El realismo
En los años cincuenta y sesenta, mientras Kazan da a luz las películas
más significativas de su carrera, la fotografía norteamericana
también experimenta una pequeña revolución. Los maestros
de la Depresión y el New Deal, como Walker Evans, se habían
especializado en un documentalismo naturalista de perfiles tan romos y difusos
como las películas de la época, una óptica que influyó
no poco en cineastas como King Vidor, por ejemplo. A partir de la posguerra,
sin embargo, fotógrafos de generaciones distintas pero objetivos
comunes coincidieron en dotar a ese enfoque realista de un aura más
orientada hacia un formalismo casual, en apariencia azaroso pero en el fondo
firmemente estructurado. Lee Friedlander, Garry Winogrand, William Klein
o Harry Callahan, cada uno a su manera, impusieron un estilo en el cual
la impresión de realismo procedía de composiciones cuidadosamente
estudiadas, ya fuera a través de la angulación o el claroscuro,
la disposición de los volúmenes o la distribución de
las masas. Del mismo modo en que la estética de Nicholas Ray podría
asimilarse al famoso The Americans, de Robert Frank, la de Kazan
encuentra su paralelismo en colecciones como Life is Good for You in
New York, de Klein, cuyas instantáneas tienen mucho que ver con
algunos de los planos más típicos del cineasta: aquellos que
muestran a la gente común, habitualmente en pequeños o grandes
grupos, como testigos involuntarios de la acción principal de la
película. Se trata de encuadres, concebidos como fotografías
en movimiento, en los que cierto tipismo de la América profunda,
o de determinada marginalidad urbana, componen retratos que actúan
como una especie de coro silencioso.

La ley del silencio |
El equívoco en torno al presunto «realismo» del cine
de Kazan procede precisamente de ahí: ¿cómo es posible
que composiciones tan artificiales sean consideradas el fiel reflejo de
un país y de una época? De hecho, a Kazan no le interesa el
realismo entendido como descripción de las apariencias, sino como
una reformulación del universo visible destinada a ofrecer una impresión
de realidad sometida a diferentes tipos de estilización. El «realismo»
de sus primeras películas, por ejemplo, no puede transgredir las
normas hollywoodienses al respecto, de manera que temas como el antisemitismo
en
La barrera invisible o los prejuicios contra la población
negra en
Pinky, película que heredó de John Ford, deben
albergarse necesariamente bajo los auspicios de los géneros tradicionales,
lo cual también ocurre, aunque en menor medida, con el «realismo
social» de
Pánico en las calles o el «realismo
histórico» de
¡Viva Zapata!. En cambio, desde
La ley del silencio hasta
A Face in the Crowd, ese «realismo»
recurre al trazo grueso, incluso a lo grotesco o lo esperpéntico,
con la intención de componer un aguafuerte sobre la cultura americana
de la época a medio camino entre la crítica social y la caricatura
satírica. De ahí la incomprensión que han generado
por doquier películas como
Baby Doll o la misma
A Face
in the Crowd, por no hablar de las innumerables interferencias ideológicas
y estéticas que todavía obstaculizan una visión imparcial
y sin prejuicios de
La ley del silencio. Y de ahí que la última
etapa de la filmografía de Kazan goce de un prestigio, por otro lado
bien merecido, que suele negarse a sus trabajos anteriores: tanto el «realismo»
lírico de
Río salvaje o
Esplendor en la hierba
como el «realismo» autobiográfico de sus cuatro películas
postreras resultan mucho más reconocibles, y por lo tanto susceptibles
de una valoración positiva por parte de la cinefilia tradicional,
que las diversas estridencias que pueblan su cine de los cincuenta.
Y, a pesar de todo, Kazan siempre sostuvo que su director de fotografía
favorito fue Harry Stradling, con el que colaboró en Mar de hierba,
Un tranvía llamado deseo y A Face in the Crowd, ninguna
de ellas demasiado apreciada por los conversos que suscitó Río
salvaje. La presencia reiterada en su obra de otros profesionales como
Boris Kaufman o Joseph McDonald, provistos de una imaginería visual
similar, confirma su predilección por un realismo teatralizado, por
unas imágenes que subrayan los aspectos más evidentes de la
realidad, no necesariamente basados en el exceso o la exageración.
También películas en apariencia más reposadas, más
próximas a un impresionismo de raíces líricas o naturalistas,
como Esplendor en la hierba o Los visitantes, respectivamente,
conservan esa tendencia a poetizar las situaciones mostradas a partir de
una cierta manipulación de los ingredientes. Para Jean-Pierre Coursodon,
Río salvaje es el mejor trabajo de Kazan porque, entre otras
cosas, es el menos «teatral», aquel en el que las conclusiones
se desprenden espontáneamente de las imágenes. Poco importa,
pues, incluso en esta película admirable, los elementos naturales
responden a una utilización premeditada y artificiosa del espacio
y de su relación con los personajes. La función del calor,
el viento y la lluvia está concebida como una ilustración
dramática del estado de ánimo de los protagonistas, no como
su inductora. Kazan, como siempre, está más cerca de Eisenstein
que de Dovjenko, de Ford que de Renoir.
Los actores
Otro equívoco firmemente asociado a la figura de Kazan es el papel
que suele otorgarse al Actor's Studio en la evolución del cine americano
a partir de la posguerra. Por ejemplo, se acostumbra a decir que el famoso
«método» supuso la irrupción del realismo en los
modos interpretativos hollywoodienses. Por un lado es cierto. El recurso
a la improvisación, la flexibilización del cuerpo, el reciclaje
de la subjetividad en la construcción del personaje, son procedimientos
nunca antes utilizados por los actores americanos, cuyo objetivo, hasta
entonces, era una estilización a tal punto codificada que ni siquiera
Orson Welles y el Mercury Theatre fueron capaces de quebrar. Pero también
es verdad que ese exceso de realismo acabó convirtiéndose
en su propio opuesto, pues las figuras se relajaron tanto que acabaron traspasando
el umbral de la verosimilitud instaurada por el cine de los años
treinta. Al expresar una tensión y un malestar inusitados, al multiplicar
las expresiones faciales y las muecas, al relajar el cuerpo para luego ponerlo
otra vez en estado de alerta y viceversa, los actores del «método»
violaron el equilibrio clásico del plano, ampliaron sus dimensiones
y crearon nuevas formas de movimiento en su interior, desde entonces agitado
por múltiples líneas de fuga. Ellos también querían
salir de la pantalla e invadir el espacio del espectador.