruelmente cualquier convencional declaración de amor. Así pues, la Dra. Lesno exclama:« Es mucho más fácil creer que el Mal es algo fortuito o propio de un monstruo, y no una condición humana de la que todos somos capaces» . A lo que responde Merrin: «Yo creía que Dios nos dejaba elegir entre el Bien y el mal. Yo elegí el Bien. Pero el Mal ocurrió...» . Después de que un fallo del generador les sumerja en la oscuridad -tras un inquietante parpadeo lumínico de unos segundos-, la mujer concluye, de modo tan brusco como ambiguo: «A veces pienso que la mejor visión de Dios es desde el Infierno» .

El descubrimiento de una iglesia bizantina del siglo V enigmáticamente enterrada en el desierto keniata -construida en honor a San Miguel, el arcángel guerrero que arrojó a Lucifer al abismo-, y en cuyas entrañas se oculta una de las entradas del Infierno, pondrá a prueba la sombría reflexión de la Dra. Lesno. Cheche (Billy Crawford), un joven tullido que vaga por los alrededores de la excavación arqueológica en busca de agua y comida, y al que los nativos desprecian por su deformidad, será poseído por el Demonio cuando el Mal consiga salir de las profundidades del ominoso templo -cf. esas ciclópeas estatuas de ángeles armados, mirando hacia el fondo de la tierra- y se extienda, como una mancha se aceite, por toda la región. El ganado bovino de los Turkana mata ferozmente a una camada de hienas y, acto seguido, devora sus restos...; la mujer del jefe Sebituana (Ilario Bisi-Pedro) alumbra a un bebé muerto, putrefacto y cubierto de gusanos...
Unos soldados británicos que intentaban robar en la iglesia, son masacrados de manera ritual: uno de ellos aparece crucificado boca abajo, como San Pedro, y el otro, decapitado, con su cabeza colocada en una bandeja, evoca el macabro fin de Juan el Bautista; enloquecido por semejante hallazgo, el mayor Granville (Julian Wadham) ejecuta a sangre fría, con su propio revólver, a una muchacha Turkana -al igual que aquel oficial de las SS, quien a fin de presionar a Merrin y delante de él, le vuela los sesos a una campesina sin pestañear -; empero, al día siguiente, Granville se suicida atormentado por la culpa... El mismo padre Francis, a quien los nativos responsabilizan de todos los hechos
demoníacos que están ocurriendo, es asaeteado por guerreros Turkana tras ser inmovilizado en un árbol, semidesnudo, reproduciendo así el martirio de San Sebastián
[ 1 ] ... Finalmente, Lankester Merrin se verá empujado a exorcizar a Cheche, a luchar contra el Demonio, si quiere salvar a todos cuantos le rodean, y lo hará atacando directamente a la sustancia de la que se nutre el Mal: la Culpa.
En las antípodas estéticas y dramáticas de su nefasto film «gemelo», dirigido por Renny Harlin
[ 2 ] , la película de Paul Schrader se revela como una obra reflexiva que, en efecto, impone al público una cierta disciplina, postergando la gratificación fácil.
El exorcista. El comienzo no busca en ningún momento el artificio de lo monstruoso, huye de la escatología, rechaza las formas más vulgares de horror. Precisamente, Cheche-Lucifer deviene un ser hermoso, angélico, cuyo físico casi perfecto contrasta vivamente con su alma corrupta. No hay grotescas figuras infernales de rostro macilento, ni cabezas que giran ni vómitos verdosos y, por supuesto, tampoco hay
gore . La violencia gratuita, asimismo, queda excluida: por ejemplo, la secuencia en que uno de los guerreros Turkana, Jomo (Israel Aduramo), irrumpe en la escuela católica que rige el padre Francis y mata con su lanza a varios niños para
«evitar que el mal cristiano se propague », está abordado en un escrupuloso pero estremecedor
off visual.