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La cultura pasa por aquí
El Croquis 120 El Croquis

Una Conversación con David Chipperfield

por Alejandro Zaera
El Croquis nº 120

Número de páginas: 6
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Pero en Gran Bretaña existía un enfoque alternativo. En esa época, en la AA había otras personas que se movían en una dirección completamente distinta, tal vez más comprometidas ideológicamente, o sencillamente más idiosincrásicas. Su obra nunca ha sido tan idiosincrásica.
Cierto, y hay que ser increíblemente fuerte para hacerlo así; y hace falta mucho valor, pero lo que a mí me interesaba era construir, y me interesaba hacerlo en un clima que en realidad no precisaba de mí. Por eso uno se sentía derrotado, se sentía como un cirujano en un hospital en elque ya no se hacían operaciones; y por tanto, uno no estaba seguro de cuál era el mejor modo de afrontar las cosas. Por otro lado, creo que entre nosotros existe el deseo de hacer cosas que signifiquen algo; creo que sí queremos comunicarnos, porque cuando construimos algo, dibujamos algo o escribimos algo, queremos que signifique algo para alguien. La cuestión es para quién va a significar algo. Tal vez el Movimiento Moderno sólo tenía interés en significar algo para otros profesionales. Cuando hice el Museo del Remo, comprendí, de un modo pragmático, que el entorno en el que construimos es muy local y generalmente contrario a la arquitectura moderna. Tuve que tomar la decisión de si realmente iba a construir algo allí; y que si lo hacía, tendría que ser aceptado. No podría protegerme y no iba a recibir protección alguna. De hecho, el ayuntamiento estaba en contra del edificio. Estoy diciendo esto sólo como un ejemplo, pero me sorprendió que en Japón no hubiese restricciones urbanísticas; sin embargo, lo que hacíamos en Japón no lo podíamos hacer en Inglaterra, y no se podían seguir esa especie de ideas abstractas. No obstante, había algo en el Museo del Remo que nos llevó a decir: "Bueno, ¿qué hay de malo en proyectar un edificio que pueda ser popular?" Podría ser atractivo para los lugareños y podría recordarles algo que les resultase familiar.
Le he oído decir en otra ocasión que estaba tratando de desaprender lo que significaba ser un arquitecto inglés, porque se estaba dando cuenta de que cuando trabajaba en Alemania o España las expectativas eran totalmente distintas. En lugar de esperar una sumisión total a las instrucciones del cliente, la gente le preguntaba cómo suponía que iba a funcionar el programa, e incluso se creían lo que les decía. Así que ahora que está haciendo proyectos públicos muy grandes, de una nueva escala y con un nuevo tipo de cliente, ¿cuáles son las oportunidades que esto le está brindando? ¿Es capaz de teorizar?
¿Que si soy capaz de derribar la valla que había construido a mi alrededor? Eso es como dejar la puerta abierta a un perro que lleva demasiado tiempo en una jaula: la puerta se abre, pero el perro se queda dentro. Supongo que me interesa describir proyectos que no dependan totalmente de su solución formal y sigo desconfiando de la invención en arquitectura. Todavía circulo por la calle en distintas ciudades y veo algunas intervenciones de arquitectos que probablemente quedaban bien en su época, pero que resultan llamativas unos cuantos años después. Tengo un deseo intelectual y a la vez pragmático, y resulta difícil saber cuán honrado ser con uno mismo. No sé si sigo con las cosas que conozco sólo porque no puedo avanzar más, pero todavía estoy cautivado por la idea de las restricciones. Me sigue interesando dónde se pone una restricción y cómo se controlan las cosas. Ésta es una corriente que atraviesa todos los proyectos.
Hay una arquitectura que se preocupa por explorar las cosas, que intenta constantemente tirar la pelota fuera del campo, mientras que hay otro tipo de investigación que se ocupa de destacar realmente las restricciones hasta que se convierten en algo.
