Infancia y juventud. Bolonia.
Nació -el menor de cinco hermanos- en Fusignano, pequeña
ciudad de la actual provincia de Rávena, el 17 de febrero de 1653,
recibiendo en las aguas bautismales el nombre de su padre, fallecido un
mes antes. Siendo su apellido relativamente común en la zona, resulta
extremadamente difícil hablar con precisión de la familia.
Pero es significativo que Olivio Penna, el autor de uno de los más
tempranos relatos biográficos del compositor, escribiera que era
"de humilde nacimiento" antes de cambiar el adjetivo por "noble",
más acorde con los valores sociales entonces en boga.
Oscura es también, como en tantos otros casos, su iniciación
musical. Penna y G. M. Crescimbeni, otro quasi-contemporáneo, hablan
de primeros estudios en Faenza y Lugo. Pero el dato hoy se toma a beneficio
de inventario. Más segura, aunque no ha dejado ningún testimonio
documental directo, es su presencia en Bolonia, adonde se supone llegó
en torno a 1670.
Bolonia, con 60.000 habitantes, era entonces una próspera ciudad,
la segunda en importancia de los Estados Pontificios (Roma contaba con unos
115.000), cuya principal seña de identidad -por delante de los molinos
de seda- era su Universidad, la más antigua del mundo. Y mantenía
una vida musical muy intensa. Las instituciones municipales patrocinaban
el Concerto Palatino, legendaria formación integrada básicamente
por instrumentos de viento a los que a estas alturas se añadía
con frecuencia una notable sección de cuerda. Destacaba entre las
capillas musicales eclesiásticas la de la basílica dedicada
al patrón, San Petronio, recientemente renovada y modernizada por
Maurizio Cazzati, que la dirigió entre 1657 y 1671. Media docena
larga de academias, casi todas acogidas por la nobleza en sus palacios,
mantenían vivas las preocupaciones artísticas, conformando
gustos y orientaciones. Algunas se dedicaban exclusivamente a la música,
siendo la más emblemática la Accademia Filarmonica, fundada
en 1666 por el conde Vincenzo Maria Carrati. El repertorio lírico-teatral
era acogido en tres teatros públicos. Añadamos, para terminar,
dos importantes datos: que puede hablarse de una "escuela" boloñesa
de cuerda, comenzada a forjar tiempo atrás por Ercole Gaibara, y
que existía una floreciente actividad editorial en la que la música
instrumental y de cámara, para uso doméstico, ocupaban un
puesto central.
Nada se sabe de las actividades concretas desarrolladas por Corelli en
Bolonia, salvo su pertenencia a la Accademia Filarmonica. En cualquier caso,
la riqueza de su ambiente musical y la emergencia de un repertorio específico
para violín hubieron de marcar indeleblemente el proceso de maduración
del joven músico. Tanto como para adoptar el sobrenombre de Il
Bolognese, que figura en sus tres primeras publicaciones y por el que
fue durante mucho tiempo conocido.
Primeros mecenas en Roma: Cristina de Suecia y el cardenal Pamphili.
En 1675 su presencia está ya documentada en Roma, uno de los principales
centros musicales del mundo. Pero con unas relaciones de patronazgo radicalmente
distintas a las de Bolonia. Coexistían en la ciudad santa dos orientaciones
musicales bien definidas. La basílica de San Pedro del Vaticano miraba
más bien hacia el pasado, reproduciendo y recreando los tejidos polifónicos
vocales, normalmente sin apoyo orquestal, de Palestrina y Allegri. La música
más actual, abierta e impulsora de nuevas vías, estaba presente,
sin embargo, en todos los rincones de la ciudad, en las capillas musicales
de otras iglesias (las más importantes, San Luis de los Franceses,
San Juan de los Florentinos, San Lorenzo in Damaso), en los oratorios patrocinados
por cofradías o individuos de la nobleza (San Girolamo della Carità,
Santa Maria della Vallicella, la Arciconfraternità del Santissimo
Crocifisso), en los palacios de los más destacados miembros de la
aristocracia eclesiástica y civil, en los tardíos teatros
públicos
Ahora bien, las sociedades oratoriales solían carecer de cuerpo
musical fijo, lo mismo que ocurría con respecto a la orquesta en
casi todas las capillas musicales eclesiásticas, por lo que había
un notable trasiego de intérpretes en general e instrumentistas en
particular para sus celebraciones extraordinarias, interviniendo los más
apreciados en casi todas ellas. Eran los grandes potentados del Sacro Colegio
Cardenalicio y la aristocracia civil quienes mantenían el más
importante mecenazgo musical. Acogerse a su protección era la máxima
aspiración de un músico en Roma. Fue, además, en los
espléndidos teatros privados de algunos de estos palacios -el del
palacio Barberini alle Quatro Fontane tenía capacidad para
3.000 espectadores- donde tuvieron lugar las primeras y celebradas representaciones
de ópera; sólo en 1671, treinta y cuatro años después
que en Venecia, se inauguró -con Scipione Africano, de F.
Cavalli y un prólogo de A. Stradella- el teatro público de
Tordinona.
Había otra circunstancia esencial. La vida pública romana
estaba fuertemente condicionada por el carácter y orientación
de cada pontificado. Y si Clemente IX Rospigliosi (1667-69), él mismo
libretista de óperas y oratorios, y Clemente X Altieri (1669-1676)
habían favorecido los espectáculos públicos, su sucesor
Inocencio XI Odescalchi (1676-1689), el papa Minga (no en
dialecto milanés, su muletilla más repetida), encarnó
una etapa de austeridad y moralismo que se tradujo en el cierre de teatros,
los impedimentos a los músicos que en ellos habían participado
y el destierro de las mujeres de todos los escenarios. El Tordinona reabrirá
sus puertas en 1699, ya en el pontificado de Alejandro VIII Ottoboni (1689-1691),
siendo derruido en 1697 por orden de Inocencio XII Pignatelli. La cambiante
actitud de los Papas dañaba cruelmente a los espectáculos
públicos. Afectó menos, sin embargo, a los privados, que encontraron
en los oratorios de nuevo cuño el sustituto perfecto de la ópera,
que aparecía bajo disfraz piadoso o edificante y presentada sin escenificar.
Éste era el ambiente en el que Corelli, a partir de 1675, se integró
aparentemente sin dificultad alguna. Quién fuera su introductor es
algo todavía sin aclarar. Pero en aquel Año Santo, en el que
abundaron las actividades músico-piadosas extraordinarias, participó
como violinista en varios oratorios (entre ellos, el San Giovanni Battista
de Alessandro Stradella), en la fiesta grande (25 de agosto) de San Luis
de los Franceses (donde reaparecerá de nuevo intermitentemente en
los años siguientes antes de figurar como primer violín entre
1682 y 1708), en los oratorios organizados por la Arciconfraternità
del Santissimo Crocifisso y en conciertos que solemnizaban importantes acontecimientos
de grandes familias (los Chigi, por ejemplo). Ocupaba, lógicamente,
puestos secundarios en las orquestas, pero acompañando casi siempre
a los más grandes: Carlo Ambrogio Lonatti, Carlo Manelli (violines),
Bernardo Pasquini (clave) y Lelio Colista (laúd).