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El mapa del mundo / Entrevista a Oliver Stone: "Soy un creador, no un historiador"

por Hilario J. Rodríguez / Gabriel Lerman
Dirigido por... nº 340, diciembre 2004

Número de páginas: 5
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Alejadro c'est moi

Es una pena que las dos aventuras cinematográficas de Oliver Stone anteriores a Alejandro Magno no hayan conocido una distribución adecuada, porque desvelan más sobre su obra que el resto de sus films. Comandante (2003) y Persona non grata (2003) son respectivamente un retrato de Fidel Castro con cara de Oliver Stone y un ejercicio de observación de las tensas relaciones árabe-israelíes. Son dos documentales donde la presencia del cineasta no se esconde detrás del rostro de ningún otro personaje, porque en los dos casos lleva a un cámara a sus espaldas y apenas sale del encuadre, disparando la inagotable carga de preguntas que caracteriza en general a todos sus films. Con Fidel Castro, Oliver Stone dispuso de dos días y eso le obligó a hacer las cosas tan aprisa que tanto el dictador cubano como el film, y con él su director, cayeron en un ejercicio paródico; entrevistador y entrevistado, por ejemplo, exhiben sus lugares comunes, recordando a John Fitzgerald Kennedy o Vietnam, que son pasiones compartidas. Y en Israel y Palestina, Oliver Stone va en busca de las múltiples caras de un conflicto que él -me temono alcanza a comprender, aunque ni siquiera allí pierda la calma cuando un control nocturno en la frontera asusta incluso a sus guías y el cineasta estadounidense, como buen veterano de la guerra de Vietnam, les pide que se tranquilicen y les da instrucciones para evitar ser detectados por el ejército israelí.
Alejandro Magno , en ese sentido, tiene las huellas y los rasgos de Oliver Stone dispersas en el estilo y en el personaje central. Por un lado, batallas como la de Gagamela o el ataque de los elefantes en la India tienen un montaje más cercano al estilo psicodélico del resto de la obra del director que al de films recientes como Troya (Troy , 2004, Wolfgang Petersen). A Oliver Stone le parece, y puede que haya sido así desde el comienzo de su carrera, que la confusión describe mejor una batalla que el sentido del espectáculo o la geometría. Eso le acerca más a Samuel Fuller que a Stanley Kubrick. Bastantes batallas en Alejandro
Magno están cortadas más según el patrón utilizado por Steven Spielberg en Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan , 1998) que el utilizado por Terrence Mallick en La delgada línea roja (The Thin Red Line , 1998). Sin embargo, la vocación de Alejandro Magno es más meditativa que documental. El pretende hacerle pensar a los espectadores, no se conforma con venderles un producto. Otra cosa es que sus planteamientos sean más claros o más difusos y que quiera hacernos pensar sobre Alejandro Magno o sobre Oliver Stone.
Personalidades conflictivas
Alejandro fue alumno de Aristóteles (Christopher Plummer), sin ir más lejos. Con él y con el resto de sus profesores, su inquietud le impedía conformarse con cualquier explicación. Para él no había límites, ni en el pensamiento ni en la Tierra, donde él quiso ir a sus mismísimos bordes, marchando hacia el este sin descanso, hasta llegar a la India.
Su gusto por la poesía de Homero se compaginaba con su habilidad para montar caballos que nadie había conseguido domar con anterioridad. Este cúmulo de intereses conllevaban a veces un ligera desorientación. Algo similar se puede intuir en los films de Oliver Stone, golpeados por las preguntas y por una curiosidad que a veces resulta baladí a causa de la incapacidad del cineasta para responder a todo lo que él mismo plantea. Y a través de un personaje como Alejandro Magno, es posible que Oliver Stone quiera decirnos algo sobre él, una vez más. De lo que no cabe duda es de que el film tiene mucho más que decirnos que el noventa por ciento del cine reciente sobre el poder, sobre la guerra, sobre el miedo, sobre la insatisfacción que persigue a los seres humanos hasta la muerte y sobre otras muchas cosas. Todo eso cabe en casi tres horas de metraje, que a muchos espectadores se le han atragantado, quizás porque esperaban una nueva versión de Troya, con más muertes, más sangre y más dinamismo (y no quiero dar a entender con estas palabras que el film de Wolfgang Petersen me disgustase, en absoluto; creo que, a su modo, era una obra maestra). Oliver Stone, por su parte, es un inconformista a quien el espíritu bélico de un conquistador sólo le parece una pequeña parte de su personalidad, bastante bien reflejada en Alejandro Magno por Colin Farrell, gracias a la vulnerabilidad y la determinación que expresa su rostro, a su ambigüedad, que beneficia al personaje en muchos sentidos, uno de ellos al retratar su indefinición sexual.
En el centro de los espíritus atribulados, Oliver Stone ha buscado siempre una causa. En Nixon (1995) encontró a un hombre burlado por el destino y en general en todos sus films suele haber un hombre disminuido por alguna circunstancia, a quien se debería intentar comprender desde una perspectiva diferente, por si de ese modo se le puede exonerar de culpas. No cabe duda de que eso a menudo convierte sus films en ejercicios de autoindulgencia, aunque no dejan casi nunca de ser profundas muestras de la necesidad de conocer mejor la identidad de uno mismo, sin importar demasiado que debajo de la máscara uno vaya encontrar a un monstruo o un imbécil. O a un alma en pena que tuvo que conquistar el mundo entero para apartarse lo suficiente del lugar donde su primera herida comenzó a sangrar. Como le sucede a Alejandro Magno en el retrato que propone el último film de Oliver Stone, donde da igual si no se le hace justicia al pasado, porque lo importante es que la lección pueda servirnos de algo para el presente. Para mucha gente, no obstante, un retrato tan ambiguo será un plato más difícil de digerir que las visiones maniqueas de gente como Michael Moore y no sabrá salir por sí sola de un laberinto en el que cada uno debe buscar la salida sin ayuda. Yo, desde luego, tengo muy claro que prefiero participar en films como éste antes que dejarme llevar por la noria de las hazañas bélicas que plantea el cine en general.
Estados Unidos/Gran Bretaña/Alemania/Países Bajos, 2004. T. O.: «Alexander». Director: Oliver Stone. Productores: Moritz Borman, Jon Kilik, Thomas Schühly, Ianin Smith y Oliver Stone. Producción: Warner Bros, Intermedia Films, Imf Pictures y Pacifica Films. Guión: Oliver Stone, Chistopher Kyle y Laeta Kalogridis. Fotografía: Rodrigo Pietro. Música: Vangelis. Diseño de producción: Jan Roelfs. Montaje: Yann Hervé, Alex Marquez y Thomas J. Nurdberg. Duración: 173 minutos. Intérpretes: Colin Farrell (Alejandro Magno), Anthony Hopkins (Tolomeo), Angelina Jolie (Olimpia), Val Kilmer (Felipe de Macedonia), Christopher Plummer (Aristóteles), Jared Leto (Efesto), Rosario Dawson (Roxana).
 
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