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Scherzo

Entrevista a Gustavo Dudamel: "Quiero seguir luchando por cambiar la sociedad"

por Juan Antonio Llorente

Scherzo nº 212, Octubre 2006

Las palabras: “Si alguien me pregunta dónde esta sucediendo algo importante para el mundo de la música, le respondería que en Venezuela” podrían parecer un cumplido protocolario de no corresponder a alguien como Sir Simon Rattle, director de la Filarmónica de Berlín, que afirma rotundo haber visto el futuro de la música en ese país. No sólo Rattle. Claudio Abbado, Daniel Barenboim, Zubin Mehta o Plácido Domingo se han sentido enamorados, como en su momento ocurrió con el tristemente desaparecido Giuseppe Sinopoli, del sueño que, hace treinta años, puso en marcha José Antonio Abreu. Un proyecto para interesar en la música a sus paisanos más jóvenes, alejándoles de cualquier tipo de delincuencia, y proporcionando un medio de orientar sus vidas a los más desfavorecidos. Tras una larga etapa de lucha, el Sistema, como familiarmente se ha abreviado el nombre de este movimiento que, de un modo oficial, se denomina Fundación del Estado para el Sistema de Orquesta Juvenil e Infantil de Venezuela (FESOJIV), ha comenzado a dar sus frutos. De esa institución, que tiene como bandera la Joven Orquesta Simón Bolívar, procede entre otros Edicson Ruiz, el contrabajista más joven en la historia de la Filarmónica berlinesa, a la que llegó con diecisiete años. Aunque el paradigma no es otro que Gustavo Dudamel (Barquisimeto, 1981), que en el corto espacio de tiempo transcurrido desde 2004 —cuando fue reconocido como la mejor batuta en la primera edición del Concurso Gustav Mahler para jóvenes directores convocado por la Sinfónica de Bamberg— ha convertido en familiar su presencia frente a las grandes orquestas del mundo, al tiempo que comienza a anotar hitos referenciales en su biografía. Como su debut en los exigentes Proms londinenses o su reciente nombramiento como titular desde el próximo año de la Sinfónica de Gotemburgo. Casado con Eloísa, nieta de aragoneses, Dudamel conoció recientemente España, adonde quiere regresar pronto, cumplimentando alguna de las invitaciones cursadas por orquestas de nuestro país.

Acaba de efectuar una gira por Italia compartiendo fechas con Abbado.

En total, cuatro conciertos: dos en el Teatro Massimo de Palermo y otros dos en la Academia de Santa Cecilia de Roma. En cada punto dirigimos uno Claudio y otro yo.

¿Era su primera experiencia al alimón , por recurrir a una terminología taurina?

Ya lo habíamos hecho. Me invitó a dirigir la Mahler Chamber Orchestra, cuando estuvieron en Caracas y luego en La Habana. También entonces hicimos un concierto él y otro yo en cada sitio. Pero en este caso ha sido mucho más especial, al tratarse de mi orquesta, la Simón Bolívar. Para mí es un inmenso honor cada vez que Claudio trabaja con nosotros. Estamos muy contentos cuando nos visita, porque en la orquesta lo consideramos como parte de nuestra familia.

Hay otros grandes nombres entregados a ella, como Sir Simon Rattle, sucesor en Berlín de Abbado. ¿Eran dos referentes para usted antes de que el mundo musical le abriese sus puertas?

Absolutamente, Claudio, Simon y Daniel [ Barenboim ] han estado siempre entre mis ídolos. Los tres han sido para mí referencias. Los veía como esas estrellas con las que sueñas coincidir un día.

Anteriormente, tenía además otra: Sinopoli.

Naturalmente que fue otro de mis grandes directores, desde que lo conocí cuando vino a Venezuela, un año antes de morir.

Rattle ha dicho que es usted el director más preparado de todos los que ha conocido en su vida. Esas cosas impresionan.

Por supuesto, pero eso lo dice porque es muy generoso, y nos queremos mucho. Yo tengo que decir de Simon que es una persona muy especial, de quien he aprendido muchísimo, y a quien debo agradecer el tiempo y los conocimientos que me ha brindado. Lo más importante de estos tres grandes que antes citaba es que no hay mezquindad alguna al comunicar las cosas que han aprendido: esa madurez, esa maestría genial que han ido adquiriendo con el tiempo que llevan en la música, no han dudado en brindármelas. Y eso para mí, es un tesoro.

