Para empezar, digamos que Cinderella Man es una obra maestra, a pesar de sus ingenuidades. Me apropio así de las palabras de mi compañero Antonio José Navarro cuando a él le tocó hablar sobre otra obra maestra: Million Dollar Baby (2004, Clint Eastwood), en el número 342 de esta misma revista, correspondiente al pasado mes de febrero. Aunque me gustaría mucho poder hacerlo, no puedo decir que Cinderella Man sea una «verdadera» obra maestra, como sostenía de forma apasionada Antonio con respecto al último film de Clint Eastwood. Puedo, sin embargo, repetir algunas de sus palabras, por ejemplo «conmovedor, duro, valiente, de una pureza y sencillez abrumadoras, de una autenticidad y una profundidad exultantes», porque ambos films merecen, sin duda, ese tipo de calificativos.

No sé si alguien va a creerme cuando sostengo lo anterior. Desde luego, entiendo que es difícil poner al mismo nivel a Clint Eastwood y a Ron Howard, pero ya aclaré que entre las obras de los dos cineastas existe un matiz que las diferencia, el adjetivo «verdadera» que precede a «obra maestra». También hay que tener en cuenta que Clint Eastwood es un clásico viviente, y por ello mismo un autor con todas las letras, cuyos films tienen rasgos que son reconocibles; mientras que Ron Howard, un liberal bastante sui géneris, no pasa de ser un simple director de segunda capaz de tener una noche de suerte en alguna entrega de los Óscars, aunque en general sus films encierren pocos elementos que permitan hablar de un discurso unitario. Si a Clint Eastwood se le puede definir como un cineasta con una manera propia de ver las cosas, a Ron Howard hay que conformarse con describirle como un cineasta con una actitud propia para entender cuanto le rodea. Hay, por tanto, una distancia que les separa. De cualquier forma, quiero dejar muy claro que con Cinderella Man estamos ante el mejor film de su autor, y no se trata sólo de una medianía con cierto interés, como pesarán bastantes personas, sino de algo mucho más importante.
Hablemos de boxeo
Resulta curioso que en general un deporte tan brutal como el boxeo haya inspirado piezas literarias de una extrema delicadeza, además de una calidad indiscutible. Se me ocurren varios textosde Mark Twain, Ernest Hemingway, Ignacio Aldecoa, Norman Mailer, Joyce Carol Oates, F. X. Toole o Thom Jones como ejemplos inmejorables. Y ahora, cuando ya no se pasan combates en los canales estatales de televisión y ya no se hace el retrato mítico que se solía hacer antes de los púgiles, incluso el cine produce obras capaces de hacernos temblar por su sinceridad y por la fuerza de sus emociones, sin necesidad de apelar a nuestros más bajos instintos y sin que haga falta mostrarnos la degradación moral que muy a menudo implica el sufrimiento físico. Ya no estamos ante films que admiramos por su dureza, como Cuerpo y alma (Body and Soul, 1947, Robert Rossen), y tampoco por su sordidez, como Ciudad dorada (Fat City, 1972, John Huston). Ahora los rasgos que definían antaño al boxeo en el cine parecen estar cambiando. Nadie necesita hablar sobre ese deporte para poner de relieve el submundo que encubre, ni siquiera para dar lecciones sobre quienes suben demasiado alto y luego se precipitan.
Million Dollar Baby y Cinderella Man son bastante diferentes de los clásicos que los preceden. Ambos films, más que explicar los entresijos o las implicaciones personales que hay detrás del boxeo, pretenden informarnos, entre otras cosas, sobre la familia, el primero de una forma feroz y desgarrada, y el segundo con precisión y sinceridad. Clint Eastwood me temo que no responde al patrón de los conservadores a ultranza, porque en ningún caso parece tener en mucha estima la institución familiar y hace un retrato atroz de unos personajes vencidos por las circunstancias (un antiguo boxeador que un día perdió la visión de un ojo en el ring y que en adelante ya sólo le queda encargarse del mantenimiento de un gimnasio; un padre solitario que cada noche reza para recuperar el cariño de su hija, a quien escribe a diario para pedirle perdón y de quien no recibe una respuesta nunca; y una pobre muchacha que se siente huérfana a pesar de tener una familia propia, que no aprecia en absoluto lo que ella hace para conseguir recuperar un poco de su autoestima). Ron Howard, por su parte, nos muestra a un hombre que de pronto, al romperse una mano, se ve obligado a dejar el boxeo y combatir fuera del ring -cuando Estados Unidos atraviesa los peores momentos de la Gran Depresión- para alimentar y mantener unida a su familia.
Los golpes de la vida
Según Joyce Carol Oates, «el boxeo es un deporte que se basa más en ser golpeado que en golpear, de igual modo que se basa más en sentir dolor, y a veces también una devastadora parálisis psicológica, que en ganar». Jim Braddock (Russell Crowe) sabe de primera mano lo anterior. De hecho, Cinderella Man no lo retrata en sus buenos tiempos, sino en los momentos de mayor desesperación, cuando recibe más golpes de los que puede propinar. Al principio, durante unos minutos, se le ve ganar un combate, pero su suerte cambia en seguida, en cuanto se rompe una mano y Jimmy Johnston (Bruce McGill), un promotor con capacidad para decidir quiénes pelean y quiénes no, le aparta del ring. Justo entonces su suerte y la de su familia cambia. El país sufre las consecuencias de la caída de la bolsa en 1928, que destruye miles de hogares. Braddock entonces se ve obligado a abandonar una bonita casa en una zona residencial de Nueva York y se instala con Mae (Renée Zellweger), su mujer, y sus tres hijos en un pequeño y oscuro apartamento, apenas ventilado y sin calefacción durante el invierno. Él tiene que buscar trabajo, porque en casa ya no quedan joyas, ropa o muebles que empeñar. Y la comida y la leche para él, para su esposa y para sus hijos comienza a escasear de forma preocupante. Fuera, sin embargo, se da cuenta de que, poco más o menos, todo el mundo está en la misma situación. Ante la verja de entrada a los muelles de Hoboken cada día se concentra una multitud de parados que esperan ser contratados por una jornada, como estibadores. Son tantos que resulta difícil ser uno de los escogidos. A pesar de ello, Braddock consigue que le den una oportunidad después de varios intentos, aunque tiene que disimular su mano rota, para que no le echen. Gracias a su amigo Mike Wilson (Paddy Considine), de origen irlandés como él, puede llevar a cabo su trabajo sin demasiados problemas. Cargando y descargando sacos de grano y carbón, va fortaleciendo su mano sana, la izquierda, por la cual será luego recordado, en su regreso al cuadrilátero.
Jimmy Johnston le devuelve su permiso para boxear al cabo de varios años, cuando parece que su lesión en la mano derecha está curada y cuando de nuevo le apoya su entrenador, Joe Gould (Paul Giamatti). Es así como Braddock gana un par de combates que le conducen a un posible enfrentamiento con el campeón mundial de los pesos pesados, Max Baer (Craig Bierko), un boxeador que ha matado a dos de sus rivales en combates anteriores. Las posibilidades de Braddock contra alguien como Baer son escasas; de hecho, las apuestas antes del combate son diez contra uno a favor de Baer.