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Archivos de la Filmoteca 46 Archivos de la Filmoteca

Mussolini en el cine: estrategias de hibridación

por Antonio Costa
Archivos de la Filmoteca nº 46, febrero 2004

Número de páginas: 6
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I. Una imagen desproporcionada
Si alguien me preguntara cuál es la imagen más eficaz de Mussolini en el cine italiano de los últimos cincuenta años, respondería sin ningún género de duda que la de Amarcord (Amarcord, Federico Fellini, 1973).
El cine italiano de la posguerra tuvo no pocos problemas "con ese icono" que durante veinte años podía verse en todas partes (pantallas cinematográficas, fotografías, carteles, frescos, monumentos ecuestres, sellos, monedas). Y aún más "con esa voz": la radio (y su complemento, el altavoz) fue el medio fundamental de la propaganda fascista, que no por casualidad solo se dedicó realmente al cine una vez que se produjo la llegada el sonoro [ 1 ] . La política de imagen del régimen fascista queda perfectamente sintetizada en esta nota (1936) del diario de Giussepe Bottai, que fue ministro de Educación Nacional y una de las figuras más destacadas de la política cultural del régimen fascista: "Es necesario imponer la fisonomía, el gesto y la palabra con la reiteración fotográfica, cinematográfica y fonográfica. Repetir, repetir y repetir, como en la publicidad comercial. Mussolini lo ha entendido" [ 2 ] .
La eliminación de todo esto después de la caída del fascismo era algo obligado, una necesidad de algún modo fisiológica y, sobre todo, complementaria al ostracismo al que fue sometido durante largo tiempo todo el cine del veinteno fascista [ 3 ] . Las imágenes del Duce en el cine italiano de la posguerra fueron bastante raras, y cuando no fue posible evitar evocarlo, se usaron dos soluciones: a) utilización de fuentes de la época, iconográficas (fílmicas y no fílmicas) y sonoras, relegándolo casi siempre a los títulos de crédito del principio, a secuencias sintéticas de contextualización histórica o bien dejándolo en un segundo plano visual (fotografías y manifiestos) o sonoro (radio); b) el recurso, bastante raro, de interpretarlo con actores, aunque solo en los casos en los que el dirigente del fascismo constituía un personaje dramático (se emplearon diversos actores, tanto italianos como extranjeros, pero, pese a la indudable calidad de algunos intérpretes, sus actuaciones fueron juzgadas inadecuadas por lo general: o bien sobreactuaban convirtiéndolo en una caricatura o bien no daban la talla del personaje) [ 4 ] .
La imagen "histórica" de Mussolini es siempre aparatosa y excesiva, más allá de cualquier medida. La impresión que da es que, en el cine de ficción, era difícil hacer entrar a semejante personaje en los cánones de la verosimilitud narrativa, de la plausibilidad diegética. Incluso en los documentales montados persistía la impresión de que, pese a la abundancia de material disponible, había algo que se escapaba o que, fuera cual fuese el ángulo elegido por los compiladores y los autores de la narración no lograse definir o circunscribir un fenómeno desbordante. La mayoría de las veces se eligió mostrar al Duce en el balcón, aislado en sus momentos de exceso, pletórico, insistiendo en sus gestos grotescos, involuntariamente cómico o trágicamente delirante, y así se perdía la capacidad de definir la complejidad del fenómeno al tiempo que se ganaba en eficacia argumentativa [ 5 ] .