Abbado le ha cedido el podio de la Mahler Chamber, y Rattle le ha ayudado a abrir las puertas de su antigua orquesta de Birmingham. ¿Hará lo mismo con la de Berlín?

Estamos hablando mucho acerca de eso, trabajando en la búsqueda de unas fechas que apuntan a esa idea. Lo único que puedo decir por ahora es que “por ahí viene algo”.

¿Cuál ha sido el momento más trascendente hasta ahora en su vida?

¿Siempre centrado en lo musical?

También cabe el más emocionante desde el punto de vista humano.

Para mí todos los momentos son muy especiales. El que acabo de disfrutar en Italia con Claudio y mi orquesta lo ha sido. Ahora que uno especialmente determinante de mi vida fue la primera vez que, siendo un muchachito de doce años, dirigí la Orquesta en la que, con diez había empezado a tocar el violín, otro hecho que también recuerdo como muy emocionante. También fue muy especial cuando aún no era más que un crío —tenía dieciocho años— y me llamaron para hacerme director principal de la Orquesta Nacional Juvenil Simón Bolívar de Venezuela. O cuando gané el Concurso Mahler… Luego han venido más, como dirigir en Londres, en Israel, en Berlín. Cada uno de los sitios a los que voy me parece mágico. Me cuesta trabajo destacar alguno determinado, pero si además se da la circunstancia de vivirlo con mi Orquesta, todo es doblemente especial.

Los componentes de la misma son fruto, como usted, de la filosofía de la Fundación Abreu.

Todos procedemos de aquella idea de José Antonio [ Abreu ], que fue mi maestro de dirección, a quien debo todas las bases de mis conocimientos.

“Tocar y luchar” lleva como máxima el Sistema. ¿Todo es producto de una lucha?

Claro que sí. El lema surgió cuando el propio José Antonio vio que las posibilidades de que triunfase su filosofía de construir orquestas en cada punto de mi país eran muy escasas. Alguien se le acercó y le dijo que, para conseguir cualquier ideal había que luchar. De ahí surgió ese lema “tocar y luchar” que está escrito en las medallas con forma de violín que son parte del uniforme de los músicos de la Orquesta Juvenil de Venezuela, y que sirvió de título a un reportaje para la televisión norteamericana que ha dado la vuelta al mundo. Porque es cierto que en mi país hemos luchado y continuamos haciéndolo por darle la oportunidad a todos los niños y los jóvenes de educarse en un instrumento y de que puedan tocar, si así lo quieren, en una orquesta como medio para cambiar su vida.

Lo de recurrir a la música lo convierte en una revolución cultural, salvando las distancias, semejante a la de Mao en China.

Y lo más bello del Sistema es que, además, es un proyecto social, ya que la gran mayoría de los componentes proceden de familias con medianos o escasos recursos. Inclusive hay niños de la calle, a quienes el hecho de pertenecer a la orquesta les cambia la vida, porque se integran en una familia a la vez que adquieren un conocimiento, y nace en ellos la virtud de escuchar al vecino. Porque una orquesta, si uno la ve desde el punto de vista más elemental, quitándole la música, no es sino una comunidad, donde los instrumentos se tienen que escuchar entre ellos y llegar al punto de la armonía dentro de una concepción única. Por supuesto que muchos de estos niños no llegarán a ser músicos profesionales, pero habrán asimilado una sensibilidad humana que solamente se aprende, creo yo, cuando eres músico.

Al referirse a la orquesta, Abbado destaca además de los factores cultural y humano, el político. ¿Hasta dónde incide el Sistema en ese punto?

Ese aprendizaje de convivir y de escuchar a los demás es ante todo una enseñanza humana. El aspecto cultural lo podemos encontrar en el hecho de que la orquesta se ha convertido en un punto de referencia, por la que cada año pasan por allí para trabajar con ella grandes personalidades de la música, lo que hace que todo el panorama musical esté pendiente de lo que sucede en Venezuela, donde se ha creado un tejido musical gigantesco: 250.000 muchachos haciendo música. Y no sólo eso. Cuando vas a un concierto en Venezuela lo más especial es que el 80 por ciento de la audiencia son también muchachos menores de 25 años, que tienen una sensibilidad y una cultura especial desde muy jóvenes. Eso es algo único. Cada pueblito en Venezuela tiene su orquesta y su coro. Eso es lo más vanguardista de la apuesta del Maestro Abreu. Para enfocarlo desde el punto de vista político que apunta Abbado, basta pensar que todos estos factores hacen que la sociedad cambie, llegando así a la construcción de una sociedad mejor.

