Por cierto, ¿qué hay de mito y de verdad en la fama de los Stradivarius?
Es difícil de decir. Hay mucho de mito pero para un violinista haber tocado con un instrumento antiguo adquiere otro talante, porque parece salir de tu corazón. Porque el violín es un instrumento que sale de tu cuerpo, que extrae su vida de ti. Con un Stradivarius o un Guarnerius es como si formaras parte de la historia. La verdad es que ahora son impagables. Pero creo que sí, tocas diferente con un instrumento de 300 años que con uno que sólo tenga treinta. Automáticamente cambias el chip.
Llegamos a su disco dedicado a Ysaÿe con todas sus sonatas para violín solo.
Son sonatas extraordinarias... no conozco a ningún músico que escriba con esa corrección para el violín. Todos los recursos están perfectamente aprovechados. Están tan bien escritas que casi salen solas. La única obra comparable en el siglo XX es la sonata de Bartók.
¿Cómo valora usted cuándo una obra está mal escrita por el compositor?
Se nota mucho en la orquesta, sobre todo. Hay gente que no sabe escribir para la cuerda. Luego, en el campo solista, también. Por ejemplo ahí está el caso de Brahms, que es muy intrincado porque no está bien escrito, lo cual parece una paradoja. Una sonata de Brahms resulta mucho más difícil que las sonatas de Ysaÿe. Quizá es porque a este tipo de compositores sólo les preocupa la música y le importa menos cómo plasmarla.
Usted también ha dedicado mucho tiempo al repertorio actual.
Me interesa porque creo que es un deber y una obligación apostar por nuestros contemporáneos. En mi opinión no es más difícil. Incluso facilita el hecho de no estar rodeada de los prejuicios de los clásicos. No te enfrentas con interpretaciones de referencia que llevan más de cincuenta años y te brinda la opción de experimentar con el sonido y darle tu propia visión. He hecho recientemente el Concierto de Cristóbal Halffter y muchos estrenos, tanto en la orquesta como solista. Mire: yo admiro mucho a Gidon Kremer, que para mí es un modelo, porque es un violinista que evoluciona siempre, tanto en el repertorio que abarca como en sus proyectos. Técnicamente a lo mejor ya no está como hace años, pero sigue emocionándome. Nunca se para, siempre está investigando y aumentando el repertorio.
¿A qué cree que se debe el éxito de sus discos?
Quizá porque no me he planteado nunca hacer un disco Ysaÿe o Bach con mentalidad clásica. Hay demasiados prejuicios ante la música clásica y muchos más ante su imagen. No entiendo por qué los gobiernos no la favorecen. No sé qué razón hay pero no llega frente a la omnipresencia del pop . Siempre digo que, si a los jóvenes no les gusta la música clásica, la culpa no es sólo de ellos.
En parte, empezamos por el aspecto de las orquestas, que tienen un vestuario totalmente decimonónico.
Hay que tener cuidado con esto, porque siempre salen las críticas. Uno de los países que evoluciona en este terreno es Inglaterra. Hay un movimiento, una tendencia que quiere revolucionar la imagen de las orquestas. Yo creo que tiene razón, que la gente de hoy no entiende cómo se puede salir vestido al escenario con trajes de más de cien años. Hay que llegar a una actualización, pero eso sólo es el comienzo.
¿Qué proyectos tiene en perspectiva?
Tengo muchos conciertos a la vista. Me alegra llevar a cabo una planificación interesante. Vivo con mucha ilusión el trabajo que hago, tanto en conciertos, recitales como con la orquesta. El año que viene haré los conciertos de Alban Berg, el Primero de Prokofiev, el de Monasterio, así como obras de algunos compositores españoles, a los que creo que debemos dedicar más espacio en los programas.