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Scherzo 186 Scherzo

Entrevista a Ilia Gringolts

por Juan Antonio Llorente
Scherzo nº 186, mayo 2004

Número de páginas: 3
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Nacido en una familia de la Rusia más humilde, hijo de un violinista aficionado, de quien heredó el amor por ese instrumento, Ilia Gringolts vio la luz en San Petersburgo en 1982. Con cinco años recibió las primeras clases de violín de un profesor que, al terminar el curso, lo calificó de caso perdido para la música. Todo cambió cuando su nueva enseñante, Tatiana Liberova, lo acogió bajo su tutela durante diez años. Fue el tiempo en que comenzó a quemar etapas en concursos hasta que, en 1995, consiguió alzarse con el primer trofeo Internacional en el Yehudi Menuhin. Desde ese momento comenzó su vertiginosa carrera, una vez depurados sus conocimientos en la Juilliard School, tutelado por Itzhak Perlman, quien se convertiría desde entonces en su mentor. Gringolts, que en la actualidad reside en Nueva York, debutó en recital en España el pasado verano. Ahora regresa para dar una vuelta más de manivela en nuestro país interpretando con la Sinfónica de Tenerife el Concierto de Sibelius, cuya grabación acaba de aparecer en el mercado.
Haber nacido en la década de los 80, ¿le confiere grandes ventajas frente a sus paisanos músicos de las generaciones previas a la suya?
¿Ventajas? También a mí me tocó crecer aún en la Rusia de los 80. Ese término se le podría aplicar tal vez a gente de otros países. Pero en Rusia, una vez que en 1991 se desintegró la Unión Soviética, nos tocó vivir a todos unos momentos muy dramáticos, incluyéndome a mí. Se produjeron grandes dificultades económicas; la gente, en términos generales, era muy pobre. Los cuatro componentes de mi familia vivíamos en un estudio menos que humilde. Pasamos momentos terribles, en muy malas condiciones. Mientras mi hermana estaba en el colegio, yo tenía que ensayar en el mismo cuarto en que mi madre trabajaba. Crecer en ese ambiente de la Rusia de finales de los 80 y principios de los 90 convertía el menor acto en todo un desafío en el que no veo yo demasiadas ventajas.
Al menos pudo tener una doble formación
Eso sí tiene algo más que ver con la realidad. En San Petersburgo acudía a dos escuelas distintas. Era lo habitual para todos los que queríamos estudiar música, porque no existía una escuela dedicada exclusivamente a esa actividad. Tenía que ir a tu colegio y luego a un centro especializado en música. Y en ese trajín se te iba mucho tiempo. Después de ir al colegio cada mañana, dos o tres días a la semana le tenías que dedicar la tarde a la escuela de música que estaba a más de una hora de mi casa. Cuando cumplí los 15 años me planteé que no era posible para mí compaginar ambas actividades, porque además de que ya estaba empezando a dar conciertos, tenía que prepararme para acudir a concursos. Ante la disyuntiva, opté por quedarme sólo con la escuela de música con más frecuencia, y seguir formándome en las otras disciplinas en casa.
Lo de la doble formación hacía referencia a su posibilidad de prepararse entre San Petersburgo, con Tatiana Liberova y, luego, en Estados Unidos, en la Juilliard con Itzhak Perlman y Dorothy Delay.
Antes de nada quiero aclarar una cosa, que aparece en mis biografías. Y es que mi entrega con Itzhak Perlman fue a tiempo completo. Con Delay creo que asistí en total sólo a tres o cuatro clases. Eso es todo. Y además, también en aquellas clases estaba presente Perlman. Lo que quiere decir que soy totalmente un alumno de Perlman.
El sistema de enseñanza americano, ¿le resultó semejante al que había seguido en su país, o muy dispar?
Entre las dos escuelas por las que pasé en San Petersburgo y la de Nueva York hay grandes diferencias en todos los aspectos. En Rusia me enseñaron las bases, las técnicas, y todo lo que necesitaba para integrarme en una escuela musical y empezar a prepararme para llegar a ser un buen músico. En el college, con Perlman, aprendí lo demás: todo lo referido a ritmos, a fraseos En ese momento, la técnica que has aprendido te sirve solamente para resolver los problemas musicales.
