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El mapa del mundo / Entrevista a Oliver Stone: "Soy un creador, no un historiador"

por Hilario J. Rodríguez / Gabriel Lerman
Dirigido por... nº 340, diciembre 2004

Número de páginas: 5
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El mapa del mundo
Hilario J. Rodríguez
¿Qué pudo pasar por la mente de un conquistador como Alejandro Magno (Colin Farell)? Oliver Stone tiene muy claro desde el principio de Alejandro Magno que nadie, ni siquiera él mismo, podría responder por completo a una pregunta de tal complejidad. Se puede observar al personaje con cierta insistencia, incluso acercándose a veces a sus ojos para ver desde donde él veía; sin embargo, nunca se puede escarbar lo suficiente para llegar al fondo de la cuestión. Por eso el film comienza formulándose como un gran enigma cinematográfico, a la manera de Ciudadano Kane (Citizen Kane , 1941, Orson Welles).
Con apenas treinta y dos años, Alejandro ha llegado al final de su viaje sin haber alcanzado, pese a todo, el final del camino, aunque la suya pueda considerarse una de las primeras grandes empresas para cartografiar el mapa del mundo bajo una misma bandera, la del reino de Macedonia, que él heredó de su padre, el rey Felipe (Val Kilmer). Su muerte, como buena parte de su vida, es un pozo oscuro donde cualquier especulación cabe, mejor si es la de asesinato, al menos desde un punto de vista cinematográfico. A punto de exhalar su último suspiro, y convenientemente fuera del encuadre, vemos cómo su mano se desploma de pronto y de ella cae un anillo. Y ya sólo nos falta que alguien en la sala pronuncie la palabra rosebud o que cuando poco lo haga Tolomeo (Anthony Hopkins), cuya narración irá hilvanando la historia desde el principio. A lo largo del film, especula allí donde los datos que quedan no son demasiado precisos, como ha hecho en más de una ocasión el propio Oliver Stone, para sugerir que el cantante Jim Morrison (Val Kilmer) nunca llegó a morir, que a John Fitzgerald Kennedy lo mataron unos conspiradores encabezados por un homosexual o que el presidente Richard Nixon (Anthony Hopkins) era un pobre alma torturada y solitaria desde su niñez. Alejandro Magno es una especie de compendio de estos personajes. Líder, emperador, visionario; enérgico, impetuoso, apasionado, cruel; alguien con un niño muerto en su interior, perseguido por dos figuras femeninas de fuerte personalidad, como fueron su madre (Angelina Jolie) y su esposa (Rosario Dawson)... Fue un hombre a un paso de la divinidad, similar, en ese sentido, a Julio César tal cual lo describe el historiador Suetonio en "Los doce césares". Su madre, de hecho, le dice en muchos momentos que él verdaderamente es hijo de ella y de Zeus, o sea, un semidiós. Y sus conquistas hacen pensar que quizás lo anterior no anduviese muy desencaminado. También algunas proezas que realizó por sí solo, sin la ayuda de sus soldados ni nadie más a su lado. Eso explica que Oliver Stone nos permita acompañar al personaje en ciertas ocasiones, para mostrarlo allí donde la intuición del cineasta lo coloca, ayudado por varios historiadores, y otras introduzca un fundido en negro para que nuestra imaginación haga el resto. Pero esto último no sirvió para evitar que apareciese otro grupo de historiadores griegos, no consultados, que quiso obligar a la Warner Bros. a poner un cartel al comienzo del film donde se especificase que se trata de un trabajo de ficción y que en ningún caso se inspira en hechos reales. Todo porque Alejandro Magno aborda sin ningún rubor, aunque también sin especial énfasis, las relaciones homosexuales del personaje y sugiere que quizás en quien estaba pensando antes de morir fuese Efecto (Jared Leto), porque el anillo que cae de la mano de Alejandro había pertenecido antes a él. Me pregunto qué le habrá hecho pensar a esos historiadores no consultados que les corresponde a ellos determinar quién y cómo utiliza fuentes que pertenecen a los seres humanos, sin excepción, para que cada cual le dé la lectura que estime oportuna, en el momento y de la manera que estime oportunos. Durante una charla con el cineasta, él quiso dejar muy claro que muchos historiadores se comportan como los políticos más ambiciosos del planeta y quieren imponerle una única visión de la Historia a los seres humanos.
Hasta el fin del mundo
El cine siempre suele despertar la suspicacia de alguien, Oliver Stone lo sabe. Cuando no se trata de la adaptación de una novela con pedigrí de clásico, y entonces aparece una horda de puristas en defensa de la alta literatura, se trata de la Historia con mayúscula, que nunca se sabe a qué tipo de criatura puede hacer despertar en su sarcófago. Hoy en día, la gente quiere darle un buen rendimiento a sus pertenencias, en especial si cualquier otra persona pretende hacer un negocio con ellas. Quizás sea ese el motivo por el cual al cineasta norteamericano desde casi el comienzo de su carrera lo han acusado de los crímenes más inimaginables, desde oportunista a antipatriota, pasando por una larga lista de calificativos como comunista, terrorista, pornógrafo, vándalo... Alejandro Magno no va a ser una excepción en su carrera, aunque en este caso el argumento tenga lugar varios siglos antes de Cristo y en un escenario convenientemente alejado de Estados Unidos, donde Oliver Stone suele encontrar a sus peores enemigos. La historia de un hombre dispuesto a deponer gobiernos, destruir ejércitos o arrasar ciudades en nombre de elevados ideales no deja de plantear sospechosas conexiones con el presente y en particular con... ¡tacham! George W. Bush. Vaya por delante, hay alguna esquiva semejanza entre Alejandro Magno y George W. Bush, como que ambos sean hijos de antiguos reyes (o presidentes de Estados Unidos) y los dos multipliquen las ambiciones colonizadoras de sus padres. Pero ahí es donde se acaba el juego. Oliver Stone tiene muy claro que los motivos de Alejandro Magno para lanzarse a conquistar el mundo hasta sus mismísimos límites no se resumen en adquirir más poder, más influencia o más riquezas; hay en su interior una insaciable necesidad de aprender, y para ello necesita ir más allá a cada paso que da.
Murió sin haber tenido bastante, y eso que prácticamente no le faltaba nada, salvo el amor perdido. El film lo presenta como un excelente orador, como un valiente y decidido guerrero, además de como un líder nato a quien, eso sí, le falla la capacidad de cálculo cuando no se da cuenta de que los soldados que arrastra a su espalda llevan años de lucha, lejos de sus casas, y desean regresar de una vez. Según lo plantea Oliver Stone, llega siempre un momento de ofuscación en la vida de los reyes y los emperadores, en el que su desmedida ambición puede hacerles olvidar que ponen en serio riesgo la vida de quienes hasta entonces les habían servido, luchando en todos los frentes y contra todos los enemigos. También Alejandro cayó en ese tipo de ceguera. O al menos el Alejandro que plantea el film.
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