Sin embargo, a veces no hay claves intermedias. El proyecto para la Biblioteca de Des Moines tenía que situarse en una ciudad portuaria organizada según un trazado en retícula. El solar aportaba poca información y se nos planteó el problema de cómo organizar una biblioteca en un parque. ¿Cómo se puede hacer más atractiva una biblioteca? ¿Cómo se atrae a la gente a la biblioteca? ¿O cómo se cambia la naturaleza de esta institución, descrita con esa imagen típica de unas grandes escalinatas y altas columnas en el frente? Encontrar métodos arquitectónicos para lograr un umbral más cómodo se convierte en algo muy importante. Hicimos un esquema en el que la gente podía atravesar el museo caminando hasta llegar al parque, e hicimos el edificio completamente transparente, permitiendo así que todos los lectores se sintiesen parte del parque. Los proyectos arquitectónicos más atractivos son esos en los que se juega con el programa, o al menos con la intención. Envolver simplemente con una piel un edificio de oficinas, sin oportunidad alguna de cuestionar lo que ocurre dentro, sigue siendo, con mucho, lo menos estimulante.
Para poder hacer ese discurso se necesita tener la experiencia de lo que son las cualidades de una típica biblioteca pública, así que la tipología es algo que también implica un programa; implica unas relaciones entre la forma y el programa. Así pues, si queremos ser capaces de hacer un discurso sobre cómo implicar a la arquitectura, mi impresión es que también necesitamos resolver esa tipología, aunque sólo sea para verificar si realmente estamos haciendo algo o no.
También soy un poco escéptico con respecto al debate programático, sobre la legitimación de nuestra intervención con la idea de mejorar el entorno. Pero, volviendo al primer punto, otra cosa que ha mencionado es que intentó situarse en una determinada generación; ¿cuál es su impresión, por ejemplo, de mi generación?
Bueno, creo que cada generación es capaz de concebir cosas de un modo que las generaciones anteriores no pudieron hacer, y no creo que haya nada malo en ello. Al mismo tiempo, cada cual es parte del proceso, y me parece incorrecto imaginar que alguien está detenido en un momento concreto. Sin duda estamos moldeados y profundamente influidos por nuestra formación, pero al mismo tiempo creo que es obligatorio cuestionarse continuamente con qué estrategias y métodos solemos trabajar.
Entonces admite que necesita una referencia ideológica.
Creo que hemos de tener intención, hemos de saber qué estamos tratando de hacer y hemos de ocuparnos de ideas que están más allá del proceso normal. Al mismo tiempo, paradójicamente, hemos de contentarnos con la propia cosa, y creo que es muy difícil resolver esa incógnita de cómo situar nuestras ambiciones en el lugar adecuado. Si no tenemos ninguna, podemos hundirnos; y si tenemos demasiadas, probablemente estemos mal colocados. Sin embargo, hay veces que en ciertos contextos sentimos que deberíamos tener más ambición de la que podemos imaginar. En el contexto chino, hay que empezar por buscar ideas precedentes de otros campos; mientras que, por otro lado, me sigo sintiendo obligado a hacer cosas que signifiquen algo. Ése es tal vez el modo en que yo usaría la palabra significado. No necesito obligatoriamente tener una ideología, pero una cosa tiene que significar algo, y creo que las distintas escalas de la arquitectura nos permiten ocuparnos de distintos grados de ambición. Si estamos haciendo una tienda de ropa, sólo podemos ocuparnos de experiencias físicas y sensuales. Supongo que mi carrera se ha construido a partir de ese sentido de la experiencia, y tal vez estoy limitado por él, pues estoy acostumbrado a hacer cosas pequeñas y tratar de verlas en una imagen mayor. Es algo más fácil poner cosas pequeñas en un marco más grande que poner cosas grandes en un marco más grande.