El director mexicano Eduardo Mata, impulsor del Sistema, decía que la idea es trasvasable a países como Colombia, México o Perú.

Se está trabajando en ello. Ya existen orquestas juveniles en Perú, en Bolivia, Colombia, Uruguay o Argentina. En muchos países de América Latina, y todos ellos basándose en las pautas del Maestro Abreu, para crear un proyecto similar al suyo.

En los diez años transcurridos desde que empezó a dirigir, ¿quién ha evolucionado más: la orquesta o usted?

La orquesta por un lado y Gustavo por el otro. Pero a fin de cuentas somos uno sólo. Soy parte de la Orquesta, porque antes de dirigirla, tocaba en ella. Hemos crecido juntos. Y desde una ocupación o desde la otra, puedo decir lo mismo, que hemos evolucionado al mismo tiempo; como un único individuo.

En este momento, tal como se ha posicionado en el mundo, se verá obligado a muchas y largas ausencias de su orquesta para trabajar con otras.

Tengo muchos compromisos de trabajo, pero lo que procuro es no tocar fuera durante los cuatro o cinco meses al año en los que debo trabajar con mi orquesta en Venezuela. Aparte de esto, en 2007 comenzaré a dirigir como titular la Orquesta Nacional de Suecia en Gotemburgo, a la que también tendré que dedicar buena parte de mi agenda. Pero el proyecto de Venezuela, desde el plano artístico y social, es muy importante para mí, porque al venir de allí, no se trata de una orquesta más, sino de mi familia.

¿Qué antepone a la hora de valorar la invitación de una orquesta antes de aceptarla?

Ante todo, debo decir que cada una de las invitaciones que me llegan la recibo como un inmenso honor. Con mucho placer por bríndárseme la posibilidad de acudir a trabajar con orquestas de nombre mundial. Lo agradezco ante todo, no por el hecho de dirigirlas, dedicándoles mi tiempo, sino porque aprendo mucho de todas ellas, por toda su experiencia, que absorbo. Por mi parte, doy lo que sé: de mi concepción, de las ideas que pueda tener. Pero aprendo muchísimo de las orquestas allí donde voy, y eso para mí es muy importante. Porque por encima de todo debe de producirse un crecimiento en todo lo que tenga que ver con el aprendizaje, y siento que hasta ahora ha funcionado muy bien.

El repertorio en esos casos, ¿quien lo impone?

Yo puedo tener una idea y la propongo, del mismo modo, a veces son las orquestas las que me lo sugieren. Pero al final siempre llegamos a un acuerdo entre las dos partes.

En los treinta meses transcurridos desde que se catapulta su carrera, ¿con cuántas orquestas importantes ha trabajado ya?

Pues… muchísimas. No sé. He tenido la oportunidad y el honor de trabajar con muchas orquestas grandes, como la Philharmonia de Londres, la de Los Angeles, la de Boston, y con otras en Berlín, en Suecia, en Italia… No las tengo contadas.

¿Le han llamado de alguna española?

Tengo invitaciones de España, que ya estamos arreglando, y me imagino que de aquí a los próximos dos años se consolidarán. Porque quiero mucho regresar a España, donde estuve de visita hace unos meses, porque los abuelos de mi esposa son de origen español. La experiencia de conocerla fue muy especial, porque me encantó. Ahora me toca volver para dirigir, entre otras cosas porque sé del nivel de las orquestas españolas y de sus músicos. Pero por ahora todo se queda en ideas, dándole vueltas a unas conversaciones que hemos mantenido en Madrid y Barcelona, aunque he recibido también invitaciones de otros sitios. Pero por ahora nos estamos centrando en las dos grandes capitales.

En Tanglewood dirigó un obra de Falla, ¿le interesa el repertorio español?

Allí hice El sombrero de tres picos , que me encanta, como todo Falla. Aunque esta es mi obra favorita, sin olvidar La vida breve , las Noches en los jardines de Eapaña o las Canciones populares , que son obras bellísimas, que me fascinan por formar parte de nuestra cultura común.

¿Se queda en Falla al hacer ese juicio?

Por supuesto que no. Me estoy refiriendo a él, pero también a Granados, Albéniz, Rodrigo… creo que la cultura musical de España, los compositores españoles en general, han dejado un legado importantísimo en la música clásica. Es por esa razón por lo que, como iberoamericano, me gusta siempre hacer esa música. Es muy importante programar esa música en las orquestas de nuestros países, donde no suenan mucho estos compositores. Hay que tratar de que eso no sea así en el futuro.

