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Última actualización: (CET)
por Hilario J. Rodríguez / Gabriel Lerman
Dirigido por... nº 340, diciembre 2004
Con apenas treinta y dos años, Alejandro ha llegado al final de su viaje sin haber alcanzado, pese a todo, el final del camino, aunque la suya pueda considerarse una de las primeras grandes empresas para cartografiar el mapa del mundo bajo una misma bandera, la del reino de Macedonia, que él heredó de su padre, el rey Felipe (Val Kilmer). Su muerte, como buena parte de su vida, es un pozo oscuro donde cualquier especulación cabe, mejor si es la de asesinato, al menos desde un punto de vista cinematográfico. A punto de exhalar su último suspiro, y convenientemente fuera del encuadre, vemos cómo su mano se desploma de pronto y de ella cae un anillo. Y ya sólo nos falta que alguien en la sala pronuncie la palabra rosebud o que cuando poco lo haga Tolomeo (Anthony Hopkins), cuya narración irá hilvanando la historia desde el principio. A lo largo del film, especula allí donde los datos que quedan no son demasiado precisos, como ha hecho en más de una ocasión el propio Oliver Stone, para sugerir que el cantante Jim Morrison (Val Kilmer) nunca llegó a morir, que a John Fitzgerald Kennedy lo mataron unos conspiradores encabezados por un homosexual o que el presidente Richard Nixon (Anthony Hopkins) era un pobre alma torturada y solitaria desde su niñez. Alejandro Magno es una especie de compendio de estos personajes. Líder, emperador, visionario; enérgico, impetuoso, apasionado, cruel; alguien con un niño muerto en su interior, perseguido por dos figuras femeninas de fuerte personalidad, como fueron su madre (Angelina Jolie) y su esposa (Rosario Dawson)... Fue un hombre a un paso de la divinidad, similar, en ese sentido, a Julio César tal cual lo describe el historiador Suetonio en "Los doce césares". Su madre, de hecho, le dice en muchos momentos que él verdaderamente es hijo de ella y de Zeus, o sea, un semidiós. Y sus conquistas hacen pensar que quizás lo anterior no anduviese muy desencaminado. También algunas proezas que realizó por sí solo, sin la ayuda de sus soldados ni nadie más a su lado. Eso explica que Oliver Stone nos permita acompañar al personaje en ciertas ocasiones, para mostrarlo allí donde la intuición del cineasta lo coloca, ayudado por varios historiadores, y otras introduzca un fundido en negro para que nuestra imaginación haga el resto. Pero esto último no sirvió para evitar que apareciese otro grupo de historiadores griegos, no consultados, que quiso obligar a la Warner Bros. a poner un cartel al comienzo del film donde se especificase que se trata de un trabajo de ficción y que en ningún caso se inspira en hechos reales. Todo porque Alejandro Magno aborda sin ningún rubor, aunque también sin especial énfasis, las relaciones homosexuales del personaje y sugiere que quizás en quien estaba pensando antes de morir fuese Efecto (Jared Leto), porque el anillo que cae de la mano de Alejandro había pertenecido antes a él. Me pregunto qué le habrá hecho pensar a esos historiadores no consultados que les corresponde a ellos determinar quién y cómo utiliza fuentes que pertenecen a los seres humanos, sin excepción, para que cada cual le dé la lectura que estime oportuna, en el momento y de la manera que estime oportunos. Durante una charla con el cineasta, él quiso dejar muy claro que muchos historiadores se comportan como los políticos más ambiciosos del planeta y quieren imponerle una única visión de la Historia a los seres humanos. Asociación de Revistas Culturales de España (A.R.C.E) - CIF G28-868-610