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Retrato de Elia Kazan

por Carlos Losilla
Dirigido por... nº 329, diciembre 2003

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EL CINE SEGÚN KAZAN

La culpa y la traición

El 14 de enero de 1952, durante una de las sesiones del Comité de Actividades Antinorteamericanas presidido por Joseph McCarthy, el director teatral y cinematográfico Elia Kazan admitió haber militado en el partido comunista de su país durante diecinueve meses, entre 1934 y 1936. El 10 de abril, tras múltiples presiones, delató a ocho de sus compañeros. Kazan, junto con Lee Strasberg y John Howard Lawson, había fundado, en 1934, el Theatre of Action, que procedía directamente del Worker's Laboratory Theatre, a su vez una filial del Group Theatre creado por Cheryl Crawford, Harold Clurman y el propio Strasberg en 1930, todos ellos grupos de agitación izquierdista. Y en 1947 contribuyó a la gestación del famoso Actor's Studio junto con Bobby Lewis y, de nuevo, Crawford, aunque a partir del año siguiente fue Strasberg quien asumió la dirección. Kazan nunca se arrepintió de su comportamiento ante los inquisidores, alegando que el estalinismo amenazaba con envenenar el mundo del espectáculo americano, tanto en Broadway como en Hollywood. Sea como fuere, su decisión le persiguió como una pesadilla durante toda su vida profesional y personal. En 1999, cuando la Academia le concedió un Oscar honorífico por el conjunto de su carrera, más de la mitad del auditorio del Dorothy Chandler Pavillion no se levantó para aplaudir, algo inusual en este tipo de actos. La herida seguía abierta.


Elia Kazan
Su condición de «delator» influyó notablemente en la recepción crítica de su filmografía por parte de muchos profesionales. Sin embargo, a menudo los prejuicios ideológicos se vieron teñidos de reproches estéticos. Kazan, por ejemplo, jamás formó parte del panteón de «Cahiers du cinéma», por lo menos hasta Río salvaje (1960). Tampoco los británicos mostraron demasiado entusiasmo por su cine: bien conocidos son los comentarios despectivos de santones como Lindsay Anderson o Robin Wood. Sólo Michel Ciment, desde las páginas de «Positif» y a través del libro que le dedicó, se atreve a reivindicar su figura, aunque su defensa no aporta muchos elementos para el debate. Roger Tailleur intentó un acercamiento serio en otro volumen, pero quizá sean Bertrand Tavernier y Jean-Pierre Coursodon, en «50 años de cine americano», quienes ponen el dedo en la llaga. Más allá de las acusaciones de histrionismo visual, de simpleza discursiva, incluso de falso intelectualismo, se niegan, por supuesto, a exculpar al chivato, pero igualmente intentan comprender sus razones: un emigrado ansioso por integrarse en su cultura de adopción y carcomido por el sentimiento de culpa que le provocó su militancia comunista. No hay duda de que habría que preguntarse, como hacen ellos, por qué Kazan y no otros. Por qué no Edward Dmytrick o Clifford Odets, por ejemplo, que también facilitaron nombres a la comisión. O por qué no, más allá del ámbito macarthista, un cineasta como Roberto Rossellini, que filmó un par de películas para el régimen mussoliniano...
El crítico norteamericano Jonathan Rosenbaum, por otra parte uno de los más conspicuos de la escena actual, asegura que nunca perdonará a Elia Kazan su actuación ante el comité. Posturas de este tipo han propiciado que películas como Fugitivos del terror rojo (1953) o La ley del silencio (1954) sean sistemáticamente anatemizadas como justificaciones de un comportamiento inaceptable. Pero ¿hasta qué punto el azar y la casualidad jugaron en contra de Kazan? Nicholas Ray, pongamos por caso, nunca fue citado por los secuaces de McCarthy, a pesar de haber militado en los mismos medios teatrales que Kazan. De hecho, Ray, dos años menor, admiraba a Kazan, y lo consideraba a la vez su mentor y su protector, tal como cuenta Bernard Eisenschitz en su biografía del primero. Cuando Kazan se trasladó a Hollywood en 1945, contratado por la Twentieth Century Fox para rodar Lazos humanos, Ray le siguió y colaboró estrechamente con él en la película como segundo ayudante de dirección. Luego sus caminos divergieron, pero no sus afinidades. Ambos rodaron guiones de Budd Schulberg, otro colaboracionista. Ambos admiraban a fotógrafos como Harry Stradling, el responsable de la imágenes de Johnny Guitar (1954), pero también de tres películas de Kazan. Ambos utilizaron a los mismos actores en lo que parecen papeles divididos en dos partes, como por ejemplo el rebelde James Dean de Al este del Edén y Rebelde sin causa (1955), la vulnerable Natalie Wood de esta última y de Esplendor en la hierba (1961) o el repugnante mafioso Lee J. Cobb de La ley del silencio y Chicago, año 30 (1958). Y Kazan nunca se olvidó de su amigo, ni siquiera en los peores momentos: lo visitó con asiduidad durante sus frecuentes hospitalizaciones, incluso en la fase final de la enfermedad cancerosa que terminó con su vida, y no dudó en mostrar abiertamente su repulsa ante lo que él creía la intolerable e inmoral manipulación de que estaba siendo objeto por parte de Wim Wenders, que filmó su agonía en Relámpago sobre el agua (1978).
Como en el cuento de Borges, no obstante, la historia oficial ha convertido a Kazan en el traidor y a Ray en el héroe. Para la cinefilia más ortodoxa, Kazan no deja de ser un director convencional con injustificadas ínfulas ideológicas y estéticas, que sólo encuentran una cierta redención a partir de los años sesenta. En cambio, Ray es el apóstol del inconformismo, un modelo para cineastas como Jim Jarmusch o el propio Wenders, el mártir que sacrificó su carrera y puede que hasta su vida en aras de una integridad artística que, en la última etapa, lo condujo a la ruptura con Hollywood y al encuentro con el cine independiente. Sin embargo, antes de We Can't Go Home Again (1976), Kazan ya había rodado Los visitantes (1972), en 16 mm y con un equipo reducido, incluyendo un guión de su hijo Chris. Y su vuelta al cine de gran presupuesto con El último magnate (1976), de la mano de Sam Spiegel, el productor de La ley del silencio, no supuso tanto una claudicación como un orgulloso lamento a modo de despedida. Cada uno reaccionó a su manera ante los acontecimientos. En el libro de Eisenschitz se dice que Ray era un maníaco-depresivo, mientras que Kazan podría definirse, en términos contemporáneos, como un hiperactivo. Ambos exhibicionistas compulsivos, no obstante, puede que Kazan no encontrara mejor manera de exteriorizar esa condición que fomentando eso que él llamaba su «anarquismo disidente», que en un momento dado le obligó a atravesar los límites de la infamia en una situación que, por otro lado, él no propició. Ray prefirió ofrendar a Wenders su cuerpo enfermo. Sea como fuere, la moral de Kazan está fuera de toda duda: sin él, como sin Ray, el cine americano no sería lo que es.
 
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