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La cultura pasa por aquí
El Croquis 120 El Croquis

Una Conversación con David Chipperfield

por Alejandro Zaera
El Croquis nº 120

Número de páginas: 6
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En el pasado, todos los concursos de museos estaban controlados por los responsables de su conservación, con sus preocupaciones acerca de cómo se dispondrían las colecciones o cómo entraría la luz. En cambio, ahora hay otra cuestión más importante, algo así como "¿va a ser esto lo bastante atractivo como para situarnos en el mapa?". Esto ha aportado una nueva dimensión a la arquitectura.
Me interesa su descripción de la arquitectura japonesa como una serie de pequeñas decisiones que conceden valor a ciertos momentos o ciertos rasgos en lugar de tener una postura ideológica que lo impregne todo.
Me he vuelto muy cínico con respecto al arte de justificarlo todo, cuando lo único que hemos hecho ha sido enlazar una serie de puntos. Una vez que hemos establecido un proceso muy racional e inteligente, se da por supuesto que podría seguirse con toda precisión. Es como si no se tratase de diseñar una forma, sino de decidir cuál es la serie de procesos que la producen para nosotros. Al final, todos estamos haciendo formas y nos sentimos inseguros y a disgusto haciéndolas; por eso todos tenemos la necesidad de justificar por qué estamos haciendo algo superficial como es el decidir la figura y el color de las cosas.
¿No sería entonces eso volver a ese pragmatismo inglés con el que al principio de su carrera se encontraba usted tan incómodo? Vale, no intenta teorizar ni trata de encontrar una justificación ideológica: es una operación pragmática apoyada en la dialéctica, aunque sin dejarla reducida a una sencillas intervenciones individuales o funcionales en diferentes partes del proyecto.
Estoy de acuerdo. Creo que es el mismo problema que el de la fe. Una cosa es decir que no se cree y otra, realmente espantosa, no creer en nada. No se trata de que no creamos en algo, sino de que podemos haber cuestionado el proceso que esa creencia nos proporciona. El vacío y el peligro de no tener creencias o valores en absoluto es algo insostenible. Coincido en que siempre estamos trazando figuras, en que siempre estamos eligiendo materiales y jugando con formas, pero no me trago la importancia que nos damos a nosotros mismos. Si no tenemos creencia alguna nos enfrentamos a otro problema; y en cualquier caso uno tiene que cuestionarse hasta qué punto son universales esas creencias.
Durante mi carrera profesional se ha producido el hundimiento de ese gran sistema de fe que era el Movimiento Moderno; se abandonaron las grandes ambiciones en la arquitectura y, como no estábamos cambiando el mundo, aceptamos crear unos edificios pequeños y bonitos. Y uno iba y decía "es estupendo, es realmente hermoso", y se sentía fortalecido por ello. No es algo revolucionario, pero es sorprendente lo que consigue. Y es lo que he dicho siempre: creo que los arquitectos hemos sobrevalorado nuestro papel, y es que no creo que al final seamos capaces de hacer tanto. A mi entender, en las décadas de 1980 y 1990 hubo en cierto sentido una sensación de retirada, comercial e intelectualmente, cuando adoptamos un enfoque más modesto. Ahora mismo considero que esa modestia se está abandonando de nuevo: todos estamos cambiando el mundo, y no necesariamente por razones ideológicas; todos hemos llegado a formar parte de ese proyecto de visualización que tiene que ver con dar identidad a las cosas.
Cambiar el mundo probablemente está pasado de moda, pero hay una auténtica necesidad de explicar lo que usted está haciendo, especialmente ahora que está ocupado en un proyecto muy grande como es el de la Ciudad de la Justicia de Barcelona. Por tanto, el hecho es que tiene que hacerse responsable de estas cosas, y no sólo responsable en cuanto a producir una nueva imagen para la ciudad, sino también en cuanto a organizar una especie de sistema crítico para los ciudadanos que la usen.
En mi opinión, ése es un problema que tenemos todos: cómo actuar a gran escala. Y esto no tiene que ver necesariamente con la escala del edificio, sino con la de nuestro campo de actuación. Estoy convencido de que deberíamos ser responsables, y describir lo que estamos haciendo y por qué lo estamos haciendo.
Esto resulta más fácil con unos proyectos que con otros, y probablemente ahí es donde reside el éxito definitivo de un proyecto. Nos interesa ver cómo se comportará un proyecto como edificio público, o cómo se entenderá el papel de un museo en una comunidad. Este discurso es interesante, como también lo es el discurso sobre cómo debería funcionar un cementerio o un palacio de justicia. La idea de hacer un museo en ciudades como Anchorage o Davenport -donde no puede ser sólo un lugar al que los visitantes vayan una o dos veces, sino que tendrá que funcionar como edificio público de modo permanente para toda la comunidad- nos obliga a pensar en cómo conseguirlo. En el caso del Museo de Davenport, puede que alguien no quiera ir al museo, pero puede que tenga algún invitado al que sí quiera enseñar el río, de modo que podría ir al museo, ya que es el único sitio que ofrece una vista del Misisipí. Por consiguiente, mezclamos las partes 'trasera' y 'delantera' de la casa, lo que permite hacer un recorrido distinto a través del edificio. Y así podemos contar una historia. Creo que tiene razón, debería haber en esa historia una intención que pueda explicar por qué hemos hecho cualquier cosa que hayamos hecho; pero no sé si la historia tiene que ser más grande que el propio proyecto.
Sí, yo diría que sí.
No creo que la historia del cementerio esté diciendo "éste es el aspecto que deberían tener todos los cementerios", ni que sea "la solución universal", pero en ese contexto creo que es una interpretación que resulta comprensible. Eso es precisamente lo que me interesa. De igual modo, en Berlín tuve que explicar el proyecto del museo a toda la nación. No podía escaparme sin tener que explicarlo. Y de nuevo, a ellos no les interesan los pequeños detalles; les interesa la cuestión más importante que es la actitud con respecto a la historia. Todas las autoridades importantes nos hacen explicar los conceptos fundamentales y después de eso nos dejan solos con los detalles. Creo que esto es fundamentalmente distinto del enfoque anglosajón.
Algo que mencionó antes, esa idea de recurrir a la tipología o recurrir a la historia o a los ejemplos, ya sabe...
Creo que ahí hay algo que tiene que ver con la consolidación. En cierto sentido, me gusta reforzar las cosas que ya están en su sitio. En emplazamientos con cierto contexto, yo tendía a hacer lo obvio. El proyecto para el Neues Museum de Berlín nos ha obligado a tomar cierta postura con respecto a la historia. Al principio estaba muy preocupado, pensaba que únicamente me iban a endilgar problemas de conservación y restauración; pero en realidad se ha convertido en uno de los proyectos más fascinantes de mi carrera. Desde entonces nos hemos enfrentado a una serie proyectos ubicados en áreas muy delicadas, y ahora podemos empezar a ver esta obra como parte de una especie de continuidad.
No me impresionan mucho las actuales representaciones del cambio, que sólo prolongan esa fascinación que sentían los modernos por la desconexión. Me interesa más la cuestión de la tipología, pero no como un statu quo, sino como un modus operandi. Incluso si optamos por soluciones tipológicas, también las estamos trasladando. Se trata más bien de buscar ideas arraigadas en otras anteriores, al tiempo que aceptamos que no estamos empezando con una hoja de papel en blanco. Si vas a escribir una partitura musical o un libro, evidentemente procuras escribir algo que no se haya escrito antes, pero al mismo tiempo eres consciente de que no eres la primera persona que escribe un libro o una partitura. No escribes sin tener toda una tradición a tus espaldas.
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