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Retrato de Elia Kazan

por Carlos Losilla
Dirigido por... nº 329, diciembre 2003

Número de páginas: 11
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De hecho, toda la película es una sucesión de ventas e intercambios mercantiles cuyas raíces se remontan al imperialismo colonialista. En Anatolia, Stavros y los suyos deben luchar por la subsistencia diaria en condiciones especialmente duras, pues la dominación turca impone reglas draconianas. Una vez empieza su periplo se suceden diferentes personajes secundarios que dibujan un profuso tapiz social: no sólo el ladrón, al que Stavros acaba asesinando, sino también su compañero de trabajo en las calles de Constantinopla, el pariente que lo aloja en su domicilio, el rico comerciante que intenta atraparlo en sus redes, el millonario americano que al final lo introducirá en el país involuntariamente... Ricos y pobres, obreros y pícaros, forman parte de un sistema en expansión en el que la supervivencia sólo puede basarse en motivos económicos, una tupida red de intereses que también incluye a las mujeres: mientras la prostituta intenta robarle su dinero, su relación con la hija del comerciante proporciona a Stavros la prosperidad suficiente para plantearse su viaje con más tranquilidad y, en fin, la esposa del millonario le otorga el definitivo pasaporte sexual. Al contrario que esta última, la figura de la muchacha es como un ángel libre de todo pecado en el turbulento universo del protocapitalismo y debe asociarse con el personaje más misterioso de toda la película, Hohannes, el chico al que Stavros regala sus zapatos, luego reencuentra en Constantinopla y finalmente se embarca con él hacia Estados Unidos, para suicidarse poco antes de llegar. Gracias a él, a su desaparición, el protagonista podrá suplantarlo y cumplir su sueño. Asexuado como una criatura pasoliniana, Hohannes es el lado luminoso del sombrío Stavros, en el fondo el prototipo del impostor que siempre fascinó a Kazan, otro emigrado, otro traidor.
Pero la estructura y la construcción de los personajes se basan sobre todo en la circulación de determinados objetos, algo también típico en todo relato mítico. Stavros regala a Hohannes sus zapatos para que pueda seguir caminando hacia América, también su obsesión, pero se reencontrará con ellos no sólo en el barco, cuando el chico los abandone en cubierta al saltar al mar, sino también en el nuevo continente, donde ganará sus primeras monedas limpiando el calzado de los demás. Esas monedas riman con las que le da su padre al salir de casa, las mismas que él se traga para que no caigan en poder del ladrón, o con las que gana como porteador, que a su vez intenta robarle la prostituta. Como siempre sucede en el cine de Kazan, el sacrificio de uno sirve para cumplir el sueño de los demás, pero a menudo, como en América, América, ese sueño lleva en sí mismo la semilla del dolor y de la destrucción. Cinco años más tarde Kazan filmó El compromiso, donde ya no hay zapatos ni monedas: sólo ese turbio poder invisible capaz de convertir cualquier cosa, incluso la propia vida, en una mercancía.
 
«LOS VISITANTES»

Al principio de los créditos finales de esta película, en dos rótulos sucesivos, se informa al espectador de que se encuentra ante un guión de Chris Kazan dirigido por Elia Kazan. El propio cineasta, en múltiples entrevistas, se ha reafirmado en este papel secundario y ha dicho que se limitó a filmar una idea de su hijo, pero ello no obsta para que Los visitantes sea un trabajo por completo coherente con el resto de su filmografía. Rodada en 16 mm y con actores desconocidos, utilizando como único escenario la casa de campo del propio Kazan y sus alrededores, la película parece abrazar los postulados del «cine independiente» que en los años setenta se enfrentó al sistema hollywoodiense, pero en realidad tiene mucho más que ver con la decisión que había tomado el cineasta ya en los tiempos de América, América: ser el responsable absoluto de sus ficciones, usar el cine y la literatura como modos de expresión complementarios, filmar como se escribe y viceversa. Puede que Chris Kazan pensara en referentes europeos cuando escribió su guión, y de hecho Los visitantes presenta bastantes concomitancias con metáforas similares producidas en la época, como Pasión (1970), de Ingmar Bergman. Pero también se parece a La noche de los muertos vivientes (1968), de George Romero, lo cual significa que algo estaba ocurriendo en el cine americano: no tanto una ruptura con el clasicismo, al estilo de los «nuevos cines» europeos, como un replanteamiento de su continuidad.

Aun cuando su textura y su aparente descuido estilístico no hagan pensar en ello, el material dramático que sustenta Los visitantes está firmemente estructurado. Incluso puede que se trate de la película más teatral de Kazan. El planteamiento, el nudo y el desenlace se distribuyen en tres actos tan delimitados que cualquier cambio en el ritmo o la dosificación de la intriga podría echar a perder el resto. También las formas del relato son a la vez directas y elusivas, como en las novelas que Kazan publicó en la época. Precisamente la joven pareja que protagoniza una de ellas, «Actos de amor» (1978), tiene mucho que ver con la de Los visitantes, sobre todo en lo que se refiere a la distancia emocional que se impone en su relación a causa del contexto familiar y social. Por otra parte, las alusiones directas a la violencia y la delación ya aparecían en «Los asesinos» (1972), su tercera novela. Todo ello quiere decir que Kazan estaba, de nuevo, reformulando sus temas y su estilo. Y que esta historia de dos jóvenes que viven en una casa de campo, aislados del mundo pero no del padre de ella, asediados tanto por sus propias neurosis como por dos ex colegas del ejército, poseía toda la potencia metafórica que Kazan acostumbraba a perseguir en sus películas. Más aún cuando, hacia la mitad del relato, se revela la clave del asunto: el muchacho, en Vietnam, delató a sus dos amigos por violar y matar a una adolescente vietnamita.
Es curioso que esta reaparición explícita de la culpa que perseguía a Kazan desde hacía veinte años se produjera a través de un argumento ideado por su hijo. Sin embargo, ni siquiera ese distanciamiento pudo ser ya objetivo. La misma paranoia atormentada que había dado vida a La ley del silencio resucitó aquí en múltiples detalles. Los dos visitantes, que acaban de salir de prisión, no se comportan como psicópatas despiadados, sino que se mueven como dos mutantes en un entorno que de repente les resulta ajeno. Tampoco su crimen posee una sola cara, pues el relato del suceso implica de tal modo al espectador que acaba planteándole una pregunta inquietante: ¿alguien puede asegurar cómo se hubiera comportado en esa situación? De la misma manera, el delator es, de nuevo, a la vez un héroe y un traidor, un campeón de los derechos humanos pero también un mezquino chivato que no supo guardar lealtad alguna a sus colegas. Kazan parece decir: ¿por qué el personaje de James Woods tiene que ser necesariamente más noble que el de Marlon Brando en La ley del silencio? ¿De qué modos varía el juicio ético sobre determinadas actitudes dependiendo del contexto? La comparación con la historia real de Kazan proporciona aristas aún más turbias y desconcertantes a esta perversa parábola moral.
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