Luces y sombras de una estética
Los estudiosos de la obra de Enescu, incluso los menos panegiristas, mantienen que las últimas composiciones del músico rumano son comparables a las mejores partituras de Bartók o Ravel. Quizá sea ir demasiado lejos, aunque también hay que reconocer que la mayoría de ellas son prácticamente desconocidas, o insuficientemente conocidas, fuera de Rumanía. Según Malcolm, no se puede juzgar al compositor únicamente por sus creaciones más difundidas, que son, evidentemente, las dos Rapsodias rumanas , pentagramas sin duda eficaces, brillantes, equivalentes a las de Liszt en ciertos aspectos, escritas en París en un momento de reacción contra el racionalismo excesivo de la música francesa. Obras en todo caso de grata audición que recogen y visten con galas espectaculares un folclore por ello muy poco elaborado, escasamente estilizado. Al auténtico Enescu, al que hay que seguir y exponer, es el camerístico, el más abstracto, bien que pueda partir de un trabajo sobre temas populares reconocibles. En este sentido es ejemplar su Sonata nº 3 para violín y piano op. 25 , de 1926, que lleva adosada la leyenda "en el carácter popular rumano". Aquí ha desaparecido toda referencia rapsódica y se deja en gran libertad a los dos instrumentos, que rivalizan en refinamiento. Escritura modulante del violín, subrayada por las constantes rítmicas del piano. Rebatet habla de "transfiguración de la vena popular, de pureza melódica, de ardor rítmico, de modernidad de un trazado que incluye hasta cuartos de tono. Una obra maestra del folclore imaginario".
Nos cuenta Malcolm que las increíbles dotes memorísticas de Enescu, su claridad mental, sus facultades de comprensión lo convertían en un poderoso constructor. Con todo el material de una obra totalmente presente en su intelecto en cualquier momento, no es sorprendente que el músico quedara fascinado por el placer de crear una complicada y delicada red de temáticas interconexiones en cada pieza y que usara formas cíclicas para incorporar al final la totalidad de los elementos intervinientes. Cosas que apartaban su escritura de la rutina. El "estilo orgánico" de Enescu generaba motivos que llegaban a ser realmente germinales, celulares. Todo ello, estima Malcolm, dotaba a su música de una sonoridad muy peculiar, menos placentera que la de un tardío romanticismo y más que la de un modernismo hecho y derecho, lo que la diferenciaba de la de sus coetáneos. Porque, y esto está bien visto, los ideales curiosamente románticos que nunca abandonaron al compositor, otorgaban a su creación una suerte de expresividad que permanecía sorprendentemente incontaminada, alejada de cualquier sentido de crisis, de los conflictos tan habituales en la música moderna. De ahí que su escritura, concluye el biógrafo inglés, esté libre de todos esos vicios e ironías, pastiches y alienaciones tan abundantes en otros compositores y sea, si así puede decirse, eminentemente pura. Un compatriota de Enescu, el director Sergiu Comissiona, durante algunos años titular de la Orquesta Sinfónica de la RTVE y recientemente fallecido, recordaba esta frase del artista rumano, al parecer pronunciada en su lecho de muerte: "La música ha de ir del corazón al corazón". Una sentencia muy bella, pero que tampoco nos da ninguna clave para hacernos una idea cabal del sentido, estilo y configuración de unos pentagramas.
Un estudioso tan profundo y sabio como Harry Halbreich reconocía lo extremadamente difícil que era definir el estilo de Enescu. A primera vista parece tradicional, incluso heredero de Brahms y, en ciertos aspectos, de su maestro Fauré. Pero "esta curiosa y rara simbiosis cultural germano-latina se efectúa en una personalidad excepcionalmente fuerte y original". El lenguaje de Enescu se forjó lentamente y llegó a poseer una originalidad y una audacia raras. En él se detectan evidentemente fuentes greco-bizantinas, tan propias de la música rumana, y elabora una heterofonía compleja como alternativa a la polifonía de la tradición occidental. Su concepción del tempo , la complejidad y riqueza de los ritmos y de las combinaciones polirrítmicas podrían hacer pensar en Messiaen, subraya el musicólogo belga; pero luego la apariencia sonora, el resultado tímbrico, las texturas no tienen nada que ver. Lo curioso es que hay pocas músicas tan complejas como la de Enescu y que posean tantos problemas de análisis; lo que se apreciaba ya en una obra temprana como el Octeto para cuerdas de 1900.
Rasgos impresionistas
Hay un tema interesante que es el de la posible relación de los pentagramas de Enescu con los de la música impresionista; una cuestión que realmente se plantea respecto a todos aquéllos creados en Europa en los años paralelos o posteriores al fenómeno musical nacido en Francia de la mano fundamentalmente de Debussy. Lo mismo se dijo, por ejemplo, de los salidos de las plumas del polaco Szymanowski o del checo Martinu, de los elaborados por los ingleses -Holst, Delius y otros-, de los emanados de Respighi en Italia o, por supuesto, de los fabricados por Manuel de Falla. Aunque los compositores españoles herederos del gaditano renegaban del impresionismo, como de cualquier otro ismo, en sus timbres y sonoridades, en sus texturas y colores cabe localizar la huella de don Claudio o de su coetáneo, autor de una música con puntos de contacto, Ravel. Así lo comprobamos escuchando algunas partituras de Ernesto y Rodolfo Halffter, de Bacarisse, de Pittaluga; o de catalanes como Mompou o Blancafort.
Pero, a lo que íbamos, ¿podemos encontrar realmente en Enescu esa huella con claridad? No parece que el compositor rumano fuera del todo indiferente a esa influencia. Después de todo en ciertos trazos impresionistas se detectan aires modales o derivados de músicas orientales, de los que participan también composiciones provenientes de esa zona de Europa, un poco encrucijada entre el este y el oeste, que es Rumanía. A veces era solamente una cuestión de atmósferas. Hay autores que constatan indudables influencias impresionistas en algunas obras de Enescu, como las Suites nº 1 y 2 , las Sinfonías nº 1 y 2 , la ópera Œdipo , el Concierto-obertura sobre motivos rumanos o el poema sinfónico Vox Maris . "Las similitudes entre el impresionismo y la música de Enescu -nos dice Gabriela Ocneamu- llegan a ser más evidentes si se refieren a otras tendencias musicales concurrentes a comienzos del siglo XX, tales como su común oposición al academicismo y su diferente aproximación al neoclasicismo en términos de forma e intensidad; están caracterizados estilísticamente por los siguientes rasgos: a) independencia de la clásica simetría en el desarrollo del ritmo y de la melodía (incluyendo el rubato , utilizado con frecuencia por el compositor de Liveni-Virnav); b) intervalos regulares (no tan frecuentes en Enescu); c) melodía modal, que hace uso de escalas heptatonales; d) modal funcionalidad vertical de la armonía basada en leyes diferentes a las del tonalismo; e) refinado colorido instrumental basado en la utilización de resortes técnicos y expresivos, y f) tratamiento de la voz humana con finalidades coloristas y no solamente como portadora de elementos conceptuales".
Ocneamu termina su estudio con estas acertadas conclusiones: 1. Enescu, como representante de las escuela musical rumana, estuvo estrechamente unido a las corrientes de comienzos de siglo, entre las que el impresionismo no ocupaba una plaza menor; 2. Enescu asimiló esas corrientes tanto como para poder más adelante, junto a otros compositores asimismo representantes nacionales de otras escuelas, darles su máximo valor; 3. En esta línea Enescu ayudó a revelar ciertas características comunes a la espiritualidad humana que podrían aparecer y crecer en el momento más favorable.