En esta película se usan mucho las cartelas, escritas con sobreimpresión,
y los efectos ópticos de todo tipo: no se trata de la adopción
de módulos regresivos sino de la elección de la sintaxis y
los procedimientos del cine de vanguardia. Forzano seguramente quiso imitar
los modelos de vanguardia soviéticos y de los
cinegiornali
para crear una especie de equivalente cinematográfico de la Esposizione
della Rivoluzione Fascista (1932)
[ 33 ] . Además
llevó a escena arquetipos en lugar de personajes (llevando a la práctica
la separación de la función y el individuo típica de
la retórica fascista) e hizo un uso abusivo de estereotipos iconográficos
y simbologías varias, de un modo decididamente más evolucionado
que el usado por Mario Volpe diez años atrás en
Il grido
dell'acquila, pero replicando sustancialmente la tesis del fascismo
como inevitable consecuencia de la "victoria mutilada" y
saldando con el triunfo del fascismo cuentas pendientes personales e históricas.
A diferencia de Volpe, Forzano pudo poner al final una escena en la que
la anulación de la diferencia entre documental y ficción está
garantizada por la presencia del propio Mussolini. La película alterna
pasajes caracterizados con un relato decididamente melodramático
y teatralmente convencional con procedimientos inspirados en el uso de la
radio, los fonógrafos, altavoces y plásticos integrados con
efectos animados: en resumen, se lleva a cabo una amalgama que recupera
en un contexto esencialmente naturalista y tradicional los procedimientos
más avanzados de la propaganda. También en este caso se verifica,
por lo tanto, esa hibridación de modelos a la que ya hemos hecho
referencia.
El discurso de Mussolini que cierra la película reúne todos
los procedimientos de la retórica mussoliniana: desde la postura
con las manos en la cadera que mantiene a lo largo de la primera parte hasta
la mímica facial que nos ofrece expresiones varias (la coloquial
y bonachona o la declamatoria y ceñuda). Aislar algunas de estas
expresiones, como suele hacerse a menudo (en el montaje de documentales),
como si escaparan al control de orador, es sin duda un error: aquí
Mussolini está pronunciando un discurso que ha sido expresamente
preparado para ser rodado, por lo que nos muestra todo su repertorio de
expresiones oratorias; la variedad y la convivencia de varios modelos constituyen
lo específico de la oratoria mussoliniana, el conjunto de características
que permite diferenciarla claramente de la gestualidad y las posturas de
Hitler, por ejemplo.
Los últimos encuadres de
Camicia nera son una muestra de
lo que propongo llamar, inspirándome en Metz, el efecto místico
de la disolución cruzada y de la sobreimpresión
[ 34 ] : la imagen
de Mussolini en sobreimpresión se funde con encuadres bélicos
y paisajísticos, con símbolos del fascismo y con monumentos
y plazas de Italia. Estamos frente a un ejemplo de monumentalización
cinematográfica del Duce, punto de convergencia de todo el repertorio
de procedimientos cinematográficos alineados a lo largo de la película.
La obra de Forzano, que tuvo una larga gestación salpicada de
escándalos, llegó con retraso a la fecha del décimo
aniversario (28 de octubre 1932) y se presentó el 23 de marzo de
1933: pese a los enormes costes acaparados por esta producción y
el lanzamiento orquestado internacional, la película no obtuvo el
éxito esperado. Fue seguramente eso lo que inauguró el periodo
de la monumentalización de la imagen del Duce que tocará techo
en los años de la empresa etíope y la fundación del
Imperio. Sin embargo, y probablemente debido a la gestión de Freddi
en la Direzione Generale per la Cinematografia, en los años sucesivos
se prefirieron las grandes producciones de inspiración histórica,
ricas en sugestiones espectaculares e idóneas para llevar a cabo
una labor de propaganda más indirecta.
Para ilustrar esta fase de la estrategia de imagen que perseguía
el fascismo me detendré en dos películas, Scipione l'Africano
(Escipión el africano, Carmine Gallone, 1937) y Condottieri,
de Trenker.
Scipione l'Africano representaba al mismo tiempo un intento de
volver a los fastos de las películas históricas, que desde
Cabiria hasta la por entonces última versión de Gli
ultimi giorni di Pompei (Los últimos días de Pompeya,
Gallone y Palermi, 1926) habían dado lustre al cine mudo italiano,
y de llevar a cabo una osada combinación entre cine espectacular
con explícitas ambiciones comerciales y cine de propaganda asociado
a la actualidad política del momento. El hecho de que se encargara
a Gallone dirigirla, quien ya debería haber verificado con Gli
ultimi giorni di Pompei que el modelo glorioso de película histórica
ya no funcionaba como antaño, seguramente no fue un buen auspicio
para el éxito comercial de la película. En cuanto al éxito
político, las declaraciones oficiales fueron triunfalistas. Freddi
escribió, en el número monográfico de Bianco e nero
preparado para el lanzamiento de la película, lo siguiente:
El hecho de que Scipione l'Africano haya sido concebido en el momento
en que se iniciaba la gloriosa guerra de Etiopía y que su realización
comenzara justo después de la consagración del Imperio Italiano
no está exento de significado [] A través de la película
se ha sentido la necesidad de dar a la nueva cinematografía italiana
una obra que, respondiendo plenamente a la sustancia viva de nuestro tiempo,
tradujera en imágenes la identidad esencial del espíritu que
une la Gran Roma de la conquista africana con la Gran Roma de la conquista
etíope [ 35 ] .
Y aún cuando Giuseppe Bottai, en el mismo número de
Bianco
e nero, llevado por el entusiasmo pedagógico, hubiese escrito
"Escipión no es el héroe romano para los niños,
sino Mussolini"
[ 36 ] , parece que el mandatario fascista no estaba muy convencido.
Una anécdota, contada por Luigi Freddi, nos ofrece la medida de la
conciencia plena que Mussolini tenía de la fuerza de atracción
de su propia imagen y de la inconsistencia del paralelismo que la película
pretendía establecer. Freddi cuenta que tras el visionado de
Scipione
l'Africano, Mussolini se detuvo a comentar la importancia de los aspectos
históricos y de la interpretación de los hechos, olvidándose
por completo de la espectacularidad. Preocupado por este silencio, Freddi
comenta que probablemente un cierto cansancio se deriva del exceso de discursos
que Escipión lanza a sus tropas, a lo que Mussolini replica:
Incluso Tito Livio ponía de manifiesto la fecundidad y la gracia
de su verbo, pero las batallas las ganaba. [] De todos modos, si hubiese
tenido la cara de blando que tiene ese, no sé si habría podido
ganar alguna [ 37 ] .