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Scherzo 208 Scherzo

ENTREVISTA: Elisabeth Lonskaja: "La idea de tradición me parece muy peligrosa"

por Juan Antonio Llorente
Scherzo nº 208, Mayo 2006

Número de páginas: 3
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Moderada, parca incluso, a la hora de distribuir los cincuenta o sesenta conciertos a los que compromete cada año, la pianista Elisabeth Leonskaja (Tiflis, Georgia, 1945), una de las grandes intérpretes de los últimos, tiempos a pesar de la humildad en sus actitudes públicas y su enemistad con las cámaras, ha sido generosa en esta ocasión con España, produciéndose dos veces en Madrid en un corto plazo de tiempo. En primer lugar, compartiendo cartel con el barítono Matthias Goerne en La bella Magelone , de Brahms, desvelando en el Ciclo de Lied una faceta casi inédita en su carrera. Después, sola ante el teclado en el ciclo de la Fundación Scherzo, al que acude con fidelidad de amiga cada vez que su agenda se lo permite, para retomar las notas del compositor de Hamburgo que la ha acompañado a lo largo de su carrera desde que, con 19 años, interpretó en público su Segundo Concierto . Junto a Brahms, Shostakovich, a quien conoció, y a quien ha querido rendir homenaje en el centenario de su nacimiento, mostrando a un tiempo la vasta paleta de posibilidades del repertorio de esta alumna distinguida de Jacob Milstein, en el que, junto a los clásicos vieneses y el amplio catálogo de creadores rusos de los dos últimos siglos, llegando a Schnittke o Ustvolskaia pasando por Scriabin, caben cómodamente los impresionistas franceses, poniendo al frente a Debussy, a quien define como "un genio absoluto". Una amplitud de miras semejante sólo es pensable de alguien que ha asimilado la disciplina de esa escuela rusa, a la que, mientras algunos se empeñan en sellar con una lápida de defunción, Leonskaja defiende como un bien patrimonial del país que la vio nacer, y a las pruebas se remite al afirmar que "son muchos los pianistas de allí que hoy pueden formarse en países occidentales, puesto que tienen más posibilidades que antes de hacerlo. Pero en su virtuosismo se percibe la escuela de manos que caracteriza a los intérpretes rusos".
¿Quien se encarga de transmitir esas enseñanzas, cuando personas como usted se niegan a la docencia?
Así es. Pero ahí está el secreto, que hace que continúe funcionando la escuela. Tal vez lo podamos relacionar con la tradición, pero ese es un término que no me gusta. La idea de tradición me parece muy peligrosa desde el momento en que puede hacer que las cosas mueran. Pero, sea lo que sea, escuela o tradición, ambos conceptos se sustentan sobre la cultura. Más concretamente, sobre la cultura de una nación y cómo esta funciona, porque el modo de articularse es totalmente distinto, dependiendo siempre del amor de cada cual por la música y por el interés de la gente. Si pienso en Rusia, o más concretamente en Georgia, me doy cuenta de que la vida allí ahora es muy difícil. Estuve hace aproximadamente ocho años y las cosas estaban mal. En los hogares faltaban cosas necesarias, podía incluso hacer frío, pero las madres animaban a sus hijos a estudiar piano, y sonaban muy bien. Todo por una razón: porque la cultura sigue viva allí.
¿Quiere decir que la llama de la música la mantiene el amor de los padres?
En primer término sí. El resto dependerá de quién lo enseñe. Ese, después del de los padres, es un papel muy importante en la vida de un joven músico.
Los concursos, desde el clásico Chaikovski al nuevo con el nombre de Richter, ¿serían el siguiente paso a dar?
Los concursos son absolutamente decisivos. Pero en ese caso yo no diría que la misión del concurso sea la de mantener viva una escuela, porque a ellos acuden pianistas con perfiles muy distintos. Para lo que estoy convencida que sirven los concursos es para ayudar a los jóvenes a abrirse puertas, brindándoles la posibilidad de mostrarse en conciertos, e ir así progresando en su carrera.
