De acuerdo, solo es una anécdota. Y aún así, es
indicativa de la insatisfacción del Duce a la vista de los resultados
obtenidos por el cine de ficción, al que se le encarga la tarea de
completar en el plano de las evocaciones históricas del pasado el
culto al líder que, como escribe Calvino, tras la conquista de Etiopía
se dirige derecho hacia la apoteosis
[ 38 ] .
Desde el punto de vista de una interpretación histórico-política
del Renacimiento italiano, esta época a la que se dedican otras dos
grandes producciones,
Condottieri y
Ettore Fieramosca (Alessandro
Blasetti, 1938), se presenta, más que como un preludio, como "una
parte esencial" del Risorgimento
[ 39 ] : desde la antigua Roma de
Scipione
l'Africano, pasando por el Renacimiento y luego, al Risorgimento, se
desarrolla un vasto programa de celebraciones de las (presuntas) raíces
históricas del fascismo. En esta perspectiva, la participación
de la imagen del Duce se va haciendo cada vez más indirecta desde
el momento en que la evolución de los retratos oficiales (los Cinegiornali
LUCE y las otras formas de propaganda) los lleva hacia lo marcial, lo guerrero,
lo agresivo, con lo que el cine de ficción se va poblando de alusiones
en un proceso metafórico. Por ejemplo,
Condottieri, dedicado
a la vida y hazañas de un
condottiero del Renacimiento italiano,
Giovanni de Medici, más conocido como Giovanni dalle Bande Nere,
se abre con una enfática cartela que exalta el papel de los
condottieri
del Renacimiento
[ 40 ] , a la que sigue un encuadre a contraluz de la estatua
ecuestre de Bartolomeo Colleoni (1488), obra de Andrea del Verrocchio, a
la que se otorga la función de
trait-d'union con la imagen
guerrera del Duce. La relación entre la figura del Duce a caballo
y el monumento ecuestre a Colleoni formaba parte del patrimonio iconográfico
del régimen desde el momento en que el escultor Giuseppe Graziosi
se inspiró en el último para hacer la estatua ecuestre de
Mussolini que adornaba el estadio municipal de Bolonia
[ 41 ] . Además,
Condottieri establece un paralelismo explícito entre las tropas
de Giovanni de Medici y los camisas negras de Mussolini, concediéndose
no pocas licencias respecto a la verdad histórica
[ 42 ] . Un imponente
repertorio de citaciones pictóricas, combinado con un rico catálogo
de plazas y castillos de Italia, que propone una especie de compendio de
historia y geografía para recuperar en clave nacional-popular el
Renacimiento y con fines explícitamente propagandísticos.
Me limitaré a poner un solo ejemplo: mientras Giovanni dalle Bande
Nere está desfilando con sus tropas por las calles de Florencia,
Malatesta observa la escena desde lo alto de un balcón y comenta:
"Ese cerdo nos está corrompiendo el oficio de las armas".
Y a la pregunta "¿De verdad son todos voluntarios?", responde:
"Bah ¡son un puñado de exaltados a los que debemos detener
antes de que sea demasiado tarde!". Tras haber vencido a Malatesta
en duelo, Giovanni guía a sus milicianos de vuelta a Roma donde reciben
la bendición del Papa (no hace falta subrayar el derroche de alusiones
a la marcha sobre Roma y a los Pactos de Letrán).
Se añade al reclamo iconográfico del monumento ecuestre
a Colleoni la insistencia con la que la película de Trenker muestra
la perfecta geometría de los movimientos de las tropas de Giovanni
dalle Bande Nere, si cabe aún más significativa ya que la
equivalencia entre bandas negras y camisas negras se establece cancelando
cualquier posible connotación destructiva o con las escuadras. Esta
era una de las obsesiones del régimen en los años treinta
de la que deriva, por poner un ejemplo, la tibia acogida que se dispensó
a una película de comprobada inspiración fascista como Vecchia
guardia, de Blasetti, que evidentemente cometió el error de evocar
el clima de guerra civil en el que se habían afianzado y llevado
la mejor parte las milicias fascistas. La película de Trenker, si
acaso, pretendería sugerir improbables paralelismos con el porte
y la organización de las tropas alemanas (pero conociendo la realidad
de los soldados de ventura renacentistas, el paralelismo sería tan
grotesco como la adopción del "paso de la oca" que se impuso
a los carabineros italianos en homenaje al aliado Hitler).
Como sugiere Sergio Luzzatto, Mussolini tiene dos formas de montar a
caballo. Está la forma dinámica, el Duce monta a caballo "con
el mismo espíritu con el que subía a un avión, a un
coche de carreras o a una trilladora" (el espíritu, para entendernos,
que animaba el documental
Il Duce sportivo, analizado con anterioridad).
Y está también la forma estática: el Duce "montaba
a caballo como quien sube a un pedestal para controlar a los italianos desde
allí arriba y complacerse siendo un monumento monolítico de
sí mismo"
[ 43 ] . La política de imagen de Mussolini y del
fascismo naufragó desde el momento en que únicamente permaneció
en escena la segunda "forma". Las grandes producciones históricas,
desde
Scipione l'Africano hasta
Condottieri, justamente por
la disparidad entre el capital invertido, la ambición manifiesta
y la modestia de los resultados obtenidos tanto en lo artístico como
en lo comercial (y por tanto en lo político), anticiparon lo que
sería el fracaso de la política de grandeza perseguida por
Mussolini, desde Etiopía hasta la tragedia de la guerra mundial.
El fracaso político e histórico del fascismo fue también
el fracaso de su política de imagen: las grandes producciones históricas
en su búsqueda de efectos de monumentalización habían
perdido la fuerza innovadora que expresaba la estrategia de hibridación
de los medios y los modelos en la fase ascendente del régimen fascista.