Nacido en una familia de la Rusia más humilde, hijo de un violinista
aficionado, de quien heredó el amor por ese instrumento, Ilia Gringolts
vio la luz en San Petersburgo en 1982. Con cinco años recibió
las primeras clases de violín de un profesor que, al terminar el
curso, lo calificó de caso perdido para la música. Todo cambió
cuando su nueva enseñante, Tatiana Liberova, lo acogió bajo
su tutela durante diez años. Fue el tiempo en que comenzó
a quemar etapas en concursos hasta que, en 1995, consiguió alzarse
con el primer trofeo Internacional en el Yehudi Menuhin. Desde ese momento
comenzó su vertiginosa carrera, una vez depurados sus conocimientos
en la Juilliard School, tutelado por Itzhak Perlman, quien se convertiría
desde entonces en su mentor. Gringolts, que en la actualidad reside en Nueva
York, debutó en recital en España el pasado verano. Ahora
regresa para dar una vuelta más de manivela en nuestro país
interpretando con la Sinfónica de Tenerife el Concierto de
Sibelius, cuya grabación acaba de aparecer en el mercado.
Haber nacido en la década de los 80, ¿le confiere grandes
ventajas frente a sus paisanos músicos de las generaciones previas
a la suya?
¿Ventajas? También a mí me tocó crecer aún
en la Rusia de los 80. Ese término se le podría aplicar tal
vez a gente de otros países. Pero en Rusia, una vez que en 1991 se
desintegró la Unión Soviética, nos tocó vivir
a todos unos momentos muy dramáticos, incluyéndome a mí.
Se produjeron grandes dificultades económicas; la gente, en términos
generales, era muy pobre. Los cuatro componentes de mi familia vivíamos
en un estudio menos que humilde. Pasamos momentos terribles, en muy malas
condiciones. Mientras mi hermana estaba en el colegio, yo tenía que
ensayar en el mismo cuarto en que mi madre trabajaba. Crecer en ese ambiente
de la Rusia de finales de los 80 y principios de los 90 convertía
el menor acto en todo un desafío en el que no veo yo demasiadas ventajas.
Al menos pudo tener una doble formación
Eso sí tiene algo más que ver con la realidad. En San Petersburgo
acudía a dos escuelas distintas. Era lo habitual para todos los que
queríamos estudiar música, porque no existía una escuela
dedicada exclusivamente a esa actividad. Tenía que ir a tu colegio
y luego a un centro especializado en música. Y en ese trajín
se te iba mucho tiempo. Después de ir al colegio cada mañana,
dos o tres días a la semana le tenías que dedicar la tarde
a la escuela de música que estaba a más de una hora de mi
casa. Cuando cumplí los 15 años me planteé que no era
posible para mí compaginar ambas actividades, porque además
de que ya estaba empezando a dar conciertos, tenía que prepararme
para acudir a concursos. Ante la disyuntiva, opté por quedarme sólo
con la escuela de música con más frecuencia, y seguir formándome
en las otras disciplinas en casa.
Lo de la doble formación hacía referencia a su posibilidad
de prepararse entre San Petersburgo, con Tatiana Liberova y, luego, en Estados
Unidos, en la Juilliard con Itzhak Perlman y Dorothy Delay.
Antes de nada quiero aclarar una cosa, que aparece en mis biografías.
Y es que mi entrega con Itzhak Perlman fue a tiempo completo. Con Delay
creo que asistí en total sólo a tres o cuatro clases. Eso
es todo. Y además, también en aquellas clases estaba presente
Perlman. Lo que quiere decir que soy totalmente un alumno de Perlman.
El sistema de enseñanza americano, ¿le resultó
semejante al que había seguido en su país, o muy dispar?
Entre las dos escuelas por las que pasé en San Petersburgo y la
de Nueva York hay grandes diferencias en todos los aspectos. En Rusia me
enseñaron las bases, las técnicas, y todo lo que necesitaba
para integrarme en una escuela musical y empezar a prepararme para llegar
a ser un buen músico. En el college, con Perlman, aprendí
lo demás: todo lo referido a ritmos, a fraseos En ese momento, la
técnica que has aprendido te sirve solamente para resolver los problemas
musicales.