La idea genial de Fellini fue la de inventar un gigantesco retrato de Mussolini, una especie de mosaico cuyas teselas son en realidad flores, que aparece como una visión mágica durante la celebración de la Navidad en Roma. Es de obligada mención la incongruencia de la materia de la expresión (las flores) usada para ofrecer plásticamente esta idea de "aparatosidad", de "desproporción". El efecto consiste en convertir, irremisible y trágicamente, en ridículos a los "hombrecitos" y a las "mujercitas" que, bajo su atenta mirada, se afanan en arreglarlo. Por otra parte, Fellini introduce un cómico flash-forward de Ciccio, un muchacho tímido y patoso: sueña que el faccioso Duce le una en matrimonio con una compañera de escuela de la que está enamorado. De este modo, el gigantesco icono del Duce se convierte en una suerte de proyección inconsciente de personajes perennemente inmaduros. Como ha declarado el propio Fellini, "Amarcord es una reflexión sobre la incapacidad de observar críticamente nuestro pasado fascista, un pasado que rechazamos pero del que nunca podremos desligarnos: lo que forma parte de tu pasado invariablemente forma una parte íntima de ti" [ 6 ] .
A esta fulgurante imagen felliniana se puede sumar un breve escrito autobiográfico que Italo Calvino ha dedicado a I ritrati del Duce. Atendiendo únicamente a sus propios recuerdos, el escritor muestra las diferentes estratificaciones de los retratos en la memoria de una generación como la suya:
Entre las vejaciones a que se solía someter a los niños de un año o dos, existía por aquel entonces la costumbre de decir "haz cara de Mussolini" y el niño, al instante, asumía una expresión ceñuda y proyectaba los labios fruncidos. Quiero decir, los italianos de mi generación empezaban a llevar el retrato de Mussolini dentro de sí mismos aún antes de ser capaces de reconocerlo en los muros, y esto revela que en aquella imagen había (también) algo de infantil, el aire de concentración que pueden asumir los niños pequeños y que para nada indica que estén pensando con intensidad en algo [ 7 ] .
El escrito de Calvino, que comienza con sus primeros recuerdos de la infancia y termina con las últimas imágenes del Duce "que no son gratas ni a la vista ni al recuerdo", traza la evolución de los retratos de Mussolini, desde los del revolucionario a los más oficiales, magnilocuentes, adaptados al proyecto imperial y guerrero que llevaron al régimen y a su dirigente al desastre.
Justamente, Calvino subraya la importancia que tuvo el cine, o mejor, los medios audiovisuales (no se olvida de mencionar los altavoces), como componente esencial del culto a Mussolini. De todos modos, sigo sosteniendo que, en lo tocante al cine, se debe hacer una clara distinción entre el cine documental y el de ficción. Sin ninguna duda, en el cine de ficción las tentativas más importantes de contribuir a la construcción del mito mussoliniano llegaron relativamente tarde, y están de diversas maneras implicadas en el proyecto imperial, por lo tanto en la parte más retórica y pomposa de la estrategia política (e iconográfica) del fascismo.
Frame stop: fascistización y autofascistización

