X, de Xsed (tachado)
Eliminada, anulada; ésa parece ser la situación actual de la arquitectura ‘crítica', al menos, según los defensores de la postura ‘poscrítica'. Si bien es cierto que en algunos casos queda Justificada la necesidad de una arquitectura poscrítica -por ejemplo, cuando se utiliza la teoría como justificación para imponer determinadas modas de vida efímera- no vayamos a tirar al niño con el agua sucia, declarando que el pensamiento crítico arquitectónico no tiene ya razón de ser. En términos políticos, esa afirmación poscrítica refuerza el neoconservadurismo dominante. «Existen intereses creados que pretenden hacernos creer que no hay alternativa posible», comenta Hilde Heynen, «por eso, no debemos limitarnos a denunciar la situación, sino que hay que reevaluar y resucitar el análisis crítico». Realmente vivimos en una época extraña, tan trágicamente extraña -tanto en la arquitectura como en la política-, que no podemos permitirnos renunciar a la crítica.
Con frecuencia, el discurso poscrítico viene acompañado de cierta fe futurista que considera que el uso de nuevos materiales y medios de representación es algo avanzado y progresista de por sí. No cabe duda de las grandes posibilidades que éstos tienen -una ampliación de las técnicas de diseño y la recuperación de los medios de producción por parte de los arquitectos-, pero también pueden acabar cayendo sin darse cuenta en ingenuidades precríticas (por ejemplo, nadie parece cuestionar la vuelta a la perspectiva clásica en las infografías utilizadas habitualmente en las presentaciones de los proyectos).
Otra postura bastante habitual del discurso poscrítico es la confrontación deliberada entre ‘crítica' y ‘creación', como si ambos términos fueran en realidad opuestos. De la misma manera, se da por supuesto que el ‘pragmatismo' viene ‘después de la teoría', como si el pragmatismo no fuese una teoría y como si la teoría no pudiera ser pragmática. Desde la posición poscrítica se entiende por ‘pragmatism' un nuevo tipo de compromiso con el mundo que se expresa mediante la ‘inteligencia en el diseño'. Según Michael Speaks, «la innovación es el resultado de un proceso afirmativo y no lineal de retroalimentación continua, mediante el cual se descubren oportunidades que acaban siendo explotadas al máximo y convertidas en resultados formales que se salen de lo previsto e incluso de lo planteado por el problema inicial». Observemos, sin embargo, que esta formulación suena sospechosamente a un nuevo tipo de formalismo, e incluso a la fetichización del propio proceso.
Y, de Yahoo
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Z, de Zero
Pero no la Zona Cero, que puede localizarse en muchos sitios: en Manhattan, en Afganistán, en Bagdad, en Estambul... Cero de Grado Cero, una arquitectura de grado cero, como la ‘escritura de grado cero' que defendía Roland Barthes hace cincuenta años. Una arquitectura no tan explotada por la ideología; una arquitectura normal, cotidiana, lo que no impide que pueda ser reflexiva.
Dada la atención desmesurada que reciben algunos proyectos, la arquitectura convencional queda progresivamente marginada. Existen muchas razones que explican esta situación: desde la tradicional separación entre arquitectura e ingeniería hasta el más reciente dominio de las grandes constructoras. Algo de culpa tiene también la postura autista de los arquitectos de vanguardia; autismo que nada tiene que ver con la investigación creativa, ni con la autocrítica, y que no es aplicable a los chivos expiatorios habituales -la academia y la teoría-, como algunos críticos pretenden. Esta falta de arquitectura reflexiva favorece la proliferación de lo que Koolhaas denomina ‘espacio basura' y Luis Fernández-Galiano llama ‘Babel horizontal'. ¿No se puede responder al ‘realismo de mercado' sin construir una Babel de basura? ¿Por qué no lanzar ese reto en vez de conformarse con lo que hay? Arquitectos y promotores deben prestar más atención a la construcción convencional, a la arquitectura cotidiana, que no sea de usar y tirar, que no sea una reiteración de fealdad y vulgaridad, ni un despliegue de efectos especiales.