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«El rostro» y «Los comulgantes». Dos films de Ingmar Bergman

por José María Latorre
Dirigido por... nº 336, julio-agosto 2004

Número de páginas: 3
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El ser actúa necesariamente por formas, que son las apariencias que él se crea y a las que nosotros damos valor de realidad.
Luigi Pirandello
El rostro y Los comulgantes coinciden en ser, a pesar de sus diferencias, films sobre la identidad y -retomando las citadas palabras de Pirandello- sobre las apariencias creadas por el ser humano al adoptar, por tendencia natural, por atavismo, una forma de actuar ante los otros y de crear unas apariencias de realidad; en uno (El rostro) mediante la magia y su negación racionalista; en otro (Los comulgantes), mediante la duda, el vacío de los ritos religiosos. Ambos muestran las consecuencias extremas de esa actuación, la destrucción de la realidad creada ilusoriamente por medio de ella. El personaje principal de El rostro, Albert Emmanuel Vogler (Max von Sydow), es un ilusionista que recurre al disfraz, a la máscara para reforzar teatralmente su actuación: finge ser mudo, se maquilla, utiliza -además de peluca- barba y bigote postizos y hace pasar a su esposa y ayudante, Manda (Ingrid Thulin), por un hombre. Su principal oponente es el Dr. Anders Vergerus (Gunnar Björnstrand), que desprecia los trucos y las supersticiones y busca todas las explicaciones en la razón («sólo me interesa su fisiología -le dice a Vogler-, me encantara hacerle la autopsia»). Los dos dan cuerpo a una de los adagios más queridos por Ingmar Bergman (y que citaba a menudo en los años cincuenta): «nada es verdadero, nada es falso». En cuanto a Los comulgantes, el personaje principal es Thomas Eriksson (Gunnar Björnstrand), un hombre de Iglesia que ha dejado de creer en la idea de Dios y, por lo tanto, en los ritos que debe celebrar en su nombre: «¡qué imagen tan ridícula!», dice mirando con algo de autodesprecio el altar de la iglesia donde ejerce. De nuevo el tema de la actuación. Si Vogler necesita al público para continuar con su vida de engaño y justificar su existencia -que consiste en el cultivo teatral de la ilusión-, aunque sea ante las fuerzas vivas y enfrentándose, en especial, al racionalista Vergerus, el reverendo Eriksson precisa a los fieles que acuden a su iglesia para acallar, aunque sea por unos minutos, la voz del agnosticismo que se agita dentro de él. Uno actúa como un hombre de espectáculo, el otro como un eclesiástico; uno se protege tras el disfraz, otro tras el vacío de unos ritos en los que no cree: en el silencio que reina en su iglesia, a lo que el propio Ingmar Bergman llamaba el silencio de Dios. Vogler y Eriksson cultivan de diferentes maneras la ilusión: a través del mesmerismo y según las páginas de la Biblia.
El teatro magnético de Vogler

Fotograma de El Rostro
En El rostro hay una frase que encierra buena parte del sentido del film. Está puesta en boca de un actor enfrentado a su muerte: «Se entra en la oscuridad paso a paso; el movimiento en sí es la única verdad». La dice en primer plano un actor moribundo, Spegel (espejo, en sueco), interpretado por Bengt Ekerot, precisamente el mismo que había encarnado a la Muerte en El séptimo sello, a un hombre, Vogler (a quien se muestra en otro primer plano) que carece de verdad y de mentira; es más que una frase referida al hecho de la muerte: el agonizante Spegel permite así descubrir a Vogler que la única verdad de su existencia se encuentra en su vivir ambulante, en su deambular por bosques y ciudades, actuando incluso para los enfermos en los hospitales, y no en enfrentar sus artificios escénicos a la ciega credulidad o al escepticismo de su público. Pero también puede referirse al personaje de Vergerus, que pronto aparecerá en escena: no hay otra verdad que el movimiento, y Vergerus vive anclado en su pensamiento; es un inmovilista.
Resulta difícil no ver en El rostro una fábula sobre el oficio de su autor, quien, sirviéndose de trucos visuales tan viejos como el propio cine, enfrenta el artificio de su labor con la severa reflexión intelectual que provoca. Hacia el final, Vogler consigue asustar a Vergerus mediante una sucesión de trucos de ilusionismo una vez que éste le ha practicado la autopsia a Spegel creyendo que se trata del mago; vencido y humillado Vergerus, Vogler mendiga la recompensa de unas monedas (esto es, solicita el reconocimiento económico de su trabajo) y se prepara para seguir desempeñando su oficio; se puede ver en esa imagen al propio Ingmar Bergman reclamando el pago a su tarea y preparándose para realizar su siguiente film, El manantial de la doncella; como Vogler, también dispone de su propia compañía estable. El rostro también se puede ver como una bella fábula sobre la agonía del romanticismo, poblada por unos personajes que no aceptan la muerte de su mundo y lo trasladan sin efectividad a sus representaciones teatrales; y como un relato de terror sobre el que gravitan la sombra de Edgar Allan Poe (hago mías unas palabras de Jacques Siclier) y los signos que denotan el nacimiento de una nueva era de desarrollo científico, fijados por el cineasta en el momento de un cambio temeroso, titubeante, cargado de amenazas y presagios.
Pero, como decía, el mago Vogler ha aprendido algo, enunciado poco antes por el actor moribundo: que la vida no es sino movimiento y que se entra en la oscuridad (esto es, en el territorio de la muerte) paso a paso. También el racionalista Vergerus ha extraído de la actuación de Vogler la enseñanza de que su escepticismo no lo es todo; de nuevo el adagio bergmaniano: nada es verdadero, nada es falso. Este film kierkegaardiano no puede ser más claro: Kierkegaard mantenía que la absoluta entrega a la ciencia sólo puede llevar a ser «un eminente talento, único por sus dotes, que puede explicar toda la naturaleza pero no se comprende a sí mismo en las determinaciones del espíritu, en la subordinación de la ética al talento», pero así, del mismo modo, apoyaba la supremacía de la «religiosidad absoluta» por encima del «engaño que predican los pastores». Se diría que estamos hablando de Los comulgantes, pero seguimos en el terreno de El rostro, con sus sombríos bosques nórdicos, sus cuervos, sus carretas fantasma, sus muertos redivivos, sus viejas brujas, sus presagios de muerte, sus tormentas, sus representaciones del Poder (el comisario de policía, el cónsul, el consejero médico). Aquí, el engaño no lo predica el reverendo (eso queda a cargo de Eriksson en Los comulgantes), sino el director y la ayudante de una compañía de teatro magnético.
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