La actividad de Corelli en estos años es intensa. Compone sonatas,
sinfonías y conciertos (no está clara la distinción
entre los dos últimos términos), edita (su Opus IV,
dedicada a Ottoboni, aparecerá en 1694; la Opus V, su única
incursión en la sonata a solo, en 1700), interpreta y dirige
en teatros, iglesias y palacios (no sólo el de su patrón).
Sus obras comienzan a reeditarse en diversos puntos de Europa a un ritmo
hasta entonces desconocido. Y recibe reconocimientos públicos. La
Congregazione di Santa Cecilia, el gremio de los músicos romanos,
lo elige guardiano de la sección instrumental en 1700 (aunque
la mano de Ottoboni, que entonces patrocinaba la asociación no fue
ajena al nombramiento). Seis años más tarde será admitido
como miembro de pleno derecho, junto con Alessandro Scarlatti y Bernardo
Pasquini, en la Accademia Arcadia, fundada en 1690 en recuerdo de
Cristina de Suecia para velar por el buen gusto en las artes y las letras.
Corelli, que eligió el pastoril pseudónimo de Arcomelo Erimanteo,
era designado como maestro famosissimo de violino. Y ya hacía
muchos años que el compositor Angelo Berardi le había saludado
como Nuevo Orfeo de nuestro tiempo.
Pero a partir de 1708 -poco después de intervenir por Pascua Florida
en la representación de La Resurrezione de Haendel en el palacio
Bonelli del marqués Ruspoli- su actividad pública disminuyó
considerablemente, mientras otros músicos (Fornari, el joven Giuseppe
Valentini) comenzaron a aparecer en puestos hasta entonces a él reservados.
Es probable que estuviera enfermo. De hecho, por algunas cortes alemanas
circuló el rumor de su muerte. La ausencia de noticias ciertas para
este periodo vuelve a dar pie a las leyendas de dudoso origen: Corelli habría
caído en una "melancolía profunda" -léase
depresión- al verse desplazado en el favor del público por
quien él consideraba muy inferior (Valentini). El dato no parece
tener mucha credibilidad. Lo único cierto es que, enfermo o no, durante
este tiempo retocó y preparó a fondo -como antes había
hecho con las precedentes- la edición de su Opus VI (Concerti
grossi). Las cláusulas del acuerdo alcanzado con el editor Estienne
Roger de Amsterdam revelan la altísima estima en que se le tenía
fuera de Italia. R. Rasch afirma que la dedicatoria, a su ferviente admirador
Johann Wilhelm, elector palatino, fue redactada en diciembre de 1712 por
el propio cardenal Ottoboni: ahora sí, la enfermedad minaba ya seriamente
al compositor.
Se dice que a finales de ese año se hizo trasladar al apartamento
que poseía en el palacete Ermini. La muerte le llegó el 8
de enero de 1713, a punto de cumplir sesenta años de edad. Poco antes,
el día 5, había redactado su testamento en el que, además
de encargar 500 misas por su alma, designaba como herederos universales
a sus hermanos, sin olvidar a su entorno profesional y afectivo: "Al
Sr. Cardenal Ottoboni, mi patrón, le dejo un cuadro, el que él
quiera, y le ruego me haga enterrar donde bien le parezca. Al Sr. Matteo
Fornari le dejo todos mis violines y todos mis manuscritos, así como
las planchas de mi Opus IV y además mi Opus VI, cuyos
beneficios, si los hay, serán para él. A Su Eminencia el cardenal
Colonna le dejo un cuadro sobre tela de Brugnolo. A Pippo, mi criado,
le dejo medio doblón por mes y a su hermana Olimpia cuatro testones
al mes mientras vivan". Su cuerpo, embalsamado y protegido por un triple
ataúd de plomo, ciprés y castaño, fue enterrado en
la iglesia de Santa María della Rotonda (Panteón), en la capilla
de San José. En el epitafio, redactado en latín, puede leerse,
erróneamente, que murió el 6 de enero de 1713 y que fue nombrado
marqués de Ladensburg por Philipp Wilhelm del Palatinado. La fecha
correcta del óbito ya la hemos indicado. El marquesado de Ladensburg
fue concedido a instancias del cardenal Ottoboni no por Philipp Wilhelm,
sino por su hijo Johann Wilhelm y en 1715 a Ippolito Corelli, hermano mayor
de Arcangelo.
Sus obras, hitos fundamentales en la historia de la música, fueron
las más reeditadas del siglo XVIII antes de que Haydn hiciera su
aparición. La Opus I, por ejemplo, conoció 39 ediciones
hasta 1790 y la Opus V -la más popular de todas- se acercó
al medio centenar. No había creado ningún género, pero
sí llevó a la perfección clásica los tres que
cultivó, la sonata a solo, la sonata en trío y el concerto
grosso. Apenas hubo músico del siglo XVIII que se viera libre
de su influencia. Y consciente o inconscientemente, fueron muchos los que
le rindieron homenaje, disertando sobre sus obras (Veracini), reelaborándolas
(Geminiani), tomando prestados sus temas (Bach, BWV 579) o construyendo
una serie de variaciones sobre ellos (Tartini), imitando expresamente su
estilo (Telemann, Galuppi), dedicándole sus obras (Couperin, Valentini),
bautizando con su nombre algún movimiento (Dandrieu) o, sobre todo,
siguiendo sus modelos, concretos o genéricos. La lista sería
interminable. Destacaremos, pues, como únicos, pero señeros
ejemplos, de la nutridísima serie de Folías aparecidas
en aquella centuria, la de Vivaldi (que cerraba además, como ocurría
en Corelli, una publicación), y entre los concerti grossi,
los doce que, conformando su Opus 6 (más simbolismo añadido),
compuso Haendel en 1739. La música de Corelli siguió, viva
y vivificante, fertilizando la posteridad. Un privilegio reservado al reducidísimo
puñado de elegidos que puebla la cumbre del Parnaso.