Así es; mi impresión es que los rituales de la vida cotidiana son los que necesitan que construyamos una arquitectura alrededor. No entiendo la arquitectura en sí misma como un foco de atención. Siempre pienso en ese marco en el que deberíamos ser capaces de vivir la vida, ya sea leer un libro en una biblioteca, hacer la comida en una casa o trabajar en la mesa de una oficina. Esta visión del mundo es intrínsecamente conservadora no porque rechace el cambio, sino porque se apoya en lo que se comprende. El problema es que, si se trata de hacer un marco, podríamos terminar poniendo muy pocas cosas, y creo que es preciso encontrar un equilibrio. Es un poco como ir a un restaurante. Hubo un momento, en la década de 1980 y principios de la de 1990, en que cuando íbamos a un restaurante y nos sentábamos, acabábamos con tortícolis porque había que mirarlo todo. Y todo era de diseño y todo era decir "vaya, qué interesante; ¿cómo demonios habrán hecho eso?"; pero luego piensas "un momento; ¿a qué viene todo esto?; ¿de verdad necesitamos todos estos chismes?" Por otro lado, no vamos a los restaurantes a alimentarnos; vamos por la conversación y a disfrutar de la comida, algo que mejora sustancialmente en un ambiente más bien hermoso.
Es como cuando vamos a comer al campo: encontramos un lugar bonito, junto a un árbol, y miramos el mar y decimos "bueno, éste es un sitio estupendo para merendar", y entonces sacamos las cestas; es absolutamente fabuloso, pero a partir de ese momento sólo nos ocupamos de la merienda; no estamos todo el rato mirando hacia arriba, salvo que eso afecte a la calidad de la merienda. El hecho de que nuestro subconsciente sepa que estamos en un sitio especial es muy importante. A mi entender, nosotros podemos aportar mejoras y sensibilización. Eso es lo que me gusta de Japón. Simplemente darse un baño es un gusto. Me encanta el modo en que los japoneses conceden importancia y significado adicionales a las cosas que hacemos en un día normal. Y yo diría que ése es el lema de nuestro trabajo, o de mi obra y mi interés: que parece que no me interesa hacer una casa en un sitio que nos someta a su voluntad, sino que nos permita desarrollar mejor nuestros rituales, como algo especial, de un modo sensible. La cuestión es cuánta arquitectura se necesita para lograr eso.
(O en qué punto la arquitectura se torna demasiado ausente.)
Una casa es lo más fácil, porque una casa puede construirse alrededor de los rituales. Hay otros proyectos que hemos hecho (por ejemplo el cementerio de Venecia), en los que la idea salió de decir "bueno, si vamos a poner paredes para enterrar a las personas, en lugar de organizarlo como una biblioteca, ¿por qué no transformar los muros en patios?" De ese modo, el proceso de ir a poner flores en la tumba de la abuela adquiere un mayor carácter ritual. En realidad no importa de qué están hechos los muros. Hice un croquis inicial y todo sigue siendo igual; ha habido muy poco desarrollo arquitectónico. Evidentemente, hemos elaborado todos los detalles y hemos intentado que las columnas de hormigón sean lo más pequeñas posible, pero no hemos hecho nada radicalmente distinto de aquel croquis. En el Palacio de Justicia de Salerno, en lugar de tener un solo edificio, decidimos hacer muchos edificios más pequeños y conectarlos mediante patios, con lo que nos libramos de los pasillos. Sin embargo, hay otros proyectos en los que la arquitectura se convierte en un ejercicio de relaciones públicas: es como la promoción de la ciudad. Una nueva exigencia para la arquitectura es que llega a asumir un destino. Si el Movimiento Moderno quería cambiar el modo en que el mundo funciona y se industrializa, creo que ahora la cosa ha acabado de manera muy distinta: hay otra clase de visión, que consiste en cómo creamos los monumentos de nuestra cultura efímera. Algunos arquitectos intentan monumentalizar nuestra nueva vida con estaciones ferroviarias, aeropuertos, museos, etcétera.
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