I. Una imagen desproporcionada
Si alguien me preguntara cuál es la imagen más eficaz de
Mussolini en el cine italiano de los últimos cincuenta años,
respondería sin ningún género de duda que la de Amarcord
(Amarcord, Federico Fellini, 1973).
El cine italiano de la posguerra tuvo no pocos problemas "con ese
icono" que durante veinte años podía verse en todas partes
(pantallas cinematográficas, fotografías, carteles, frescos,
monumentos ecuestres, sellos, monedas). Y aún más "con
esa voz": la radio (y su complemento, el altavoz) fue el medio fundamental
de la propaganda fascista, que no por casualidad solo se dedicó realmente
al cine una vez que se produjo la llegada el sonoro
[ 1 ] .
La política de imagen del régimen fascista queda perfectamente
sintetizada en esta nota (1936) del diario de Giussepe Bottai, que fue ministro
de Educación Nacional y una de las figuras más destacadas
de la política cultural del régimen fascista: "Es necesario
imponer la fisonomía, el gesto y la palabra con la reiteración
fotográfica, cinematográfica y fonográfica. Repetir,
repetir y repetir, como en la publicidad comercial. Mussolini lo ha entendido"
[ 2 ] .
La eliminación de todo esto después de la caída
del fascismo era algo obligado, una necesidad de algún modo fisiológica
y, sobre todo, complementaria al ostracismo al que fue sometido durante
largo tiempo todo el cine del veinteno fascista
[ 3 ] .
Las imágenes del Duce en el cine italiano de la posguerra fueron
bastante raras, y cuando no fue posible evitar evocarlo, se usaron dos soluciones:
a) utilización de fuentes de la época, iconográficas
(fílmicas y no fílmicas) y sonoras, relegándolo casi
siempre a los títulos de crédito del principio, a secuencias
sintéticas de contextualización histórica o bien dejándolo
en un segundo plano visual (fotografías y manifiestos) o sonoro (radio);
b) el recurso, bastante raro, de interpretarlo con actores, aunque solo
en los casos en los que el dirigente del fascismo constituía un personaje
dramático (se emplearon diversos actores, tanto italianos como extranjeros,
pero, pese a la indudable calidad de algunos intérpretes, sus actuaciones
fueron juzgadas inadecuadas por lo general: o bien sobreactuaban convirtiéndolo
en una caricatura o bien no daban la talla del personaje)
[ 4 ]
.
La imagen "histórica" de Mussolini es siempre aparatosa
y excesiva, más allá de cualquier medida. La impresión
que da es que, en el cine de ficción, era difícil hacer entrar
a semejante personaje en los cánones de la verosimilitud narrativa,
de la plausibilidad diegética. Incluso en los documentales montados
persistía la impresión de que, pese a la abundancia de material
disponible, había algo que se escapaba o que, fuera cual fuese el
ángulo elegido por los compiladores y los autores de la narración
no lograse definir o circunscribir un fenómeno desbordante. La mayoría
de las veces se eligió mostrar al Duce en el balcón, aislado
en sus momentos de exceso, pletórico, insistiendo en sus gestos grotescos,
involuntariamente cómico o trágicamente delirante, y así
se perdía la capacidad de definir la complejidad del fenómeno
al tiempo que se ganaba en eficacia argumentativa
[ 5 ]
.
La idea genial de Fellini fue la de inventar un gigantesco retrato de
Mussolini, una especie de mosaico cuyas teselas son en realidad flores,
que aparece como una visión mágica durante la celebración
de la Navidad en Roma. Es de obligada mención la incongruencia de
la materia de la expresión (las flores) usada para ofrecer plásticamente
esta idea de "aparatosidad", de "desproporción".
