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Retrato de Elia Kazan

por Carlos Losilla
Dirigido por... nº 329, diciembre 2003

Número de páginas: 11
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«BABY DOLL»

Una mansión destartalada en el sur de los Estados Unidos. Karl Malden practica un agujero en la pared para ver, al otro lado, a su esposa Carroll Baker, que duerme plácidamente en una cuna, semidesnuda, con el pulgar en la boca. La tía de ella, una anciana sorda y remilgada que hace las veces de cocinera, recoge unas flores y las llama «poemas de la naturaleza». Luego, Malden incendia la desmotadora de algodón de Eli Wallach, un italiano menudo y colérico siempre vestido de negro, y éste pretende vengarse seduciendo a Baker, que permanece misteriosamente virgen ante los envites de su marido. La película está basada en tres piezas teatrales de Tennessee Williams, que ya proporcionó a Kazan el material de partida de Un tranvía llamado Deseo, aunque en este caso el enfoque del cineasta es muy distinto: si la película de 1951 supuso la puesta de largo de una nueva generación literaria y cinematográfica en el contexto norteamericano, cinco años más tarde Kazan cerró el círculo con una sonrisa sarcástica.

El aficionado suele enfrentarse a esta película contemplándola desde una perspectiva realista, lo que plantea algunos problemas. ¿Inverosimilitud? ¿Exageración? ¿Gran guiñol? Por supuesto: Baby Doll parece representada en un teatro de marionetas por un director de escena al que ya no le preocupa la fidelidad a ningún tipo de código establecido. No se trata del arquetípico «drama sureño», sino que es más bien una comedia cruel en la que el espesor de los conflictos se traduce en ligereza irónica. Tampoco persigue el costumbrismo, pues la pasión por el detalle propia de este género se ve sustituida por el simbolismo histriónico de rostros, objetos y decorados. Y quizá sea el esbozo de una «tragedia americana», pero en el mismo sentido en que Las amargas lágrimas de Petra von Kant, de Fassbinder, o La marquesa de O, de Rohmer, podrían ser, respectivamente, una Trauerspiel o una fable. Kazan y Williams utilizan su materia prima como punto de partida para un ejercicio estilizado en el que los actores son máscaras y las situaciones se ven expurgadas de toda emoción con el fin de mostrar sus tripas al descubierto, como si se tratara de un cuento de terror. En este sentido, Baby Doll es una película que se adelantó a su tiempo no tanto por sus características intrínsecas como por el tipo de relación que establece con el espectador, algo en lo que Kazan profundizará aún más con A Face in the Crowd.
La estrategia consiste en forzar la máquina desde el principio, en llevar las cosas hasta el límite para luego dejarlas caer en picado. En la mejor secuencia de la película, conducida con temple admirable si se examinan los elementos empleados, Wallach empieza a seducir a la reticente Baker en el exterior de la casa y termina durmiendo en su cuna, con la muchacha tendida a sus pies. ¿Cómo se llega a eso? ¿Cómo puede un director de cine filmar una secuencia de esas características? Para empezar, el contraste entre el atuendo negro de Wallach y el vestido blanco de Baker, otra de las heroínas virginales de Kazan. Luego, los primeros acercamientos entre los cuerpos, que culminan en un balancín reminiscente del columpio de La ley del silencio, casi una burda caricatura suya. Y, en fin, el sinuoso itinerario que conduce a los dos personajes a lo largo de las habitaciones de la casa, del porche a la cocina, después al desván, y, para terminar, a la habitación de ella, donde se consuma la acción. Kazan negaba que tenga lugar acto sexual alguno en esa escena, rellenando así con sorprendente racionalismo la equívoca elipsis que podría sugerirlo. No importa, pues la película otorga más trascendencia a los preparativos de lo que quizá nunca se produzca, incluso a las consecuencias de algo que puede no haber acaecido. Wallach aparece y desaparece como un fantasma, Baker pasa de acosada a acosadora con maliciosa facilidad y Kazan los filma como si se movieran en un teatrillo de títeres. Al cabo, sin embargo, el espectador termina pensando que todo eso hubiera podido ser una bella escena de amor. Y quizá lo sea, sólo que desde un punto de vista muy distinto al que estaba acostumbrado el público de 1956.
 
«A FACE IN THE CROWD»

Mientras Baby Doll intenta situar al espectador en otro lugar, muy distinto al que le había asignado el cine clásico, A Face in the Crowd describe su nueva condición con sorprendente exactitud para una película realizada en la segunda mitad de los años cincuenta. O quizá no tanto. En esa época, en Estados Unidos, la televisión ya se había convertido en un poderoso medio de manipulación de masas, y por lo tanto resultaba urgente un comentario sobre el valor de sus imágenes y su relación con las generadas por el cine. Pero lo más importante de A Face in the Crowd es su carácter profético al respecto, lo que la convierte, vista ahora, en una película de ciencia ficción apocalíptica sobre el advenimiento del fascismo audiovisual. La historia de un cantante callejero (Andy Griffith) descubierto por una locutora de radio (Patricia Neal), que además se enamora de él, y velozmente lanzado al estrellato por ciertos poderes públicos ante la mirad atónita de un honesto guionista (Walter Matthau), se revela, a medida que avanza, tanto un agudo retrato de la nueva sociedad creada por la omnipresencia televisiva como una inquietante parábola sobre los riesgos de la democracia liberal. Narrada a medio camino entre la desfachatez de Baby Doll y una meticulosa vocación analítica, la película disuelve las certidumbres e introduce al espectador en una atmósfera difusa, confusa, en la que finalmente se precipitan no sólo los valores del protagonista, sino también los de su entorno, incluido el liberalismo autocomplaciente de que hacen gala Neal y Matthau.

Sin embargo, A Face in the Crowd no es sólo una película sobre la televisión. De hecho, el inicio de la meteórica ascensión de Griffith se produce a través de la radio, en un programa precisamente titulado «A Face in the Crowd». Kazan muestra con extremo cuidado esa progresión a partir de la creciente implicación del público con el peculiar discurso del protagonista, hecho de mensajes populistas y fundamentado en el viejo tópico del hombre-del-pueblo-que-se-atreve-a-decir-la-verdad sobre todo lo que le rodea. Y para ello concede un gran valor a los contraplanos en la distancia, en los que los radioyentes, y luego los telespectadores, muestran sus reacciones ante las consignas del nuevo gurú. Se establece así un malévolo paralelismo entre la distancia que separa físicamente a emisor y receptor y la distancia emocional que impide una comunicación directa, cuerpo a cuerpo. El espectador de A Face in the Crowd-película, obligado a compartir la posición del de «A Face in the Crowd»-programa, toma así conciencia de su propia condición de mirón de un espectáculo perverso. Cuando Griffith actúa en su primer espacio televisivo, se muestra maravillado ante esos aparatos que le permiten verse a sí mismo a la vez que lo ve la audiencia y, en un falso gesto espontáneo, da la vuelta a un monitor para que también los espectadores comprueben el mecanismo. Las pantallas se superponen unas a otras creando un universo terrorífico, donde todos pueden mirar a todos con absoluta impunidad.
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