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Retrato de Elia Kazan

por Carlos Losilla
Dirigido por... nº 329, diciembre 2003

Número de páginas: 11
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Pero el teatro es también un arte literario, y por ello gran parte del valor de la obra de Kazan reside en esa peculiar mezcla entre observación y emoción que a menudo exhibe la narrativa americana. Si Al este del Edén procede de una novela de John Steinbeck, que a su vez le proporcionó el guión de ¡Viva Zapata!, la testamentaria El último magnate está basada en la obra inacabada del mismo título de Scott Fitzgerald. La citada colaboración entre Kazan y Budd Schulberg, en La ley del silencio y Baby Doll, se nutre del sustrato popular de esas obras mayores, el relato periodístico y la narración corta, a su vez la inspiración principal de los mejores guionistas de oficio hollywodienses de los años treinta y cuarenta, como Dudley Nichols o Richard Murphy, ambos también colaboradores de Kazan en su etapa inicial, el segundo en películas como El justiciero o Pánico en las calles. Tampoco es de extrañar que el material de partida de América, América y El compromiso provenga del propio Kazan, poco a poco reconvertido en novelista a medida que el mundo del cine experimentaba cambios fatales para su concepción del medio. Si Nicholas Ray culminó su carrera con una serie de ensayos cinematográficos que debieron limitarse a una yuxtaposición de fragmentos, Kazan se vio obligado a recurrir progresivamente a la literatura como sustituto del cine. Novelas como «El compromiso», «Los asesinos» o «Actos de amor» testimonian su derrota pero también su capacidad de resistencia. Como Rossellini, que prefirió la televisión al cine a modo de arma didáctica, Kazan acabó apostando por la preeminencia de la expresión personal más allá del soporte empleado.
Pero ¿qué diferencia hay entre lo teatral y lo cinematográfico en las películas de Kazan? Suele reprochársele su tendencia al efectismo, según muchos de sus críticos el resultado de la mera transposición al plató de determinados mecanismos teatrales. No obstante, cuando el cineasta filma Un tranvía llamado Deseo, el impulso narrativo propio del cine americano aniquila cualquier posible tentación de recurrir al estatismo. Y cuando adapta Al este del Edén no puede evitar la reformulación del material novelístico en términos pictóricos y teatrales, lo cual crea una tensión que se desplaza continuamente desde el estilo hasta los temas tratados y viceversa. Sea como fuere, el cine de Kazan no es tanto un cine «teatral» como un cine «literario», en el más amplio sentido de la palabra. Es un cine que no deja que las imágenes hablen por sí mismas, sino que las obliga a hablar mediante ciertos artificios y convenciones. Es un cine en el que nunca se filma la lluvia, en el que siempre oímos «Está lloviendo», más allá de las imágenes del agua que cae, como en las acotaciones teatrales o las descripciones novelísticas. El cine de Kazan es también un reflejo del mundo, pero su ojo se centra más en el «reflejo» que en el «mundo».
Y bien, ¿es eso pernicioso? La cinefilia clásica acostumbra a contemplar el cine como un arte privilegiado, independiente, sin ataduras, un lenguaje en sí mismo. Sin embargo, ello no es más que una perversión del realismo preconizado por André Bazin, el padre de la crítica moderna, que consideraba el cine un «arte impuro» paradójicamente destinado a reproducir el universo visible. Puede que el cine de Kazan no despierte el tipo de emoción que provocan el de Jean Vigo, el de Yasujiro Ozu o el del propio Nicholas Ray, pues en él los sentimientos que se desea transmitir están mediatizados por innumerables filtros. Pero, en cambio, conmueve profundamente su compromiso con la lenta construcción de lo real, el esfuerzo que supone la búsqueda de la verdad tras las balizas del lenguaje. Jacques Rivette decía que tanto Río salvaje como Esplendor en la hierba eran películas sobre el tiempo y sus erosiones. Sin embargo, en palabras de Hegel, el conjunto de la obra de Kazan podría definirse como «el triunfo del arte sobre lo efímero». En el fondo, nunca había abandonado del todo la dialéctica marxista.
La primera persona

No por azar el aprecio crítico hacia la obra de Kazan, a partir de Río salvaje, coincidió con la eclosión de los «nuevos cines». Para François Truffaut, la redención del cineasta empezó un poco antes, con Al este del Edén, pero da lo mismo: los llamados «jóvenes turcos» valoraban la supuesta espontaneidad, la frescura, la falta de afectación de su nueva etapa. Por lo tanto, el cine de Kazan sólo puede ser «moderno», según ellos, a partir de sus películas de los años sesenta. No obstante, hay otro tipo de «modernidad» cinematográfica, aquella que se desprende de la expresión personal, más allá de los procedimientos empleados, pero también más allá de la propia ficción: la «modernidad» de la primera persona. Según Roger Tailleur, en la obra de Kazan hay películas «él» (hasta Pinky), películas «tú» (hasta La ley del silencio) y películas «yo» (las siguientes). Eso significa que al principio de su carrera el cineasta habla en tercera persona, de labios de la industria, para luego dirigirse al espectador y, finalmente, a sí mismo. Sin embargo, este repliegue progresivo no es tan claro como parece: a partir de La ley del silencio, el «tú» y el «yo» se confunden. Las películas de Kazan se desbordan, salen de la pantalla, pero también obligan a entrar en ella al espectador. La primera persona no evita el diálogo.

Ello no obsta para que, de 1960 en adelante, los temas de las películas de Kazan se hagan a la vez, y cada vez, más amplios y más reducidos, en cualquier caso más personales. Hablan abiertamente de América, de lo que significa para el cineasta, pero también del papel que éste desempeña en ese contexto geográfico e histórico. Río salvaje y Esplendor en la hierba se remontan al período de entreguerras para entender las razones de lo que sucederá después. América, América es una fábula autobiográfica cuyo motivo principal es la tierra, la de origen y la de adopción, el dilema del emigrado. El compromiso ilustra el colapso de esa comunión espiritual, el choque entre la tradición y los nuevos tiempos. Los visitantes replantea las complejas relaciones entre el viejo liberal del izquierdas y las exigencias de las nuevas generaciones, todo ello en una especie de psicoanálisis familiar. Y El último magnate vuelve al pasado para encontrar el origen de todo.
Sea como fuere, el cine de Kazan no es simplista ni grosero en sus consideraciones ideológicas. De hecho, su tema principal es la ambigüedad, en su caso no de las imágenes, sino de los comportamientos. Kazan cree ciegamente en el poder del arte para construir proposiciones, pero duda de la autenticidad de éstas. La barrera invisible no es una película sobre el racismo, sino sobre nuestra percepción del racismo. En Un tranvía llamado Deseo, Brando resulta a la vez irresistiblemente atractivo y enormemente repulsivo, lo mismo que su personaje de La ley del silencio no alcanza la redención cuando se convierte en delator, sino cuando sufre una descomunal paliza a manos de los mafiosos. James Dean, en Al este del Edén, puede verse como un niñato consentido o como un héroe existencial. Y en El último magnate, la mencionada casa en construcción de Robert De Niro es un retrato veraz de su personalidad: por un lado, un ser humano incompleto, aquejado de una herida incurable; por otro, un privilegiado del sistema que no tiene cabida entre los hombres corrientes. Kazan, de nuevo, estaba hablando de sí mismo.
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