Incluyendo en el lote a los compositores latinoamericanos…

Ese es uno de mis objetivos: tratar de dar a conocer todo el repertorio de unos y otros.

¿Contemporáneo también?

Claro que sí.

¿Lo está demostrando por la vía de la defensa práctica, como Rattle?

Estoy tratando de hacerlo. Por supuesto que necesito tiempo, pero ahí estoy enzarzado, tratando de encajar a los grandes compositores contemporáneos en los conciertos venideros. Estoy pensando en dirigir obras de Kurtág, de Adès, Adams, Birtwistle… Estoy tratando de familiarizarme con toda esta generación de compositores. Tuve la oportunidad de trabajar en Londres con Harrison Birtwistle, y también con Adams, viendo y estudiando sus obras, y la experiencia me pareció muy interesante.

A partir del experimento venezolano, ¿se podría producir un fenómeno similar en el territorio sinfónico al que se está viviendo con ese florecimiento de las voces latinas, que la mercadotecnia vende como boom?

Estoy totalmente seguro de que así puede llegar a ser cualquier día. Creo que el hecho de tener grandes solistas y, por supuesto, grandes orquestas, nos hace ver que estamos en pleno proceso de crecimiento.

Marcelo Álvarez dice que su generación de voces latinas aporta a la ópera corazón. Villazón habla directamente de “cojones”. ¿Qué tiene que decir un latino en la música sinfónica?

Imagínese. Ideas, muchísimas, para empezar. Porque en la música, y eso es algo que siempre he defendido, existe la partitura, que no es sino el cauce del río: el pedazo de tierra por el que circula el agua. Para mí la música es ese río, siempre cambiante. Y en el caso de Latinoamérica podíamos referirnos a un río que, a pesar de que ha existido todo este tiempo, está naciendo ahora, o renaciendo, con una energía especial. Con ímpetu, con ganas de mejorar y perfeccionar muchas cosas. Eso es precisamente lo que trato de hacer con mi orquesta y, por supuesto, con todas las demás con las que estoy trabajando. Con esa energía a la que Rolando se refiere cuando habla de “cojones”. Con esa pasión, con esa sangre hirviente, que relacionamos con todo lo latino.

El compositor brasileño Marlos Nobre dice que en su país no se hace nada por la música a pesar de tener un ministro músico. ¿No le da pena…?

Brasil tiene muchas cosas importantes que decir en la música, porque es un país que siempre ha aportado mucho en ese aspecto, con compositores como Camargo Guarnieri, Fernández, o el maestro Marlos Nobre, que han conseguido un nombre para Brasil dentro del panorama clásico. Las Bachianas brasileiras de Villa-Lobos son fabulosas. Y así todo. Lo importante, igual que en el caso de los otros países latinoamericanos, es darlo a conocer al gran público. He estado muy en contacto con ese país, pero últimamente no estoy al tanto de lo que allí sucede. De cualquier modo, creo que también está experimentando un proceso de crecimiento. Por otra parte, me consta que están en contacto con Venezuela para desarrollar una línea similar a la nuestra en lo relativo a la creación de orquestas juveniles e infantiles.

Ya ha vivido su primera experiencia operística en Berlín. ¿A qué le supo?

Antes de ese Elissir d'amore , la primera oportunidad se me brindó en Venezuela con el tenor Aquiles Machado, que es Barquisimetano como yo. Fue un debut operístico con todas las de la ley, a pesar de que ni el tiempo para prepararlo ni las condiciones fueron las ideales, la experiencia fue fabulosa. Si ya estaba enamorado del mundo de la ópera, desde ese momento lo estuve más.

Le habrá parecido un sueño, entonces, atravesar estos días la puerta de un templo operístico del calibre de la Scala de Milán para lidiar nada menos que el Don Giovanni de Mozart. ¿Cómo se entiende con los cantantes, entre ellos el malagueño Carlos Álvarez?

Los ensayos han funcionado de un modo fabuloso, y todos ellos han estado muy abiertos a cada una de las ideas que yo les transmitía, entregados para traducirlas de la mejor manera posible. Me preguntaban qué me parecían sus aportaciones personales, y al tiempo solicitaban mi orientación para ver cómo resolvían lo que yo les planteaba. Les he visto en todo momento dispuestos a trabajar, y eso se ha traducido en una gran tranquilidad y en una emoción indescriptible para mí. Así que cualquiera puede imaginar hasta qué punto me siento satisfecho.