Esto tal vez nos lleva de vuelta a esa idea de las restricciones. Su modo de actuación se alimenta constantemente de restricciones, además de esa noción de que cada proyecto está intrínsecamente relacionado con otras personas que le aportan retroalimención. Tal vez en España las condiciones sean distintas: se supone que usted es el experto y los clientes respetarán su decisión incluso aunque posteriormente cometa un crimen.
Lo que en cierto modo me fascina del Neues Museum es que he sido capaz de mediar entre una serie de facciones distintas. Es un proyecto que tuve que hacer a la vista de todos; tuve que negociarlo con la Oficina Federal de Edificación y Urbanismo, con el Departamento de Desarrollo Urbano del Senado berlinés, con los responsables de la protección de la ciudad, con los conservadores de los museos y con toda otra serie de personas. Dada la situación política, puede comprenderse la naturaleza sensible del proyecto; y tal vez es casi un chiste que un inglés haya podido lograr tal armonía en Berlín en torno a un proyecto tan simbólico. Es cierto que disfruto con la respuesta y el diálogo. Y con respecto a la Ciudad de la Justicia de Barcelona, me enfrento a un gran proyecto en el que siento que estoy hablando conmigo mismo frente al espejo. No es fácil encontrar mucha gente con la que hablar o mantener un diálogo. Como usted dice, en España se supone que uno es el experto, mientras que yo estoy acostumbrado a negociar.
Sin embargo, en Berlín nos enfrentamos a una extraordinaria ruina que no es únicamente eso, sino que también forma parte de los escombros de la historia. El edificio original, de 1841-1855, había sufrido algunas modificaciones en la década de 1920 para poder albergar la colección de Amarna; en 1944 fue bombardeado, y en la década de 1980 la República Democrática Alemana (RDA) realizó algunas obras de consolidación. Aunque ha sufrido durante unos cincuenta años, se ha convertido en una ruina bellísima: el tiempo ha hecho que madurase y ha llegado a ser un reconocido monumento arquitectónico por sí mismo. La propia escalera principal es uno de los espacios más hermosos de Berlín. Tuve que resolver el problema de cómo encajar este proyecto con el resto de la obra, sin sucumbir a los clásicos planteamientos de la restauración. Tampoco había que exaltar la ruina en sí. De esto hay algunos ejemplos muy torpes, como la Kaiser-Wilhelm Gedächtnis Kirche ('Iglesia votiva del emperador Guillermo') en el centro de Berlín, pero en la mayoría de los casos los edificios destruidos fueron demolidos del todo o bien reconstruidos. El nuestro es el último de su clase y la generación que lo restaurará o reconstruirá ya no está a la sombra del Muro. Yo no entiendo la ruina como fruto de los bombardeos norteamericanos y británicos, y tampoco la entiendo como un símbolo de la guerra. Me gusta verla de una manera muy secular. Nos ha quedado un increíble edificio que fue bombardeado, y ahora ¿qué hacemos con él? La Frauenkirche ('Iglesia de la Virgen') de Dresde, por ejemplo, se está reconstruyendo exactamente como era. Nosotros no queríamos recurrir a ese planteamiento 'clásico' de la restauración. Me gustaría alegar que había sido una ruina durante más de cincuenta años y que borrar la historia es una enorme responsabilidad. Hay que ser consciente de que algunas personas estuvieron viviendo entre los escombros durante cuatro o cinco años después de la guerra; y vivían en unas condiciones increíbles. Este periodo no figura en la literatura alemana porque nadie escribió sobre él. ¿Quién querría escribir sobre eso? Y lo mismo ocurre con las ruinas. Ha sido una experiencia fascinante en la que uno se resiste a esa idea, formulada a mediados del siglo xix, de volver a esclarecer la historia. Es algo que tiene que ver tanto con la época de su modificación, destrucción y estabilización como con nuestros días. Creo que la historia puede entenderse como contexto, al igual que la continuidad puede entenderse como el núcleo de muchos de los proyectos que he hecho.