¿Qué le debe a Richter, a quien tanto menciona?
En primer lugar lo que asimilé de su enorme talento, porque era un genio. Alguien inteligente por encima de todo. Y, antes que nada, con una enorme claridad en toda su persona que se traducía en la claridad de su trabajo. No sólo eso: también en su vida, en ese caso en forma de moralidad. Eso es en pocas palabras lo que Richter significó para mí como ejemplo.
Como usted, él tampoco era muy amigo de las cámaras.
Eso es de todos conocido. Para él lo único importante era el trabajo. Y me estoy refiriendo a ese trabajo con mayúsculas que es el arte. No le importaba el mundo de puertas afuera.
¿Cómo ha traducido en su actividad cotidiana lo que aprendió de él?
Creo que lo más importante de todo lo que aprendí de él a lo largo de todo el tiempo que duró nuestra relación, siguiendo un mismo camino es a sentirme cada vez más como soy yo misma.
Richter era un dubitativo. La última vez que actuó en Madrid fue postponiendo la fecha del concierto hasta en tres ocasiones.
Pero eso no es algo que sólo haya ocurrido en su caso, Michelangeli también cancelaba con frecuencia algunas de sus actuaciones, pero tanto en un caso como en el otro esa actitud no se debía más que al nivel de perfección que se exigían, una vez asumido que los dos eran humanos, no dioses. Si en un momento dado consideraban que lo que podían ofrecer estaba por debajo de lo que sus exigencias les marcaban, decidían que era mejor cancelar.
¿Qué hace usted en esas circunstancias?
El momento que vivimos es distinto, y yo no soy una estrella como Richter. Por eso he aceptado las reglas que marcan la vida de un concertista. Yo no me puedo permitir cancelar una actuación. Si lo hago alguna vez es porque estoy enferma [ sonríe ].
Conocida su fama de perfeccionista, cuando tiene que trabajar con orquestas y ve que le faltan ensayos, ¿cómo reacciona?
Aceptándolo como un imperativo del fatum [ otra sonrisa ]. En este momento de mi vida ya digo que tomo las cosas tal como vienen, intentando separar lo positivo y lo negativo que presentan esas situaciones. Soy consciente de que hay distintos tipos de orquestas, y yo tengo que respetar la idiosincrasia de todas ellas: sus propios ritmos, sus pulsos musicales y sus colores. Esos son rasgos que les pertenecen, y tú no puedes cambiarlos. Tienes que aceptarlos, hacerlos tuyos y, en la medida en que te sea posible, transformarlos a tu modo, llevarlos a tu terreno; darles tu propia forma, pero en ningún caso intentar cambiarlos.
En esos momentos, a veces le tocará sufrir.
Claro que sí. Pero eso es también muy interesante. Es en esos casos cuando debes pensar que te estás enfrentando a algunos de los momentos más realistas de tu vida. No me puedo presentar junto a los músicos de una orquesta diciendo: yo soy una solista y vosotros no sois nada. Por otra parte, soy consciente de que entre la orquesta y yo hay un director, y a él es a quien le corresponde tener cuidado de cuál debe de ser el resultado final. Y ese momento es muy importante: cuando se establece la conexión entre los músicos y la pianista con la intercesión del director, que es quien me escucha y quien hace que los músicos vayan conmigo. Esa química no se produce sin la intermediación de esa persona que está en el pódium.
¿ Usted se lleva mejor con él que con los músicos?
Responder a esa pregunta es algo muy peligroso. Yo diría que es absolutamente necesario que las tres partes se conjunten y se mezclen en sus trabajos. Es muy arriesgado por parte del solista decir de antemano: estoy con los músicos o estoy con el director. Tomar esa iniciativa es más que complicado. Como en todos los aspectos de la vida, también aquí intentas establecer un equilibrio.
En cualquier caso, ante la disyuntiva de trabajar con otros usted parece preferir hacer música de cámara con amigos.
Tampoco lo afirmaría tajantemente. Todas estas posibilidades son muy distintas entre ellas. Puedo tocar como solista o con otros. Pero cuando toco en un quinteto la impresión que percibo no dista mucho de la que experimento cuando estoy actuando con una orquesta sinfónica de tamaño reducido. No tiene nada que ver con la experiencia de tocar en dúo o un trío, cuando te encuentras con una libertad mayor a la hora de hacer algo conjuntamente. Por otra parte, diría que cada cuarteto tiene sus propios ritmos sinfónicos. Cuando trabajo con alguno tan impresionante como el Borodin me siento a mis anchas, porque su estilo encaja a la perfección con mis ideales.
Esa impresión la comparte con Rudolf Barshai, cuando orquestó la obra de Shostakovich.
Claro que sí. El año pasado trabajando con Barshai pensaba que su ritmo interno es igual que el de un metrónomo. No te da la mínima oportunidad de hacer algo a tu aire como solista. Y también esas actitudes de un director frente al solista y la orquesta me parecen muy interesantes. Adaptarme a esa disciplina que impone en torno suyo me pareció algo fantástico.
¿La disciplina en su trabajo es herencia de sus tiempos de Rusia?
Naturalmente, pero no sólo de allí. Si se toma como ejemplo la Orquesta Filarmónica Checa y se piensa cómo funcionaba en los tiempos en que la dirigía Václav Neumann, te das cuenta de lo que significa el término disciplina en la música en su más alta potencia.
Al fin y al cabo, estamos hablando de la misma área geográfica.
Y estamos hablando también, en resumen, de la misma cultura compartida.
Mejor tocar sola...
Lo que ocurre es que si toco sola me siento más libre porque los tiempos musicales dependen sólo de mi decisión. A pesar de todo, no quiero decantarme al tener que manifestar mis preferencias hacia ninguna posibilidad, porque todas ellas, insisto, me parecen interesantes.
Recientemente pudimos verla en Madrid acompañando a un cantante de culto como Matthias Goerne.
Me lo propuso un día. Dijo que si quería compartir con él la experiencia de Die Schöne Magelone y acepté, porque esa obra de Brahms me parece algo muy especial. Y la oportunidad de trabajarla con Goerne me resultaba muy emocionante. Porque interpretar esa pieza es algo que no tiene nada que ver con una velada liederística. Todo parece que funcionó bien, y ahora quiere que sigamos trabajando juntos en otros títulos de Schubert, que son muy diferentes a Magelone .
¿Era su primera experiencia?
No, pero casi. Anteriormente lo había hecho en otras dos ocasiones. Una con Gundula Janowitz y otra con Marjana Lipovsek, y en ambas al final me pareció estar convencida de que el papel de acompañante no era mi verdadero camino. Ante todo, porque si bien siempre he estado acostumbrada a las armonías de la música, no lo estaba a las de la voz. Pera en esta ocasión, con Goerne las cosas fueron distintas. Para empezar, porque también Goerne es diferente a las dos cantantes con las que dije que había trabajado. Porque Matthias tiene y transmite una energía maravillosamente positiva. Una sensación indescriptible que él sabe transmitir. Por eso, el hecho de trabajar con él se convierte en una sensación muy refrescante.
Decía que le invitó "a compartir". ¿En estas ocasiones ambos deben ser protagonistas?
Absolutamente protagonistas. Él estaba convencido de que lo que deseaba era trabajar con una concertista de piano como partenaire , como anteriormente lo había hecho junto a otros colegas míos, como Alfred Brendel. No deseaba alguien que permaneciese a su sombra. En cuanto a mí, puedo decir que me he sentido totalmente feliz experimentando junto a él esa sensación de energía vital que transmite.