En fin, esta película hecha en familia es también una película
sobre la Familia, por fin desenmascarada como el tema fundamental de la
obra de Kazan. La familia como unidad microeconómica: América,
América. La familia como carencia: A Face in the Crowd. La
familia como nido de víboras: Baby Doll. La familia como lugar
del conflicto, de un grupo humano y de un país: Esplendor en la
hierba. La familia como aspiración en lucha contra el desarraigo:
Río salvaje. Pero también la Gran Familia Americana,
aquella a la que el emigrante Kazan quiso pertenecer con todas sus fuerzas
y que en Los visitantes no conoce ya concordia alguna. El padre de
la chica, escritor de novelas del Oeste, permanece anclado a una ideología
en apariencia periclitada, en realidad sobreviviente en distintas formas
encubiertas de neofascismo. La joven pareja, marcada por relaciones de dependencia
económica y afectiva con el padre, está condenada a la desunión,
la misma que la guerra de Vietnam ha sembrado en el país entero,
entre gobernantes y gobernados, combatientes y pacifistas. Cuando la muchacha
empieza a coquetear con uno de los visitantes, no sabe que ese acto de disidencia
terminará en una doble violación, sospechosamente parecida
a la que acaeció en Vietnam. Entonces se produce la fisura definitiva,
pues no se trata de que la guerra importara su barbarie para instalarla
en la tierra prometida, sino de que el sudeste asiático fue sólo
un escenario más donde representar la eterna tragedia americana.
Al final, la chica se dirige al salón envuelta en su batín,
inexpresiva y distante tras la debacle. Y Woods, que la está esperando
sentado en su sillón, le pregunta: «¿Estás
bien?». Pregunta dirigida a América, según Kazan,
pero también al espectador, y también a la actriz, sin duda
exhausta tras esa nueva escenificación de una obra sin fin.