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Retrato de Elia Kazan

por Carlos Losilla
Dirigido por... nº 329, diciembre 2003

Número de páginas: 11
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EL ESTILO: SALIR DE LA PANTALLA

Ray y Kazan representan los extremos opuestos de la nueva estética adoptada por el cine norteamericano de la posguerra. Ray es el pintor que juega con las manchas de colores y las estructuras dislocadas, mientras que Kazan es el escultor fascinado por las luces y las sombras. En su primera etapa, de Lazos humanos a Pinky (1949), esa ruptura estilística se coloca bajo la admonición de un Hollywood alterado por las influencias expresionistas, a su vez asimiladas por las normas no escritas del clasicismo institucional. En la segunda, de Pánico en las calles (1950) a ¡Viva Zapata! (1952), se afianzan texturas graníticas y grandes contrastes, de manera que las figuras y los objetos parecen emerger de la oscuridad como las tallas de madera de un tronco. De Fugitivos del terror rojo a A Face in the Crowd (1957), la fase que coincide con el episodio maccarthista, ese tenebrismo abstracto deja paso a una crispación no exenta de lirismo, donde los actores se encargan de traspasar el umbral que los separa del público a través de decorados hostiles y claustrofóbicos. Y, en fin, de Río salvaje a Los visitantes, tiene lugar un proceso de interiorización progresiva que culmina en El último magnate, en la que una casa construida sólo a medias actúa como metáfora tanto de la inmadurez del protagonista como del fracaso de la obra entera de Kazan, obligado a reencontrarse consigo mismo a través de una figura interpuesta.

En el Hollywood de los años cincuenta y sesenta, la utilización masiva del color y del scope produce películas concebidas a lo largo y ancho de la pantalla, es decir, en sentido horizontal. O, como mucho, lanzadas hacia el fondo del encuadre en una profundidad de campo convertida en figura retórica desde que Orson Welles la sacralizó en los inicios de su carrera. Pero en el cine de Welles, y no digamos ya en el de William Wyler, los objetos y los personajes que quedan en primer plano pertenecen también al territorio del cineasta, jamás intentan salir del cuadro. Tomemos, por el contrario, Un tranvía llamado Deseo y ¡Viva Zapata!. En la primera, la famosa camiseta de Brando es como una segunda piel, por un lado indisolublemente unida a su cuerpo, por otro proyectándose hacia el espectador a modo de interpelación erótica. En la segunda, el uso del blanco y negro propicia sugerentes claroscuros, pero también oposiciones simbólicas que se abren hacia afuera como una flor, como Zapata y su esposa en su noche de bodas, en la ventana, o como el personaje siempre vestido de negro, que no cesa de asomar su rostro huesudo a modo de tétrica advertencia.

Marlon Brando
Tras su primera experiencia con el color y la pantalla ancha en Al este del Edén (1955), Kazan se propuso, con dos películas tan extrañas y desconcertantes como Baby Doll (1956) y A Face in the Crowd, llegar al límite de la cuarta pared a través de personajes cada vez más monstruosos, tanto física como moralmente. Ya en La ley del silencio, la dialéctica de los espacios, la relación entre la lejanía y la cercanía, entre el primer y el último término del encuadre, es la base de una película cuyo tema principal es, precisamente, la distancia que separa nuestros deseos de nuestras realidades, nuestras percepciones de las cosas de su verdadera esencia, nuestra normalidad aparente de nuestra monstruosidad. Cuando Brando se une a los mafiosos, tras haber delatado al hermano de Eva Marie Saint, el plano lo mantiene al fondo, el último de tres rostros dispuestos en una hilera decreciente. De repente, cuando se entera de que el chico ha sido asesinado, su figura emerge de la oscuridad para tomar simbólicamente el primer plano de la acción. Y lo mismo sucede con los movimientos de cámara. Rod Steiger deja escapar a su hermano, el propio Brando, y luego ordena a su chófer, invisible hasta ese momento para el espectador, que lo lleve a una dirección determinada. Entonces el plano se amplía y deja ver el rostro del conductor, cuyo propósito es muy distinto al que le ha dictado Steiger. En Baby Doll, los dos depredadores interpretados por Karl Malden y Eli Wallach se reparten equitativamente el exterior y el interior de la mansión hasta que, al final, coinciden en ella, en permanente lucha por el cuerpo de Carroll Baker, en medio de un duelo de rostros desencajados siempre a punto de desbordar la superficie de la pantalla. En A Face in the Crowd, el montaje, ya lejos de la influencia soviética de ¡Viva Zapata!, efectúa continuos movimientos centrífugos en lo que poco a poco se perfila como una agresión en toda regla al espectador, cada vez más amedrentado por las carcajadas espectrales de Andy Griffith, convenientemnte recogidas en primerísimos planos.
A partir de Río salvaje, el cine de Kazan empieza a expresar de otro modo esa tendencia a la extraversión. Como ningún otro de sus compañeros de generación, Kazan se vuelve hacia sí mismo para convertir su cine en un modo privilegiado de confesión personal, casi un diario de sus angustias y sus dudas ante el rumbo que toman los nuevos tiempos, quizá una consecuencia directa del fracaso crítico y de taquilla de Baby Doll y A Face in the Crowd. Pero ese cuaderno de bitácora es, en el fondo, una nueva forma de striptease emocional e intelectual, pues hace público lo que debería reducirse al ámbito de la intimidad. La diferencia respecto a su filmografía anterior estriba en que, si en ésta el lugar privilegiado para la exteriorización era el plano, en los años sesenta y setenta su campo de batalla se desplaza a la estructura general de la película y su confrontación con los nuevos caminos del cine de la época. Con Río salvaje y Esplendor en la hierba (1961), frescos a la vez épicos e intimistas sobre la historia reciente de Estados Unidos, verdaderos estandartes del revisionismo kennediano, intenta resituarse moralmente respecto a su país de adopción, y por ello su estilo es simultáneamente el del cronista y el del poeta, entre Erskine Caldwell y Walt Whitman. Todo ello experimenta una cierta convulsión con el estreno de América, América (1963), en la que contempla su itinerario desde el exterior en el seno de un complicado juego de espejos entre realidad y ficción, y, de nuevo, con El compromiso (1969), cuya construcción sinuosa y esquizoide le obliga a realizar continuos saltos hacia dentro y hacia fuera de sí mismo y de su cine, aquí enfrentado a las distorsiones propias de la modernidad europea. En fin, el hecho de que sus dos últimas películas, Los visitantes y El último magnate, sean tan distintas, respectivamente una diminuta pieza de cámara y un lujoso ejercicio retro repleto de grandes estrellas, no obedece a rendición alguna a los vaivenes de la moda y de la industria, sino a un deseo de desaparecer como cineasta en las fronteras de una escritura, por un motivo o por otro, cada vez más neutra. Pero ni siquiera en esa tesitura pudo resistirse Kazan a «salir de la pantalla»: ahora era él mismo quien pretendía emerger de las sombras, llevando a su extremo esa consigna del cine moderno según la cual toda película debe ser también un documental sobre sí misma.
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