El efecto consiste en convertir, irremisible y trágicamente, en ridículos
a los "hombrecitos" y a las "mujercitas" que, bajo su
atenta mirada, se afanan en arreglarlo. Por otra parte, Fellini introduce
un cómico
flash-forward de Ciccio, un muchacho tímido
y patoso: sueña que el faccioso Duce le una en matrimonio con una
compañera de escuela de la que está enamorado. De este modo,
el gigantesco icono del Duce se convierte en una suerte de proyección
inconsciente de personajes perennemente inmaduros. Como ha declarado el
propio Fellini, "
Amarcord es una reflexión sobre la incapacidad
de observar críticamente nuestro pasado fascista, un pasado que rechazamos
pero del que nunca podremos desligarnos: lo que forma parte de tu pasado
invariablemente forma una parte íntima de ti"
[ 6 ] .
A esta fulgurante imagen felliniana se puede sumar un breve escrito autobiográfico
que Italo Calvino ha dedicado a I ritrati del Duce. Atendiendo únicamente
a sus propios recuerdos, el escritor muestra las diferentes estratificaciones
de los retratos en la memoria de una generación como la suya:
Entre las vejaciones a que se solía someter a los niños
de un año o dos, existía por aquel entonces la costumbre de
decir "haz cara de Mussolini" y el niño, al instante, asumía
una expresión ceñuda y proyectaba los labios fruncidos. Quiero
decir, los italianos de mi generación empezaban a llevar el retrato
de Mussolini dentro de sí mismos aún antes de ser capaces
de reconocerlo en los muros, y esto revela que en aquella imagen había
(también) algo de infantil, el aire de concentración que pueden
asumir los niños pequeños y que para nada indica que estén
pensando con intensidad en algo [ 7 ] .
El escrito de Calvino, que comienza con sus primeros recuerdos de la
infancia y termina con las últimas imágenes del Duce "que
no son gratas ni a la vista ni al recuerdo", traza la evolución
de los retratos de Mussolini, desde los del revolucionario a los más
oficiales, magnilocuentes, adaptados al proyecto imperial y guerrero que
llevaron al régimen y a su dirigente al desastre.
Justamente, Calvino subraya la importancia que tuvo el cine, o mejor,
los medios audiovisuales (no se olvida de mencionar los altavoces), como
componente esencial del culto a Mussolini. De todos modos, sigo sosteniendo
que, en lo tocante al cine, se debe hacer una clara distinción entre
el cine documental y el de ficción. Sin ninguna duda, en el cine
de ficción las tentativas más importantes de contribuir a
la construcción del mito mussoliniano llegaron relativamente tarde,
y están de diversas maneras implicadas en el proyecto imperial, por
lo tanto en la parte más retórica y pomposa de la estrategia
política (e iconográfica) del fascismo.
Frame stop: fascistización y autofascistización
El empeño orgánico del fascismo en el campo cinematográfico
se inicia en el tramo final de la década de los años veinte.
Y si bien es cierto que el control de Mussolini sobre la política
de imagen perseguida en los documentales de propaganda fue total, no se
puede decir lo mismo de las películas de ficción. Baste con
un dato: de las 772 películas diversas que se produjeron en Italia
entre 1930 y 1943, aproximadamente cien pueden clasificarse como películas
de propaganda, directa o indirecta (prevaleciendo absolutamente la segunda
sobre la primera)
[ 8 ] . Gian Piero Brunetta se arriesga
además a definir como "discretamente" liberal la política
mussoliniana respecto a las películas de ficción, sobre todo
si se la compara con la de los dictadores coetáneos (Hitler y Stalin)
[ 9 ] . El hecho es que las figuras claves de la política
cultural fascista, desde Bottai a Freddi, nunca mostraron una gran simpatía
por la propaganda directa. Sobre todo Freddi, que ocupó la Direzione
Generale per la Cinematografia desde 1934 hasta 1939, demostró en
varias ocasiones su intolerancia hacia las películas con una propaganda
demasiado explícita, considerándolas contraproducentes en
lo político e inconsistentes en lo comercial y lo espectacular.