Usted ganó bastantes.
Y todos ellos me ayudaron muchísimo, porque pensemos que estamos hablando de la Unión Soviética, donde yo estaba en esos momentos. Las cosas han cambiado mucho, pero entonces, sin premios no eras nadie. A un artista le resultaba muy difícil conseguir un contrato para dar un concierto y manifestarse fuera de sus fronteras. Para nosotros en aquel momento eran el único modo de abrirnos el camino internacional; de salir a Occidente y de conseguir que nos mencionasen en los medios.
En esos periódicos en los que ahora, concentrada siempre en su trabajo, no le gusta aparecer.
Pero al principio era algo muy necesario para abrirte paso en la vida. Y eso sólo lo conseguías ganando premios. De otro modo, habría logrado mi diploma en el Conservatorio, y se me habrían brindado las posibilidades de enseñar, pero no de ofrecer conciertos. Luego, a partir de un determinado momento, comencé a ordenar mi propia existencia.
¿Le resultó difícil parar los caballos y no aspirar a convertirse en una estrella refulgente?
Creo que esas cosas dependen sólo de la personalidad de cada uno. O lo que es lo mismo, de una cuestión de inteligencia. Del modo en que quieras que funcione tu modo de vida. Y en lo que a mí respecta, mi idea ha sido ser cada día más introspectiva, sin abrirme al exterior [ sonríe ]. Todo, porque en mi opinión lo importante es ser, no tener. El hecho de poseer es cada vez menos decisivo para mí. Lo material no me dice nada. Sólo preciso lo necesario para sentirme feliz y tener claro en cada momento dónde estoy. Lo que posea o lo que pueda poseer no me dice nada.
¿Es el mejor modo de hacer una larga carrera en el tiempo?
Absolutamente, porque la vida es larga. Pero yo no me he propuesto hacer una carrera. Mi carrera la han ido haciendo las personas que han estado cerca de mí. Rodeándome. Empujándome y haciéndome notar que están ahí, porque uno no es nada en sí mismo.
¿Cómo se siente viviendo en Viena?
Mi domicilio digamos que está allí, pero viajo mucho, entre mis conciertos, y sabiendo que mi novio, o como quiera llamarle, vive en Alemania, podríamos decir que nunca paro en casa. Pero aun así reconozco Viena como mi hogar, mi ciudad, un lugar único desde el punto de vista de la cultura lo mismo si se trata de teatros, como cuando hablamos de exposiciones o de música. Cada día tienes un montón de ofertas interesantes y no me refiero a lo que se le ofrece a los turistas, como cuando vas a Londres, sino a la gente misma de Viena.
¿No añora Rusia?
Rusia es algo distinto. En una de mis últimas visitas a Madrid estaba viendo en casa de Amaya, una amiga que tengo en Madrid una película documental sobre Shostakovich en Rusia, y las imágenes me traían a la cabeza mi vida. En ese momento me acordé de mis primeros años allí, cuando las cosas eran muy diferentes a como son ahora. No tenían nada que ver con la aldea global de la que tanto se habla y con la que no estoy para nada de acuerdo, porque cada nación tiene mucho de personal en el terreno de la ciencia o del arte. Si por algo la sociedad va perdiendo interés es precisamente por esa homogeneidad. Porque vayas donde vayas te encuentras lo mismo.
Al definir a la escuela rusa, usted destaca como rasgos diferenciales la libertad y el virtuosismo. ¿Lo segundo lo deja para los clásicos y la pasión arrebatada para los románticos?
Yo diría que la perfección es para mí un aspecto que define a todo lo clásico. No sólo a lo que tiene que ver con la música. Cuando hablamos de la perfección nos estamos refiriendo a algo que está más allá de los estilos. Esa al menos es mi idea. Todo aquel que es grande, es desde ese momento un gran clásico, como le ocurrió a Shostakovich en su territorio. Y por esa misma razón, Sviatoslav Richter sería otro gran clásico en el suyo. No nos olvidemos de que Brahms, Schubert y todos los grandes compositores están unidos por un factor común, que es la personalidad: algo definitivo en el arte.
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