El empeño orgánico del fascismo en el campo cinematográfico se inicia en el tramo final de la década de los años veinte. Y si bien es cierto que el control de Mussolini sobre la política de imagen perseguida en los documentales de propaganda fue total, no se puede decir lo mismo de las películas de ficción. Baste con un dato: de las 772 películas diversas que se produjeron en Italia entre 1930 y 1943, aproximadamente cien pueden clasificarse como películas de propaganda, directa o indirecta (prevaleciendo absolutamente la segunda sobre la primera) [ 8 ] . Gian Piero Brunetta se arriesga además a definir como "discretamente" liberal la política mussoliniana respecto a las películas de ficción, sobre todo si se la compara con la de los dictadores coetáneos (Hitler y Stalin) [ 9 ] . El hecho es que las figuras claves de la política cultural fascista, desde Bottai a Freddi, nunca mostraron una gran simpatía por la propaganda directa. Sobre todo Freddi, que ocupó la Direzione Generale per la Cinematografia desde 1934 hasta 1939, demostró en varias ocasiones su intolerancia hacia las películas con una propaganda demasiado explícita, considerándolas contraproducentes en lo político e inconsistentes en lo comercial y lo espectacular.
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NOTAS
  • [ 1 ] En realidad, la retórica mussoliniana basaba su efectividad en el contacto directo con la gente: por lo tanto, los discursos del Duce desde el balcón del palazzo Venezia se transmitían por radio y luego se difundían mediante altavoces en las plazas de toda Italia. Raramente, como subrayan P.Milza y S. Bernstein: Storia del fascimo, Milán, Rizzoli, 1982, pág. 349, Mussolini se arriesgó a pronunciar discursos concebidos específicamente para la radio según un modelo de conversación familiar que era la especialidad de Roosevelt. Los documentales de propaganda alcanzaron su máxima eficacia tras la llegada del cine sonoro que permitió, como se verá luego con más detalle, la hibridación de dos medios, la radio y el cine.
  • [ 2 ] G. Bottai: Diario 1935-1944, edición de G.B. Guerri, Milán, Rizzoli, 1982, pág. 113; véase también A. Lepre: Mussolini, Bari, Laterza, 1998, pág. 68.
  • [ 3 ] Para un marco bibliográfico puesto al día sobre el cine italiano del fascismo, y también relacionado con las nuevas tendencias historiográficas, me remito al muy reciente G.P. Brunetta: Guida alla storia del cinema italiano 1905-2003, Turín, Einaudi, 2003.
  • [ 4 ] Me limitaré a mencionar a los principales. El actor helvético-germano Mario Andorf (doblado por Ivo Garrani, que ha imitado con impresionante verosimilitud la voz del Duce) es el intérprete en Il delitto Matteotti (El caso Matteotti, Florestano Vancini, 1973). Rod Steiger dio vida a la figura del Duce en Mussolini ultimo atto (Mussolini, el último acto, Carlo Lizzani, 1974): las críticas a su interpretación la tildaron de más bien mediocre y gris, aún cuando los críticos agradecieron que renunciara a histrionismos fáciles. Ugo Tognazzi ofreció una caracterización bastante atípica en Permettete, signora che ami vostra figlia? (Gian Luigi Polidoro, 1974) en la que se nos mostraba una suerte de identificación paranoica con Mussolini por parte de un cómico provinciano que adquiere una cierta notoriedad al escenificar la historia de amor entre el Duce y Claretta Petacci (Bernadette Lafont): es la excusa que permite a Tognazzi adoptar todo tipo de exageraciones caricaturescas pero también profundizar en el registro de lo tragicómico. En la película Claretta (Pasquale Squitttieri, 1984), el argumento se centra en especial en el personaje femenino (interpretado por Claudia Cardinale) y, con mucha prudencia, se muestra al Duce lo menos posible: lo interpreta Fernando Briamo (doblado por Nando Gazzolo). En Un tè con Mussolini (Té con Mussolini, Franco Zeffirelli, 1998) la interpretación de Claudio Spadaro resulta convencional y predecible (como los encuadres de Zeffirelli en cuanto al resto) en una película en la que destacan por encima de todo los personajes femeninos. Por último, es de obligado recuerdo una producción televisiva, Il giovane Mussolini (El joven Mussolini, Gianluigi Calderone, 1993), en la que el papel del futuro Duce es interpretado por un inédito (e improbable) Antonio Banderas.
  • [ 5 ] Estoy pensando en particular en: Fascista (N. Naldini, 1974); pero también se pueden citar Benito Mussolini (P. Prunas, 1962); Benito Mussolini: anatomia di un dittatore (M. Loy, 1962); All'armi siam fascisti (L. Del Fra, C. Mangini, L. Miccichè, 1962).
  • [ 6 ] Federico Fellini. Sono un grande bugiardo. L'ultima confessione del Maestro raccolta da Damian Petigrew, Roma, Elleu Multimedia, 2003, pág. 56.
  • [ 7 ] I. Calvino: "I ritrati del Duce", (1983), en I. Calvino: Eremita a Parigi. Pagine autobiografiche, Mondadori, Milán, 1994, pág. 213. Hay traducción al castellano, I. Calvino: Ermitaño en París: páginas autobiográficas, Madrid, Siruela, 1994.
  • [ 8 ] Cfr. G. Casadio: Il grigio e il nero. Spettacolo e propaganda nel cinema italiano degli anni Trenta (1931-1943), Rávena, Longo editore, 1989. Para ser exactos, son 101 las películas que Casadio presenta y documenta en este texto, poniendo en evidencia los aspectos implícitos y explícitos de la propaganda. Cfr. también R. Redi: "È stato fascista il cinema italiano?" en R. Redi (coord.): Cinema italiano sotto il fascismo, Venecia, Marsilio, 1979, págs. 273-274 (se trata de las actas de un congreso que tuvo lugar en Ancona, después de una serie de importantes retrospectivas organizadas desde 1976 por la Mostra Internazionale di Pesaro y que han dado origen a una profunda renovación de los estudios sobre el cine italiano de entreguerras).
  • [ 9 ] G.P. Brunetta: "Divismo, misticismo e spettacolo della politica", en G.P. Brunetta (ed.): Storia del cinema mondiale, vol. I, Turín, Einaudi, 1999, pág. 536.

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