Fue, probablemente, el compositor más influyente en la música
del siglo XVIII. Pero, a pesar de que su vida tuvo una duración aceptable
para la época, apenas si se conocían unos cuantos datos acerca
de su trayectoria y éstos, poco llamativos. Así que los historiadores
dieciochescos y más tarde algunos románticos dieron por buenas,
sin someter a crítica, todas las noticias y anécdotas que
les llegaron y, a falta de ellas, recurrieron abiertamente a la imaginación.
Y se elaboró una biografía de Arcangelo Corelli, si no deslumbrante,
al menos con contenido suficiente para llenar unas cuantas páginas.
Leyendas descartadas
Tras ellos, los musicólogos modernos llevan más de un siglo
examinando cuidadosamente los datos sospechosos, algunos de los cuales venían
repitiéndose casi desde el mismo día de su muerte, y aplicando
sin contemplaciones la goma de borrar. Se cuestionó, por ejemplo,
la condición nobiliaria y la riqueza de su familia , desvinculándola
no sólo de míticos ancestros (el héroe romano Coriolano),
sino también de personajes históricos más próximos,
fueran éstos rebeldes turbulentos o piadosos patronos de un buen
puñado de iglesias en su comarca. Quedó definitivamente en
el terreno de la leyenda el cura párroco que en su niñez le
habría iniciado en el violín, así como sus ejercicios
en las tardes veraniegas, sentado a la sombra de un árbol y fascinando
a sus convecinos con su precoz virtuosismo. Se descubrió que el
viejo Giovanni Battista Bassani, tenido por su primer maestro, era,
en realidad, unos años más joven que él y por eso mismo,
resultaba imposible la romántica y dolorosa historia de amor que
con su hija se le atribuía.

Arcangelo Corelli |
Desaparecieron también buena parte de sus viajes, empezando por
el de 1672 a París por invitación de Mazarino (muerto, en
realidad, once años antes), que habría desatado los celos
de Lully. Fue Rousseau quien por primera vez habló de dicho viaje,
confundiendo a nuestro compositor con Cavalli y bailando, de paso, las fechas.
Pero el ginebrino no hacía sino redondear una idea ya formulada anteriormente
en Francia: la de un Corelli admirador de la música francesa y estudioso,
en concreto, de la de Lully . En el terreno de lo nebuloso queda una estancia
en España por las mismas fechas y se niegan, igualmente, sus viajes
a Alemania (hacia 1680), en cuyo transcurso le habría maravillado
la destreza del violinista Nicolas Adam Strungk en la
scordatura,
que a él se le resistía (otros sitúan la anécdota
en una supuesta visita del alemán a Roma), y a Nápoles (1708),
donde habría fracasado al interpretar un pasaje mal escrito por Alessandro
Scarlatti que finalmente resolvió brillantemente Francesco X. Geminiani.
Se subraya, además, que estas anécdotas que lo relacionan
con otros músicos parecen expresamente pensadas para ensalzar a éstos
a costa de quien gozaba de universal renombre. Y no se descarta que deba
ir al mismo saco la más conocida de todas ellas, su discusión
con Haendel durante los ensayos de
Il trionfo del Tempo e del Desenganno
(1707), cuando el sajón, descontento con su interpretación
de la obertura, le arrebató con vehemencia el instrumento de las
manos mostrándole él mismo cómo debía ser el
pasaje discutido. La humilde y educada respuesta de Corelli ("Querido
Sajón, esta música está en estilo francés, que
no entiendo") habría motivado que Haendel escribiera sobre la
marcha otra abiertamente corellizante.
¿Retrato humano?
La operación de limpieza refuerza la idea que se tenía
en el siglo XVIII de un Corelli casi sin biografía. Mejor dicho,
con una biografía reducida a sus aspectos meramente profesionales
y a la lista, nutrida en determinados periodos, pero incompleta en otros,
de los conciertos y representaciones en que participó (naturalmente,
la omitiremos en nuestra exposición). Pero sin vida privada. Ni siquiera
se casó, con lo que falta incluso una de las huellas documentales
básicas de la mayoría de los mortales. Tampoco pasó
inadvertido este detalle, no faltando quien especulara a propósito
de su intimidad con su discípulo y amigo más cercano, Matteo
Fornari, con quien compartió actividad y alojamiento en los palacios
de sus patronos durante mucho tiempo. ¿O tal vez sublimó sus
impulsos vitales en aras de la música? Porque ésta fue, ciertamente,
el eje en torno al cual giró su existencia y la búsqueda de
la perfección formal fue en él obsesión atormentada
y permanente, que le empujó a rehacer y revisar reiteradamente cuanto
componía hasta alcanzar el ideal perseguido: ahí residiría
la clave de una obra tan magra cuantitativamente en una época en
que la producción abundante era característica de la mayoría
de sus colegas.
Su imagen física, serena y sobria, se transmitió a la posteridad
por el retrato que Lord Edgcumbe encargó a Hugh Howard durante su
viaje a Roma (1697-1699) y, en menor medida, por el grabado que acompañó
la edición póstuma de su Opus VI. Se ha repetido, como
un tópico inalterado, que era un hombre en el buen sentido de
la palabra, bueno y su carácter, de invariable dulzura. Matizamos:
siempre que no cuestionaran su música, como pronto veremos. Haendel
lo habría descrito -eso afirma, al menos, J. Hawkins- como un hombre
muy mirado en el gastar, poseedor de un guardarropa modesto y vestido siempre
de negro, más amigo de trasladarse a pie que en carrozas y coches
y gran amante de la pintura, única afición que le llevó
a efectuar desembolsos de cuantía. Al menos, este último dato
está parcialmente documentado: a su muerte dejó una colección
de ciento cuarenta y dos cuadros. Su imagen serena sólo se transformaría
al empuñar el violín, cuando "se contorsionaba, sus ojos
se teñían de un rojo-fuego y sus pupilas giraban como en agonía".
Tentados estaríamos de dar por buena la descripción -otra
vez de Hawkins, apoyado esta vez en un supuesto testigo anónimo-
si no conociéramos otras muy similares aplicadas a diversos músicos,
contemporáneos o ligeramente posteriores.
Poco más se sabe de la dimensión humana de Corelli. El
resto, como hemos señalado, son datos y noticias profesionales. Pero
vayamos al principio.