A pesar de partir de novelas de distintos autores, tanto A propósito de
Schmidt (adaptación del libro homónimo de Louis Begley) como Entre
copas (según una novela de Rex Pickett de la cual, en el momento de escribir
estas líneas, ignoro si tiene o tendrá edición española)
comparten su condición de relatos en torno a las crisis personales de un
par de personajes que se encuentran frente a una determinada encrucijada vital,
en el primer caso un hombre (Schmidt: Jack Nicholson) al cual le llega ese artificio
llamado jubilación y que, de la noche a la mañana, se encuentra
viudo, solo, triste y a punto de convertirse en suegro a causa de la boda de su
hija, mientras que en el segundo caso se trata de un profesor de literatura (Miles
Raymond: Paul Giamatti), divorciado desde hace dos años pero todavía
enamorado de su ex mujer, que aspira a consolidarse como escritor gracias a la
publicación de una novela.

Puede deberse a una simple casualidad el que el realizador Alexander Payne haya
elegido de manera consecutiva esos dos libros de argumento relativamente parecido
como base para sus últimas películas, pero también puede
tratarse de una elección consciente por su parte, dado que sus dos primeros
films del total de cuatro que componen su filmografía, Citizen Ruthy Election,
narraban en parte situaciones bastante similares a las de A propósito de
Schmidt y Entre copas: Citizen Ruth giraba en torno a una yonqui inculta y desastrada
-Laura Dern- a la que su entorno le impedía hacer lo que realmente
quería (es decir, ponerse hasta el culo de alcohol y pegamento esnifado),
mientras que en Election asistíamos a la desesperación de un profesor
de enseñanza secundaria -Matthew Broderick- a medida que iba
tomando conciencia del arribismo incontenible y sin escrúpulos de una alumna
-Reese Whiterspoon-absolutamente dispuesta a todo con tal de «triunfar».
Sea cual fuere la opinión general en torno a este realizador, para el que
suscribe Entre copas es, hasta la fecha, el mejor de sus trabajos, por más
que su planteamiento sea parecido al de A propósito de Schmidt, su título
más insatisfactorio.
Lo que en A propósito de Schmidt pecaba por exceso de acumulación
-el cúmulo de calamidades en la vida del protagonista era tal que,
en vez de conmover, acababa produciendo el efecto contrario: creaba una distancia
insalvable que provocaba, quizá sin querer, que el relato acabara pareciendo
inverosímil-, funciona mucho mejor en Entre copas. Cierto: el guión
que Payne ha escrito en colaboración con Jim Taylor es excelente, y los
actores brillan a una gran altura (todos están muy bien, aunque Paul Giamatti
y Thomas Haden Church, sobre todo el primero, merecen una mención especial).
La diferencia fundamental reside, sobre todo, en que en Entre copas el trabajo
del realizador tras la cámara resulta mucho más inspirado que en
A propósito de Schmidt, demostrando una vez más que un buen guión
y unos buenos actores no son suficientes, per se, para hacer una buena película:
hace falta, además, un buen trabajo de puesta en escena.
LA RUTA VINICOLA
Está claro que Payne tiene un cierto estilo visual, por más que
no sea ostentoso y llamativo como, pongamos por caso, el de David Lynch, sino
que se encuentra en la línea, también pongamos por caso, de un Woody
Allen (el buen Allen: no el rutinario, desganado, de Melinda y Melinda). Entre
copas se desarrolla con el punto justo de ligereza y densidad. Su construcción
narrativa -que, a falta de conocer la novela en la que se inspira, puede
que sea obra del autor de la misma- sigue el procedimiento clásico
del viaje: el que emprende Miles junto a su viejo amigo de los tiempos de la universidad,
Jack Lopate (Thomas Haden Church), de una semana de duración, durante la
cual ambos se tomarán un paréntesis y llevarán a cabo una
especie de catarsis emocional.
Con la excusa de recorrer en coche la ruta vinícola de California (Miles
es un experto en vinos), ambos personajes pretenden, en el fondo, liberar algunos
de sus demonios interiores: Miles está pendiente de la llamada de una editorial
que parece interesada en publicarle una novela gracias a la cual espera iniciar
una triunfal carrera como escritor, mientras que Jack va a casarse la semana que
viene y quiere aprovechar esos «últimos días de libertad».
Ambos personajes basan su amistad en el fingimiento, ya que tras la erudición
de Miles en vinos se esconde un mal disimulado alcoholismo, mientras que Jack es
un actor profesional, lo cual explica su manera desvergonzadamente «simpática»,
calculada, de aproximarse al sexo femenino. El viaje exterior acaba convirtiéndose en una exploración interior
de los personajes, sobre todo el de Miles, desde cuyo punto de vista está
narrado el relato, a lo largo del cual descubrirá que su ex esposa, Victoria
(Jessica Hecht), ha contraído segundas nupcias; y que una hermosa mujer, Maya (Virginia
Madsen), recientemente divorciada, que trabaja como camarera y comparte con Miles
su afición al vino, podría estar amorosamente interesada en él.
Ese viaje será, también, un completo catálogo de frustraciones
para Miles, pues a medida que pasen los días verá que Jack tan sólo
quiere aprovechar esa semana para echar unos cuantos polvos antes de casarse;
a la noticia de que su ex mujer se ha vuelto a casar, frustrando sus remotas esperanzas
de una reconciliación, se unirá una difícil relación
por Maya, que pasará por un primer y fallido intento de seducción,
y por un segundo que, una vez consumado, se estropeará por desgraciadas
circunstancias; y por la confirmación definitiva de que la editorial se
niega a publicarle su novela por la sencilla razón de que lo que escribe
no le interesa a nadie ...

Entre copas se erige en un film inteligente, a ratos muy divertido, en ocasiones
también muy amargo, gracias a la excelente dirección de actores
de Payne, quien demuestra aquí que sabe extraer densidad y calor humano
de las situaciones planteadas con su manera de captar gestos y miradas que describen
con agudeza a los personajes, sus sentimientos y sensaciones. Resultan ejemplares
en este sentido secuencias como el episodio en casa de la madre de Miles (durante
el cual este último aprovecha un descuido... para sisarle d0inero);
la cena que comparten Miles y Jack con Maya y Stephanie (Sandra Oh), esta última
una escanciadora de vino elegida por Jack para dar rienda suelta a sus necesidades
de sexo extramatrimonial (los primeros planos, lejos de resultar redundantes,
contribuyen a crear una lograda sensación de intimidad: los encuadres ligeramente
desenfocados en los que vemos a Miles, borracho, llamar por teléfono a
Victoria para reprocharle que no le haya dicho que se ha vuelto a casar, expresan
bien la turbación, emocional y etílica, del personaje). También
hay que anotar la secuencia, inmediatamente posterior, de la reunión de
los personajes en casa de Stephanie: la incomodidad de Miles ante el hecho de
verse «emparejado» con Maya mientras Jack y Stephanie dan rienda suelta
a sus impulsos (pocas veces se ha visto últimamente en la pantalla una
sensación de humillación captada con tanta sencillez y eficacia);
la identificación que empieza a sentir Miles hacia Maya cuando ésta
le confiesa su pasión por el vino; o el hilarante episodio de la recuperación
de la cartera de Jack (¡con sus alianzas de boda!) por parte de Miles, abandonada
por descuido en la casa de una de las ocasionales amantes del primero.