Kazan escribió A Face in the Crowd junto con Budd Schulberg,
en lo que constituye su segundo trabajo juntos tras La ley del silencio,
y la continuidad ideológica entre ambas películas hace pensar
en un díptico sobre la misteriosa dualidad de la sociedad americana
de los años cincuenta, en el fondo el germen de su situación
actual. La masa tribal de La ley del silencio, que se mueve por impulsos
primitivos y está sometida a la tiranía de líderes
groseros y vociferantes, se convierte en la masa anónima de A
Face in the Crowd, manipulada por poderes invisibles pero no menos implacables.
Una no excluye a la otra, sino que conviven en el tiempo y el espacio como
las dos caras de una misma enfermedad social, algo que demuestra con prestancia
A Face in the Crowd. De la contagiosa campechanía de Griffith
a la dureza granítica del senador ultraderechista al que acaba prestando
apoyo, sólo media el poder de la comunicación moderna, de
modo que la audiencia recorre ese peligroso camino casi sin advertirlo,
inconsciente de las consecuencias. Y el espectador de la película,
en fin, descubre de paso los peligros inherentes a los mecanismos de identificación
del cine clásico.
«RÍO SALVAJE»

Río Salvaje |
La literatura y el cine norteamericanos comparten una curiosa y doble
tendencia. A veces construyen microcosmos que sólo parecen remitir
a sí mismos, endogámicos y claustrofóbicos, en apariencia
tan inanes que parecen fabricados al azar, como un gesto casual. En otras
ocasiones, por el contrario, la anécdota crece y crece hasta convertirse
en un cantar de gesta, en pura épica, en una gigantesca visión
caleidoscópica del país que la ha producido. En el primer
apartado caben desde la tradición cuentística, de Edgar Allan
Poe a Raymond Carver, hasta el teatro lírico, de Eugene O'Neill a
Sam Shepard, o, en el terreno del cine, desde Leo McCarey hasta Todd Haynes.
En el segundo deben incluirse tanto la poesía fundacional en la estela
de Walt Whitman como las grandes novelas de Thomas Wolfe, William Faulkner
o Philip Roth, tanto John Ford como Michael Cimino, Francis Coppola o Clint
Eastwood. Desde
La ley del silencio hasta
A Face in the Crowd,
Elia Kazan se dedica a perfeccionar el discurso iniciado en la primera parte
de su filmografía, un ciclo de películas que duda constantemente
entre lo concreto y lo abstracto, entre la belleza del mundo físico
y la verdad que surge de su reproducción. A partir de
Río
salvaje, ambas categorías se funden para convertir el documento
en epopeya.
Segunda de sus películas en color y scope, Río salvaje
empieza, significativamente, con imágenes en blanco y negro de un
documental sobre las inundaciones provocadas por el río Tennessee
en los años treinta, en plena Depresión. Luego, un funcionario
del gobierno (Montgomery Clift) llega a la zona con el fin de convencer
a una anciana (Jo Van Fleet) de que debe vender su casa para que las autoridades
puedan construir una presa. En principio, las cosas están muy claras:
Van Fleet, rodeada de paletos rudos y agresivos, encarna el inmovilismo
del mundo rural, el pensamiento reaccionario de quienes se oponen a todo
tipo de progreso, mientras que Clift es el liberal honrado y valeroso que
no sólo conseguirá su propósito, sino que además
logrará enamorar a la bella nieta de la vieja dama (Lee Remick),
que a su vez representa el luminoso futuro de la región. Al final,
sin embargo, incluso el propio Clift sabe que, como en El hombre que
mató a Liberty Valance, la civilización tiene un precio,
los avances sociales sólo se consiguen a costa de sacrificar las
contradicciones de la tradición y el turbio encanto del pasado. Quizá
los muertos arrastrados por el río sean un elemento imprescindible
en el ciclo de la naturaleza, sólo un obstáculo más
en medio de ese accidente al que se suele llamar vida.
Pero, al contrario que en sus películas anteriores, en ésta
a Kazan le interesa más la evocación que la dialéctica,
lo cual no es un mérito en sí mismo, pero sí consigue
que el universo sensible reflejado en Río salvaje se vaya
convirtiendo poco a poco no tanto en una crónica crispada como en
un poema trágico. El viento bate los árboles, la lluvia castiga
la tierra, el final del verano despierta de nuevo los sentidos y el calor
reseca los cuerpos, que a su vez se acercan y se distancian llevados por
impulsos a veces tímidos, a veces irresistibles. Los negros se esconden
en los porches como sombras misteriosas y los blancos pisotean todo cuanto
encuentran a su paso, beben en exceso, se convierten en animales peligrosos
y violentos. El río fluye, la mansión de la anciana permanece
impertérrita en su inevitable deterioro, la casa de Remick la observa
desde la distancia. En medio de este universo mítico, Clift pasea
su triste semblante y su figura rígida para que la muchacha lo atraiga
a su territorio con sus maneras tiernas y suaves, la otra cara de la naturaleza
despiadada que ruge a su alrededor. Y Van Fleet, como un viejo cíclope
herido imaginado por Faulkner, como el rey sin corona de ese mundo decadente
pero aún exacto y hermoso, lo contempla todo desde su porche centenario,
que no es lo mismo que contemplarlo desde el avión que trae y se
lleva a Clift. Río salvaje es la historia de un caserón
destartalado que se transforma en una humilde tumba, también la del
hombre que provoca ese estropicio inevitable y de la mujer que lo sufre,
pero sobre todo la del país desconcertado que todo eso deja a su
paso. Río salvaje es la primera de las grandes tragedias americanas
de Elia Kazan.
«ESPLENDOR EN LA HIERBA»

Esplendor en la hierba |
Ésta es una película que obliga a tomar partido, que no
se anda con sutilezas para atraerse adhesiones. Pero también un relato
sutil y en voz baja, tan delicado y melancólico como el poema de
William Wordsworth que le da título. La primera vez que vi
Esplendor
en la hierba, en mi primera adolescencia, admiré sobre todo el
retrato de una comunidad cerrada sobre sí misma, puritana e histérica,
enfrentada a una pareja que se ama intensamente, hasta el punto de dejarse
la piel en el intento. En sucesivas visiones, entre los veinte y los treinta
años, me sorprendió su simplicidad didáctica, su entregada
apuesta por la evidencia, su melodramatismo un tanto fácil e incluso,
en ocasiones, descuidado y grosero. Todo ello, por supuesto, me distanció
de la película más o menos durante una década, hasta
que, el día en que murió Kazan, penetró en mí
esa nostalgia salvaje y desbordante que suele abordarnos cuando algo nos
hace patente el inevitable paso del tiempo y, claro está, me vi obligado
a revisar de nuevo la película. El resultado fue una especie de reconciliación,
como cuando aceptamos con benevolencia los defectos del ser amado o, más
aún, cuando en ocasiones, sorprendidos, descubrimos que ni siquiera
se trata de defectos:
Esplendor en la hierba no es tanto una película
como un espejo que interactúa con el espectador en función
de su edad y su estado de ánimo, que casi siempre son la misma cosa.