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Melinda y Melinda, Woody Allen

por José Enrique Monterde
Dirigido por... nº 338, octubre 2004

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Utilizando una metafora musical, no sería razonable esperar de Woody Allen, tras treinta y cuatro películas dirigidas, una sinfonía o una ópera. Desde hace tiempo, y cada vez más, el cine de Allen se nos antoja como una prolífica muestra de lo que podríamos llamar un cine «de cámara». Lejos de la grandilocuencia sinfónica o de la intensidad operística, Allen toma un motivo muchas veces muy sencillo -que no simple- y trabaja sobre él a modo de ligeras variantes temáticas, colorísticas y tonales. De ahí se desprende esa sensación de homogeneidad y coherencia a lo largo, sobre todo, del último tramo de su filmografía, una vez ya definitivamente asentado su universo creativo en lo que afecta a núcleos argumentales, personajes, escenarios, situaciones, etc. Esa coherencia y continuidad, que llamaríamos «autoral» -es uno de los pocos cineastas de su generación en que tiene sentido mantener ese concepto eminentemente europeo - ofrece la constancia de un cierto clasicismo personal que conduce al espectador a una paradójica y ambigua situación entre por una parte la la impresión del «déjà vu», el regusto nostálgico de los buenos momentos vividos en compañía del cineasta neoyorquino, la pequeña incertidumbre ante las variaciones que hayan podido introducirse en ese nuevo capítulo de la filmografía y, por otra parte, una leve sensación de monotonía, causada tal vez por la apariencia monotemática de buena parte de sus films, cansancio incluso de quien sabe bien lo que va a encontrarse en la nueva película, o añoranza de cuando esos mismos mimbres y su manera de manejarlos se ofrecía con toda su resplandeciente novedad y singularidad, sobre todo en el panorama del cine norteamericano.

©Dirigido
No todos los films del Allen de los últimos quince años -diríamos que la segunda y ya definitivamente asentada parte de su carrera-han mantenido similar nivel cualitativo. Probablemente, desde Delitos y faltas no haya vuelto a superar el listón; y precisamente en un film como el recién citado y en un pequeño puñado de títulos de entre los restantes que pueblan su filmografía podríamos encontrar -indirectamente - una de las claves de su última creación, Melinda y Melinda , el film que abrió en estreno mundial la última edición del Festival de San Sebastián. Porque el propio Allen debe de ser el primero con conciencia de que muchas veces sus films más «serios», es decir aquellos que como Delitos y faltas o Sombras y niebla abordan un fondo argumental más denso y dramático, más existencial incluso si se quiere decir así, no escapan a la emergencia del humor, no evitan ni en los momentos más intensos la aparición de la sonrisa, cuando no de la franca carcajada, en el espectador. Y al mismo tiempo, nadie como el Allen próximo a la comedia sofisticada -a partir de Annie Hall - tras su fase inicial en la tradición del cine de los grandes cómicos norteamericanos, ha sido capaz de mostrar y diseccionar, bajo las formas de la comedia en sus diversos registros, ciertos aspectos de las formas de vida neoyorquinas, capaces de alcanzar resonancia mundial, cuando menos para todas aquellas sociedades que toman la americana -y neoyorquina en concreto- como modelo a seguir. La propia construcción de su personaje característico -el judío liberal, neoyorquino, neurótico, hipocondríaco, heterosexual y acomplejado sexualmente que le ha acompañado en numerosos films- mezcla sin fisuras semejantes dosis de ironía y cariño, de distancia crítica y proximidad sentimental, de autoconmiseración y de convicción en unos valores intelectuales y unas formas de vivir a defender ante los tristes tiempos que nos afligen.
De alguna manera, es toda esa experiencia fílmica la que se transpira en el punto de partida de la idea y del desarrollo de Melinda y Melinda , un film que, cuando menos, parece ir un poco más allá de los juegos divertidos e ingeniosos, pero bastante intrascendentes de títulos como Todos dicen I Love You , Granujas de medio pelo o La maldición del escorpión de jade , aunque incluso en su trivialidad estos films dejasen asomar siempre una clara voluntad de desarrollar algún tema parcial en torno a la tradición de los géneros cinematográficos (del musical al thriller ) o de personajes y situaciones esbozados colateralmente en anteriores películas. Ahora, Allen aborda de forma franca y directa precisamente esa dimensión ambigua entre el drama (o incluso la tragedia) y la comedia que recorre su cine. En Melinda y Melinda la capacidad de contar una historia cualquiera, pequeña e improvisada por dos de los comensales en el transcurso de una cena entre amigos escritores en el cálido clima de un «bistro» durante una lluviosa noche neoyorquina, de conjugarse bajo un doble registro, dramático y cómico, se convierte en el núcleo central del desarrollo argumental y de la estructura narrativa del film.
La importancia del tono

©Dirigido
Por eso, tal vez sería conveniente volver al principio, a nuestra metáfora musical. Con Melinda y Melinda el cineasta no sólo «experimenta» en términos narrativos y de construcción fílmica, lo cual ya es un cambio en relación a cierta facilidad complaciente de sus films inmediatos, sino que lo hace sobre la decisiva significación del aspecto «tonal» de un film. Ya hace años, en estas mismas páginas observaba el arriba firmante la importancia fundamental del «tono» en determinados géneros como el melodrama. Pero, en realidad, la cuestión del tono va más allá -o tal vez antecede- al propio género: la propia vida, los momentos de nuestra cotidianeidad, pueden ser vistos de forma diversa en función del «tono» bajo el que los presentemos (o se nos presenten). Es la propia vida la que puede verse conjugada dramática o cómicamente y, por tanto, una reflexión sobre las formas en que se decanta en un sentido u otro no implica una mera reflexión sobre los mecanismos del relato o la puesta en escena -fílmicas en este caso-, sino que permiten establecer un puente entre el film y la realidad, por muy forzada e inventada que sea la historia que explícitamente se nos cuenta como tal invención y por muy arbitrario que sea su desarrollo narrativo.
Tomando como eje a un enigmático -y bellísimo - personaje femenino, Melinda, sendos escritores teatrales, especializados respectivamente en el drama y la comedia (el segundo encarnado por un siempre impagable Wallace Shawn, que parece transplantado desde la mesa de Mi cena con André ) especulan ante sus amigos sobre los posibles desarrollos de una leve ficción interpretada bajo la doble clave dramática y cómica. De esa forma, ambas historias, que irán discurriendo en paralelo a lo largo del film con algún que otro retorno al momento de partida, tienen su origen en una situación semejante: la irrupción de una inesperada intrusa en el seno de sendas cenas de amigos que en realidad esconden unas interesadas motivaciones. En el primer caso -el supuestamente dramático- se trata de una antigua compañera de estudios de carácter inestable y vida complicada que perturba la estrategia destinada a que el marido de la pareja anfitriona convenza a un productor teatral de su idoneidad para un papel; en el segundo caso, se trata de una nueva y desconocida vecina -la misma Melinda, en la medida que es el mismo personaje ideado por los dos dramaturgos e interpretado por la misma actriz, la fascinante Radha Mitchell - que interrumpe la estrategia de una cineasta independiente que, con la ayuda de su marido, utiliza la cena para camelarse a un rico productor con vistas a que invierta en su próximo proyecto...
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