¿Qué le debe a cada uno de sus maestros?
A Liberova le estoy muy agradecido por haberme dado los rudimentos técnicos con los que valerme por mí mismo para construir música. Fue muy importante para mí en una edad en la que empiezas a crecer a toda prisa. Si en ese momento no hay alguien que se preocupe de que hagas todo como es debido, corrigiendo tus fallos y diciendo cómo debes arreglarlos, puedes crearte lastres para el resto de tu vida. Y ella tenía una excelente técnica que sabía transmitir a los alumnos. Y sigue haciéndolo, puesto que continúa en activo. Con Perlman, que es alguien que siempre te está infundiendo ánimos, tuve la oportunidad de conversar más a fondo. Pero el solo hecho de estar cerca de él ya era razón suficiente para conseguir inspiración.
Incluso llegó a tiempo de conocer a Menuhin. ¿Cómo lo recuerda?
También con él mantuve una corta relación. Pero entonces, con 12 o 13 años, yo era muy crío. Fue un encuentro fugaz que se concreta en mi recuerdo en el hecho de que él estuviese en el jurado del premio que llevaba su nombre y en las fotos que mi padre me hizo con aquel anciano personaje. Pero no toqué para él personalmente ni me llegó ningún juicio que hubiese emitido acerca de mí interpretación. Y a mí, con esa edad, ni se me ocurrió preguntárselo. Él se limitó a escucharme, simplemente. Como los demás miembros de la mesa que juzgaban a los candidatos que optaban a ganar aquel concurso.
¿Cómo es que un repertorio tan grande como el que se ha escrito para violín lo reducen casi todos los intérpretes a media docena de conciertos, de Beethoven a Berg? No es de extrañar el caso de una colega suya, que ha renunciado a tocar el de Chaikovski, a fuerza de repetirlo.
Yo no querría ser tan categórico. A mí por ejemplo, que me gusta mucho el Concierto de Chaikovski, y lo interpreto con mucha frecuencia, cada vez que lo hago encuentro en él algo nuevo. Ese fenómeno se da siempre en las grandes obras. Si me parece un error dejar de profundizar en alguna de esas creaciones de referencia, más aún, negarte a tocarla. Eso es algo que, definitivamente, no entra en mis cálculos mientras, como digo, siga percibiendo nuevos aspectos cada vez que vuelvo a ellas. Lo que hago al tiempo es ir incorporando obras nuevas. Como en mi último disco donde, junto al Concierto de Sibelius, he incluido sus Humoreskes, mucho menos conocidas y que no por eso dejan de ser piezas fantásticas. Otro tanto podría decir del Concierto de Prokofiev, que tampoco se programa en exceso. Y del mismo modo pretendo comportarme en todos los terrenos. De ese modo, al tiempo que hago los conciertos más conocidos, los alterno con otras obras nuevas que voy aprendiendo. Esos trabajos que, aunque no gocen del mismo reconocimiento general, no por ello dejan de tener un alto grado de calidad. Es el caso del Concierto de Schumann, que en estos momentos estoy preparando, o el de Locatelli, uno de los conciertos del Opus 3, que junto al Rondó de Schubert en la mayor comienzo a rodar en estos días. Por otra parte, estoy dedicándole un tiempo al campo de la música de cámara. Por ahí van mis alternativas, al tiempo que voy estudiando más y más literatura musical.
¿Cómo ve a sus colegas de sello discográfico y de stradivarius, como Gil Shaham o Anne-Sofie Mutter? ¿Como camaradas, con sentimiento de rivalidad?
No, no hay rivalidad. Hasta ahora sólo los contemplo con mucho respeto como un espejo en el que mirarme, con la esperanza de algún día ser tan grande como una Mutter o un Shaham, a los que tengo como verdaderos ídolos. Y no sólo a ellos, me gusta aprender de todos: de la gente de mi generación, y de las anteriores. Fijándote en ellos puedes dotar cada vez de más riqueza a tu propia interpretación.
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