¿Qué le debe a cada uno de sus maestros?
A Liberova le estoy muy agradecido por haberme dado los rudimentos técnicos
con los que valerme por mí mismo para construir música. Fue
muy importante para mí en una edad en la que empiezas a crecer a
toda prisa. Si en ese momento no hay alguien que se preocupe de que hagas
todo como es debido, corrigiendo tus fallos y diciendo cómo debes
arreglarlos, puedes crearte lastres para el resto de tu vida. Y ella tenía
una excelente técnica que sabía transmitir a los alumnos.
Y sigue haciéndolo, puesto que continúa en activo. Con Perlman,
que es alguien que siempre te está infundiendo ánimos, tuve
la oportunidad de conversar más a fondo. Pero el solo hecho de estar
cerca de él ya era razón suficiente para conseguir inspiración.
Incluso llegó a tiempo de conocer a Menuhin. ¿Cómo
lo recuerda?
También con él mantuve una corta relación. Pero
entonces, con 12 o 13 años, yo era muy crío. Fue un encuentro
fugaz que se concreta en mi recuerdo en el hecho de que él estuviese
en el jurado del premio que llevaba su nombre y en las fotos que mi padre
me hizo con aquel anciano personaje. Pero no toqué para él
personalmente ni me llegó ningún juicio que hubiese emitido
acerca de mí interpretación. Y a mí, con esa edad,
ni se me ocurrió preguntárselo. Él se limitó
a escucharme, simplemente. Como los demás miembros de la mesa que
juzgaban a los candidatos que optaban a ganar aquel concurso.
¿Cómo es que un repertorio tan grande como el que se
ha escrito para violín lo reducen casi todos los intérpretes
a media docena de conciertos, de Beethoven a Berg? No es de extrañar
el caso de una colega suya, que ha renunciado a tocar el de Chaikovski,
a fuerza de repetirlo.
Yo no querría ser tan categórico. A mí por ejemplo,
que me gusta mucho el Concierto de Chaikovski, y lo interpreto con
mucha frecuencia, cada vez que lo hago encuentro en él algo nuevo.
Ese fenómeno se da siempre en las grandes obras. Si me parece un
error dejar de profundizar en alguna de esas creaciones de referencia, más
aún, negarte a tocarla. Eso es algo que, definitivamente, no entra
en mis cálculos mientras, como digo, siga percibiendo nuevos aspectos
cada vez que vuelvo a ellas. Lo que hago al tiempo es ir incorporando obras
nuevas. Como en mi último disco donde, junto al Concierto
de Sibelius, he incluido sus Humoreskes, mucho menos conocidas y
que no por eso dejan de ser piezas fantásticas. Otro tanto podría
decir del Concierto de Prokofiev, que tampoco se programa en exceso.
Y del mismo modo pretendo comportarme en todos los terrenos. De ese modo,
al tiempo que hago los conciertos más conocidos, los alterno con
otras obras nuevas que voy aprendiendo. Esos trabajos que, aunque no gocen
del mismo reconocimiento general, no por ello dejan de tener un alto grado
de calidad. Es el caso del Concierto de Schumann, que en estos momentos
estoy preparando, o el de Locatelli, uno de los conciertos del Opus 3,
que junto al Rondó de Schubert en la mayor comienzo a rodar
en estos días. Por otra parte, estoy dedicándole un tiempo
al campo de la música de cámara. Por ahí van mis alternativas,
al tiempo que voy estudiando más y más literatura musical.
¿Cómo ve a sus colegas de sello discográfico
y de stradivarius, como Gil Shaham o Anne-Sofie Mutter? ¿Como
camaradas, con sentimiento de rivalidad?
No, no hay rivalidad. Hasta ahora sólo los contemplo con mucho
respeto como un espejo en el que mirarme, con la esperanza de algún
día ser tan grande como una Mutter o un Shaham, a los que tengo como
verdaderos ídolos. Y no sólo a ellos, me gusta aprender de
todos: de la gente de mi generación, y de las anteriores. Fijándote
en ellos puedes dotar cada vez de más riqueza a tu propia interpretación.