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Scherzo

Mozart, al natural

por Antonio Muñoz Molina

Scherzo nº 205, Febrero 2006

Es más fácil escuchar descalificaciones de Mozart que casi de cualquier otro de los músicos mayores. A Mozart hay quien le perdona la vida, aunque parezca mentira, con un desdén que no reciben nunca Bach o Beethoven, y que a mí me recuerda la afición española a perdonarles la vida a Pérez Galdós o a Pío Baroja. Cuando era bastante más joven y más impresionable, me alarmaron las continuas referencias despectivas a Mozart que encontraba en el libro de Michel Schneider sobre Glenn Gould. Todavía recuerdo mi sobresalto de aficionado entusiasta, pero ignorante, al leer que según Glenn Gould Mozart no habría muerto demasiado joven, como opinaba todo el mundo, sino demasiado viejo, un artesano resabiado que manejara con excesiva desenvoltura los trucos y las rutinas de su oficio. Aquel libro estaba muy bien escrito y retrataba a un héroe novelesco y misántropo, dedicado al culto supremo de la música y de Bach. Y para celebrar a Bach y Glenn Gould, su apóstol en la Tierra, era necesario abjurar de Mozart.

Cuanto menos sabe uno, más vulnerable suele ser a las tentaciones del esnobismo. ¿Y si había algo equivocado en la admiración por un compositor que parecía gustarle abrumadoramente a todo el mundo, que había sido filtrado y banalizado a través de la repetición de algunos de sus pasajes más pegadizos hasta un extremo de musiquilla de ascensor? No mucho tiempo después de leer a Schneider encontré la consabida boutade de García Márquez: Mozart es un músico sin mucha sustancia que cuando es malo se parece a Haydn, y cuando es bueno, a Beethoven. Aquí se ve que las opiniones musicales de García Márquez son casi tan acertadas como sus lealtades políticas. Y también se advierte el antiguo recelo del intelectual de escuela francesa e hispánica hacia la naturalidad, su preferencia por lo oscuro sobre lo claro, su confusión entre lo complicado y lo profundo, que es la misma que en el ámbito de la literatura ha cimentado prestigios fraudulentos y condenado al purgatorio de lo irrelevante a escritores que alcanzaron su maestría en el ejercicio obstinado y difícil de la transparencia.

Nietzsche, que sabía tanto de música, habla en un aforismo de esas personas que enturbian el agua para que parezca profunda. En Mozart hay tanta luminosidad, tanta tersura, que su parte de sombra puede tardar en advertirse: y una impresión tan acabada de naturalidad que no parece posible que se sostenga sobre ningún artificio. Sucede algo similar con Cervantes: la escritura fluye como si nada la empujara, los personajes se mueven sin apariencia de propósito y hablan como si lo que están diciendo se les acabara de ocurrir. No es casualidad que también a Cervantes se le haya perdonado de vez en cuando la vida, subrayando sus descuidos, las supuestas negligencias de su estilo, hasta su probable incultura. Unamuno, que debía de considerarse mucho más inteligente que él, usó mucho aquella expresión de Cervantes como “ingenio lego”, un individuo de mucho instinto y escaso talento al que se le había regalado un don del que no era consciente. ¿Y qué ingenio más lego que el Mozart de Milos Forman, de risa floja y peluca torcida, una especie de absurda estrella pop con la melena empolvada y un destino de disipación y muerte en plena juventud?

El antídoto, claro, es escuchar la música, intuyendo lo difícil que es lograr la impresión de la más pura naturalidad, comprendiendo que hay profundidad en la alegría igual que la hay en el dolor. El año pasado, en la borrasca de las celebraciones cervantinas, lo más asombroso era volver a las páginas del Quijote y encontrar la maravilla y la novedad intactas en cada una de ellas. En medio del escándalo universal del año Mozart, a pesar de las previsibles vulgaridades, rutinas y negocios, nos sigue aguardando el regalo secreto de su música.

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