1911: La Filarmónico-Sinfónica de Nueva York dirigida por Gustav Mahler ejecuta por primera vez en América una obra de nuestro artista: la Suite para orquesta nº 1, op. 9 . Este concierto, de enero, abre el camino a otros, como el desarrollado en Boston en febrero de 1912, que incluye la Rapsodia nº 1 . Aún falta bastante para que el propio creador recale en los Estados Unidos; antes hará otras muchas cosas y dará infinidad de conciertos; como los programados en España y Portugal en diciembre de ese año, y antes también pondría en práctica una serie de iniciativas, así la creación en su país, en 1917, de la Orquesta Sinfónica de Iasi, que vendría en llamarse justamente Enescu. No es hasta 1923 que el músico realiza su primera gira por el Nuevo Mundo. El 5 de enero toca en Filadelfia, bajo la dirección de Stokowski, el Concierto para violín de Brahms. Será la primera de las muchas veces que actuará en Estados Unidos en los años venideros, tocando, dirigiendo y estrenando sus pentagramas en colaboración con las mejores formaciones sinfónicas de la Unión. No dejaba Enescu de tocar y presentar en sociedad las obras de sus colegas. Ahí lo tenemos en mayo de 1927 dando a conocer en París la Sonata para violín de Ravel, que lo acompaña al piano. En septiembre de 1928 es cuando Yehudi Menuhin llega a Sinaia para tomar lecciones con Enescu. Comenzará así una larga colaboración y una gran amistad.
Avanzamos en el tiempo -que no tiene puntos muertos en esta narración. Una fecha importante es la de 27 de abril de 1931, en la que termina la orquestación de la ópera Œdipe , dedicada a Maria Rosetti-Tescanu, que se convertiría años más tarde en su mujer. Es uno de los más grandes logros de nuestro creador y que no será estrenada hasta el 13 de marzo de 1936 en la Ópera de París. En páginas vecinas se publica un ensayo sobre esta ópera.
A vuelapluma, entre las múltiples actividades del artista, podemos citar, por ejemplo, como especialmente señalada, su intervención junto a David Oistrakh, bajo la batuta de Kondrashine, en el Conservatorio de Moscú, en el Concierto para dos violines de Bach. En la misma sesión, de abril de 1946, Enescu dirigirá la Sinfonía nº 1 de Chaikovski y dos fragmentos de la Suite sinfónica Paisajes moldavos de su compatriota Mihail Jora. En junio del año siguiente interpreta en Estrasburgo las Sonatas para violín solo de Bach y toca con Menuhin, ante la mirada de Klemperer, aquella obra concertante bachiana. Diciembre de 1950 contempla la desaparición de un amigo, compañero y compatriota, el pianista Dinu Lipatti. Durante varios meses de 1951 desarrolla sus actividades en Inglaterra, muchas de ellas en Londres, con la Orquesta de Boyd Neel, que había ya dirigido muchas veces. En septiembre de ese año participa en una serie de entrevistas en la Radio francesa: se somete al fuego graneado del crítico Bernard Gavoty. Estas conversaciones han constituido un material precioso para el conocer sus autorizadas opiniones sobre las cuestiones más candentes de la música y para profundizar en su rica figura.
La personalidad
Cúmplenos ahora hablar de las cualidades interpretativas y creadoras de nuestro músico. Como violinista, tocando, ya en años de relieve y fama, primero un Stradivarius, después un Guarnerius y por último un instrumento fabricado expresamente para él por Paul Koll, debía de poseer un sonido especialmente amplio y generoso, cálido y timbradísimo, un fraseo cordial, bien articulado, emotivo, de configuración muy natural, de línea límpida, excelentemente acentuada, con inflexiones casi humanas. Cualidades que en cierta medida -quizá no el temperamento- supo comunicar a Menuhin y a otros famosos discípulos tales como Arthur Grumiaux, Christian Ferras e Ivry Gitlis, magníficos instrumentistas, cada uno en su estilo. Los sellos Biddulph, Naxos y EMI conservan algunas grabaciones históricas en las que podemos calibrar con algunas dificultades esas virtudes en traducciones de música propia, de Bach y de Beethoven.
Existen asimismo algunos registros que nos lo acercan en su calidad de director con páginas de varios autores, en algunos supuestos acompañando a Menuhin. Hay una Sinfonía nº 2 de Schumann con la Filarmónica de Londres, grabada para Decca en 1949 y que hasta no hace mucho era posible encontrar en compacto editado por Dutton Laboratoires. La mayoría de sus grabaciones proceden de la era de los discos de 78 revoluciones, bastantes de ellas realizadas en Rumanía y hoy difícilmente localizables. Al parecer su talento, que lo impulsaba y elevaba también frente al teclado, se revelaba en estos casos de la misma manera, con un trazado de la frase cargado de intención y un colorido orquestal muy rico y variado. Desde luego, Enescu, eso no hay duda, desplegaba idéntico entusiasmo en todas estas labores, ayudado sin duda de su prodigiosa memoria. Es muy curioso y, sin duda, admirativo, el retrato que le hacía Menuhin como prólogo del libro de Noel Malcolm ( George Enescu, His Life and Music . Toccata Press. Londres, 1990). Entresaquemos unas líneas:
"Si es posible para el lector imaginar un hombre de mente enciclopédica que nunca olvidó nada de lo que oyó o leyó o vio en el curso de su vida y que podía recordar instantáneamente y tocar del modo más apasionado cualquier partitura de Bach, Wagner o Bartók; si puede el lector imaginar también que esa mente pertenecía al más generoso y desinteresado de los corazones de un ser humano lleno de nobleza y belleza física, de presencia, de rasgos faciales muy románticos y siempre impulsado por un genio creador en la palabra, en la enseñanza, en la dirección, tocando el violín o el piano y, muy especialmente, componiendo, la imagen aún podría no estar completa; un hombre lleno de humor (y divertido caricaturista además) tanto como de profunda filosofía, que conversaba en las lenguas y hablaba de las literaturas de Europa, un hombre imbuido de las más altas formas de caballerosidad y patriotismo... Éste podría ser el retrato del maestro que tuve desde los once años..." "El más extraordinario ser humano, el músico más grande y la influencia más formativa que nunca he experimentado". Así concluía Menuhin su descripción del maestro. Opiniones parecidas es posible localizar en escritos o manifestaciones de otras figuras de la música. Recordemos únicamente la de Pablo Casals, que no se quedaba corto: "Enescu fue el más grande fenómeno musical desde Mozart".