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Scherzo 187 Scherzo

Entrevista a Ara Malikian. Conversaciones entorno a un violín

por Luis G. Iberni
Scherzo nº 187, junio 2004

Número de páginas: 3
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El caso de Ara Malikian se ha convertido en todo un fenómeno discográfico, lo que no deja de sorprender teniendo en cuenta que España no es un precisamente un modelo de normalización musical. Sus recientes grabaciones para Warner, con autores aparentemente ajenos a los gustos más populares, han sido acogidas con excelentes críticas, refrendadas a su vez por ventas insospechadas en el terreno clásico. Este libanés de origen armenio es concertino de la Sinfónica de Madrid, puesto que compagina con una respetada carrera como solista. Y es que desde que obtuviera el primer premio del Concurso Sarasate de Pamplona se ha vinculado a nuestro país, donde vive y se ha establecido con éxito.
 
¿Qué hace un libanés de antepasados armenios en Madrid?
Nací en Beirut, la capital del Líbano, aunque en realidad dejé mi ciudad hace veinte años y luego he vivido un poco en todos los lados. Conocí España y me quedé. Supongo que como justo antes había vivido en Londres, cuando llegué aquí tuve la sensación de que era un país que compartía una sensibilidad más próxima a la mía, la mediterránea.
En una pretendida distribución geográfica, todavía sorprende un violinista libanés. A lo mejor no tanto ahora, pero sí cuando usted comenzaba.
Mi padre era violinista aunque sólo por afición porque, en Líbano, la situación no era precisamente para vivir de esto. Él me enseñó los rudimentos hasta que salí de allí en 1984. Después, ya en Alemania e Inglaterra, trabajé las bases técnicas. Nosotros vivíamos en Beirut y allí practicaba con mi padre dentro de una tradición de hacer música, aunque no siempre clásica. Desde el principio tocaba con más gente y en grupos. En aquel momento no había conservatorio y tampoco orquestas. Eso sí, disponía de todo el tiempo del mundo para practicar.
¿Eso ha sido positivo en su evolución?
Depende de cómo lo veas. Me considero feliz de cómo ha ido. A lo mejor no fue tan rápida como si hubiera seguido una carrera reglada. Es posible que no empezara tan joven como se hace ahora. Pero la manera como la llevé a cabo me ayudó porque me despertó otro tipo de instinto. En realidad tocaba más que practicaba dentro de lo que podíamos llamar un modelo académico. Oía mucho y sacaba de oído los temas folclóricos armenios. Es un poco lo que potencia el método Suzuki.
Nunca perdió su vínculo armenio, un país que muchos españoles se las verían para ubicar en el mapa.
Armenia es un país muy pequeño, apenas somos seis millones en el mundo. Con el peligro permanente de exterminio, como una cuchilla sobre nosotros, siempre hemos sido rechazados allí donde estuvimos. Mis abuelos, por ejemplo, fueron expulsados de Turquía. Quizá por esta razón, es una minoría que se integra con cierta facilidad. En España somos muy pocos. Aun guardando nuestra cultura y, en mi caso, la música, somos bastante mimetizables. Quizá por eso no se nota tanto que somos diferentes allí donde vivimos.
Después vino su estancia en Alemania, un cambio radical.
Entré en un mundo mucho más académico en Hannover, con gente reconocida y dentro de una formación tradicional. Cuando acabé los estudios, empecé a presentarme a concursos y a tocar en conciertos. Fue muy duro porque me marché de casa con quince años, totalmente solo, sin mis padres. En principio, de hecho, como la situación en Líbano era terrible tenía previsto dedicarme al violín. Sin embargo, obtuve una beca del gobierno alemán para estudiar música. En Alemania no conocía a nadie, algo muy duro para un adolescente, pero tenía la responsabilidad de hacer algo, no quedarme quieto y disfrutar de Europa mientras mi familia se quedaba en Líbano.
Comenzó a batallar en los concursos. Los intérpretes que van de uno a otro de estos certámenes tienen cierta mala fama.
Un concurso es útil cuando eres joven porque te ayuda a montar un repertorio. Para empezar una carrera musical, si no conoces a alguien famoso que te pueda echar una mano o no tienes mucho dinero, la mejor manera es, probablemente, lanzarte al proceloso mundo de los concursos. Así, ganas algo de dinero que te permite sobrevivir. La gente se olvida que los músicos no vivimos del aire. Yo calculaba que obteniendo premios en dos certámenes al año, me daba a conocer y con los premios, tocaba en conciertos y ganaba experiencia. Mi visión sobre los concursos es, ahora, un poco distinta de todos modos. En principio no es algo muy saludable porque en arte es imposible medir quién y por qué es mejor. Luego están los jurados, dominados por profesores, que son los que controlan. ¿Se ha fijado que en los jurados casi nunca están los grandes nombres? Por algo será. A la hora de la verdad, son los docentes los que se reparten el pastel.
¿No genera mucha frustración no ganar?
Yo me presenté a quince concursos y mi objetivo, mi principal meta, era ganar premios, aunque no necesariamente el primero. Me sentía contento de sacar un segundo o un tercero. Si llegas a una final, nunca se sabe si puedes ganar o no porque depende de muchos factores. El cómo afrontes un concurso está en ti y en los objetivos que te marques. La reacción, tras el fallo, está en tu cabeza. Siempre frustra no ganar y de alguna manera puedes pensar que la próxima vez puedes tener más suerte.
¿Y cómo se ve al jurado?
Siempre que miras a alguien que te juzga parece el más malo del mundo. Comprendo que es difícil -nunca he sido jurado y espero no serlo- porque hay que decidir entre gente que toca muy bien. Nunca es algo objetivo. Un concurso siempre es algo muy peculiar y no olvidemos que el camino de una carrera musical es complicado e inseguro. En las academias, en las escuelas, los profesores nunca te plantean qué pasa después. Yo creo que el profesor te debería ayudar a comprender qué retos afronta el músico. La técnica no es suficiente para sobrevivir en música.
Eso huele a queja sobre cómo se enseña.
Sinceramente creo que la enseñanza de los instrumentos es un desastre en todo el mundo. Mis profesores sólo me empujaban a ser solista y exclusivamente me abocaban al repertorio referido a este campo. No tenía ni idea del orquestal, de la ópera, así como de cosas ajenas a lo que se considera música clásica. El patrón es formar a una persona para que toque más o menos bien unos determinados conciertos. Muchas cosas a las que te enfrentas en una orquesta no te las transmiten, de la misma manera que falta algo más de amor a la música.
Quizá por eso los músicos de orquesta protestan cuando el director se pasa cinco minutos y, por similar razón, se ven tan pocos músicos en los conciertos.
Es un poco lo mismo que pasa en cualquier profesión. Con respecto a lo primero, hay que entender que si a cada director les das cinco minutos, al final el horario se desmadra y los músicos acaban cansados. Posiblemente tenga razón en el hecho de que no suele haber muchos músicos en los conciertos. Pero aquí, lo mismo que en otras facetas de la vida, te encuentras todo tipo de personas. Si no amas lo que haces y te estimulas, si no mejoras artísticamente, vas a acabar aburriéndote. Yo apuesto por que el músico se desarrolle continuamente.
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