¿Se considera capacitado para elaborar un reparto vocal?

En este terreno debo admitir que me estoy iniciando, habida cuenta que esta es la segunda ópera de mi vida. Llegará el momento en que diga que soy capaz de elegir mi cast , pero al día de hoy me es muy importante la ayuda. Por ahora prefiero informarme recurriendo a asesores; a personas expertas que conozcan bien el mundo de las voces. Por supuesto que las referencias las tengo bastante claras, y conozco a muchos cantantes, pero siempre es bueno en un momento tan decisivo tener cerca de ti a alguien con verdadera experiencia en ese campo. En Don Giovanni creo que se ha hecho una muy buena selección del elenco vocal, y por eso todo ha sido mucho más fácil a la hora de trabajar, escuchándonos los unos a los otros.

En el mundo sinfónico es otra cosa. Con su primer disco, dedicado a Beethoven, hace un homenaje a los suyos, incluyendo a su tío por aquel regalo que tanto le marcó.

¿Habla de la partitura de la Quinta Sinfonía , verdad? Para mí, personalmente, por supuesto, es un homenaje a mi familia, que me dio la oportunidad de ser músico. También a mis maestros, que me enseñaron la música, y a todo el Sistema, por lo que tiene de enseñanza humana. Un homenaje, en fin, a la humanidad. Con Beethoven es posible, porque es tan completo, que encierra todo en una obra como la Quinta Sinfonía , en la que en cierto modo se materializa la trascendencia, la comprensión del hecho de tener un destino y de saberlo llevar a cabo. Puedes tener dos pareceres ante esta sinfonía: o el hombre vence al destino, o aprende a vivir con él. Esta música te sitúa en ese punto. Beethoven, su música, es un homenaje a la humanidad. Hablo en mi nombre y en el de la orquesta, que a fin de cuentas es quien suena en el disco. Yo simplemente he trabajado con ellos, aportando ideas hasta llegar a un acuerdo, que es lo bello de la música. Aclarado ese punto creo que rendimos homenaje a la música misma por haber sido capaz de cambiar nuestras vidas. Por habernos ayudado a comprender que existía un camino que podíamos recorrer, al tiempo que conseguíamos hacer sentirse bien a los que están a nuestro alrededor.

Ha dicho que la Quinta Sinfonía “comienza con ira y termina con esperanza”, ¿sería un resumen de lo hablado hasta ahora: de Venezuela, de usted, de la orquesta y del Sistema?

Absolutamente, porque es un batalla, en el buen sentido de la palabra. Es una auténtica lucha del hombre enfrentándose a su destino. La Quinta comienza con algo dolce , cantabile , que te invita a amor, hasta que en un cierto punto se produce un encuentro con el destino y hay una frustración por ese choque. Desde ahí, todo va transcurriendo en una línea ascendente hasta el movimiento final, que es un canto a la comprensión, a la alegría y al disfrute.

¿Cuál será su siguiente grabación?

Estamos en eso, pero si nada cambia será un Mahler.

En el documental Tocar y luchar , un niño ciego de once años escucha en un magnetófono algo que grabó cuando tenía cinco: una canción de Nino Bravo que dice en una de sus estrofas: “me voy, pero te juro que mañana volveré”. ¿El futuro de Gustavo Dudamel está unido a su país, y a él regresará por encima de compromisos para continuar su labor?

Sí. Absolutamente. Para mí no es un compromiso. Es razón de vida. A mí Venezuela me dio la oportunidad de conocer la música y, por esa vía, de convertir mi existencia en lo que es hoy. Y para eso estoy yo ahora. Para dar a la Orquesta todo lo que estoy aprendiendo y para crecer con ellos, porque no hablo de la Orquesta como de un conjunto de músicos, sino como de mi familia. Para seguir luchando en este proyecto, capaz de transformar la sociedad. Hay que pensar que el Sistema cuenta en estos momentos con 250.000 jóvenes, para imaginar cuántos más habrá dentro de cuatro años si cada día ese número crece. Llegará el momento en que la mitad de la juventud de mi país tenga una educación musical, que le va a proporcionar una sensibilidad que va más allá. Ya digo que esto se verá en muy poco tiempo, y el maestro Abreu podrá disfrutar viendo que su proyecto no tiene un acorde final, que es algo que no culminará; que seguirá creciendo y expandiéndose.

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