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Retrato de Elia Kazan

por Carlos Losilla
Dirigido por... nº 329, diciembre 2003

Número de páginas: 11
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Tomemos la famosa escena de La ley del silencio en la que Marlon Brando y Rod Steiger conversan en el interior de un coche. Steiger debe convencer a su hermano de que no testifique en contra de la mafia portuaria de la que forma parte y, para ello, utiliza todos los procedimientos a su alcance: intenta explicarle con tranquilidad la situación, luego lo amenaza verbalmente, le grita e incluso llega a apuntarle con una pistola. Las respuestas de Brando, en cambio, resultan mucho más violentas en su aparente placidez. Cuando Steiger le hinca el revólver en el costado, lo mira moviendo la cabeza de un lado a otro y retira el arma suavemente, como si se tratara de una escena de amor con Eva Marie Saint. Y los reproches que lanza a su contrincante son también los de un amante despechado, los de un hermano desilusionado. «Yo hubiera podido ser alguien, Charley, y no el don nadie que soy ahora, afrontémoslo», le dice mientras Steiger intenta exculparse. Y cuando pronuncia la palabra «someone», Brando entorna los ojos y reclina la cabeza levemente hacia atrás, un gesto verdaderamente conmovedor. El verismo de esa interpretación se recubre entonces de un artificio cuidadosamente estudiado, quizá fruto de un impulso momentáneo, pero de cualquier modo surgido de ciertos arquetipos emocionales: el cuerpo doliente, el rostro compungido por el dolor moral. En un documental que puede verse en la edición española de la película en DVD, se revela que la escena no sólo se rodó en un coche falso, mientras los focos del plató simulaban las luces de la ciudad, sino que Brando, además, abandonó la filmación cuando hubo terminado su trabajo y dejó a Steiger litigando con el chico de los recados, improvisado doble de su interlocutor. El realismo había desaparecido sin dejar rastro. O mejor, dejando el rastro de una indeleble impresión de realidad.

Warren Beatty
Resulta impresionante repasar la nómina de actores que trabajaron con Kazan a lo largo de su carrera, una esmerada selección de lo mejor que ha dado el Actor's Studio. Del Brando de Un tranvía llamado Deseo y ¡Viva Zapata! al Robert De Niro de El último magnate, varias generaciones del «método» se dan la mano en una cadena apenas interrumpida. Ahí están el James Dean de Al este del Edén, el Montgomery Clift de Río salvaje, el Warren Beatty de Esplendor en la hierba, la Faye Dunaway de El compromiso, incluso el joven James Woods de Los visitantes. Pero también actores más modestos, como por ejemplo Karl Malden, secundario en Un tranvía llamado Deseo y La ley del silencio y protagonista en Baby Doll, donde estaba acompañado por Carroll Baker y Eli Wallach. O, de nuevo en La ley del silencio, Lee J. Cobb y Rod Steiger... La lista sería interminable, pero el resultado es una especie de mosaico completo de las virtudes y los vicios del «método». Si muchas de las películas de Kazan pueden calificarse de «histéricas», y no todas en un sentido negativo, ello se debe en gran parte a las interpretaciones desmesuradas de sus actores y actrices, «desmesura» que, por otra parte, provoca en ocasiones una genuina emoción precisamente por la economía de medios que conduce a ella: ¿puede haber una composición a la vez más histriónica y conmovedora que la de Malden al final de Baby Doll, cuando el pobre diablo clama una y otra vez por su amada, en el exterior sombrío de una mansión en ruinas?
En una escena memorable de Río salvaje, Montgomery Clift y Lee Remick conversan en la puerta de la casa de ella, mientras en el exterior cae una lluvia intensa. Él es incapaz de expresar sus sentimientos, aunque la muchacha está deseosa de que lo haga. Él le dice: «Es bonito esto cuando llueve». Y ella responde: «Sí, lástima que termine el verano. Ya estamos en octubre...» Esta conversación intrascendente, unida a la rígida inmovilidad de Clift y la inquietud que advertimos en Remick, al dramatismo aportado por la lluvia y el ángulo algo enfático desde el que filma Kazan, provoca una impresión contradictoria, como si ese encuentro casual entre dos personajes fuera capaz de desnudar emocionalmente a los actores a través de la disección de sus gestos. Kazan afirmó que el trabajo con Clift no resultó fácil, que la operación sufrida tras el grave accidente que casi le costó la vida limitaba enormemente la flexibilidad de su rostro, que los efectos devastadores de las drogas y el alcohol le impedían dar lo mejor de sí mismo. No importa, pues este momento privilegiado, lejos de la «revelación» que tanto persiguieron Rossellini y sus herederos, consigue, sin embargo, efectos parecidos: una fugaz poesía de la banalidad, el vertiginoso roce de los cuerpos laboriosamente transfigurado en una epifanía del instante.
La literatura y el teatro

El nombre de Elia Kazan está íntimamente relacionado con los de Tennessee Williams y Arthur Miller, Thornton Wilder y William Saroyan, algunos de los dramaturgos más importantes de la posguerra estadounidense. De hecho, su carrera en la escena es un completo catálogo de las mejores obras teatrales norteamericanas del siglo XX. Kazan también mantuvo una intensa amistad con Williams, plasmada en una larga y apasionada correspondencia, así como en dos adaptaciones cinematográficas, Un tranvía llamado Deseo y Baby Doll. Colaboró en dos ocasiones con Paul Osborn, autor del guión original para Río salvaje y de la adaptación de Al este del Edén. Igualmente, un autor como William Inge, responsable de clásicos como «Vuelve, pequeña Sheeba» o «Picnic», le regaló el libreto de Esplendor en la hierba, escrito directamente para el cine.Y su relación con Arthur Miller resultó compleja y conflictiva, tanto en el terreno ideológico como en el personal, si es que pueden separarse en este caso. Miller, al contrario que Kazan, se mantuvo firme en sus convicciones al enfrentarse al comité de McCarthy, y esas diferencias envenenaron sus relaciones. Marilyn Monroe, que se convertiría en la esposa de Miller, también fue amante de Kazan. Y, paradójicamente, la génesis de La ley del silencio, la autojustificación de Kazan como delator, se remonta a un argumento ideado por Miller, The Hook.

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