La mezzosoprano checa Magdalena Kozená es una de las más rutilantes
voces de la nueva generación. Con poco más de treinta años
y menos de una década de carrera internacional, ha conquistado ya algunos
de los escenarios más prestigiosos y se ha convertido en una de las cantantes
favoritas de maestros tan exigentes como Simon Rattle, Marc Minkowski, John Eliot
Gardiner o Nikolaus Harnoncourt, a lo que también ha contribuido una selecta
pero variada discografía que se enriquece en estos días con la aparición
de su último compacto, Lamento, grabado junto a Musica Antiqua Köln
y Reinhard Goebel y dedicado a la música de Johann Sebastian Bach, así
como de sus familiares y contemporáneos.
Nacida en Brno, la ciudad de Janácek, en 1973, Magdalena Kozená
estudió canto y piano en el Conservatorio de su ciudad natal y posteriormente
fue alumna de Eva Blahova en la Universidad de las Artes del Espectáculo
de Bratislava. En 1995 ganó el VII Concurso Internacional Mozart en Salzburgo,
obteniendo su reválida como mozartiana con los papeles de Dorabella en
el Teatro Janacek de su ciudad natal y Annio en la Volksoper de Viena, al tiempo
que emprendía importantes giras por Japón y Estados Unidos e iniciaba
su actividad discográfica con un recital de arias de Bach con el conjunto
Musica Florea, que fue saludado como CD del año en la República
Checa.
En 1998 es Hermia del Sueño de una noche de verano de Britten nuevamente
en la Volksoper, Paride en Paride ed Elena de Gluck en el Festival de Drottningholm,
e Idamante de Idomeneo en la Ópera de Flandes (que supuso su primera
colaboración con uno de sus más admirados maestros, Marc Minkowski).
En la temporada 1999-2000 firma su contrato en exclusividad con Deutsche Grammophon,
cuyos primeros frutos son las Cantatas de Pentecostés de Bach con Gardiner,
Dixit Dominus y Salve Regina de Haendel y Dardanus de Rameau con Minkowski,
y canciones de amor de compositores checos con Graham Johnson.
Por estos años se multiplica también su presencia en los principales
escenarios del mundo: el papel titular en Orphée de Gluck en la reapertura
del Châtelet de París (con Gardiner y Robert Wilson), Nerone en
L'incoronazione di Poppea en Viena y Aix-en-Provence (con Grüber
y Minkowski), Sesto de La clemenza di Tito en Edimburgo, Mélisande en
Leipzig y en la Opéra-Comique de París -en el centenario del estreno
de la obra-, Cherubino en Aix-en-Provence y Baden-Baden, Sesto en Giulio Cesare
(siempre con Minkowski), e Idamante en Idomeneo en Glyndebourne (con Simon Rattle
y Peter Sellars).
En el curso 2003-2004 prosigue con sus papeles más representativos:
Idamante con Rattle y la Filarmónica de Berlín en Lucerna, Berlín
y el Festival de Pascua de Salzburgo (donde también es Dorabella en Così
fan tutte, asimismo con el maestro británico), Paride ed Elena con McCreesh
en Londres, París y Lisboa (y también para el disco, en un registro
de próxima aparición), o Cherubino en el Met y en la Ópera
de Munich, y en 2004 es escogida como artista del año por la revista
inglesa Gramophone. También es nombrada Chevalier de l'Ordre des
Arts et des Lettres por el Gobierno Francés. La presente temporada ha
comenzado con un Idomeneo bajo la batuta de Myun-Whun Chung en la Accademia
Santa Cecilia de Roma y como Varvara en Katia Kabanova en el Met, y al final
de la misma tiene previsto interpretar el papel titular de La Calisto de Cavalli
en la Ópera Estatal de Baviera.
Recitales y otras pasiones
Su labor como liederista la ha llevado a trabajar con pianistas tan insignes
en el género como Graham Johnson o Malcolm Martineau, y a actuar en salas
de Londres (Wigmore Hall), París, Viena (Konzerthaus), Nueva York (Carnegie
Hall), Amsterdam (Concertgebouw) o la Schubertiada de Schwarzenberg, mientras
que su pasión por el barroco la ha llevado al Festival de Música
Antigua de Utrecht, sin dejar de intervenir en otros prestigiosos certámenes
como el Mostly Mozart Festival, tanto en el Barbican de Londres como en el Lincoln
Center de Nueva York, o en los Festivales de Verbier, Schleswig-Holstein y en
los Proms londinenses.
Magdalena Kozená es dueña de una voz muy lírica pero,
al mismo tiempo, muy timbrada, con una cierta pastosidad propia de algunas voces
eslavas, como la de su compatriota Lucia Popp, también educada en Bratislava
(aunque el instrumento de ésta era más claramente sopranil y plateado,
sobre todo en sus primeros años). Esto le permite abordar repertorios
fronterizos, como la citada Mélisande o la Zerlina mozartiana (que ha
cantado en Salzburgo con Harnoncourt), y le confiere una especial credibilidad
en los papeles travestidos del repertorio francés (Nicklausse, Stéphano
de Roméo et Juliette), como demuestra en su sugerente recital con Minkowski.
Los dos directores que más han marcado a esta artista son Harnoncourt
y Rattle: "Es difícil compararlos. Los dos son genios, y tienen
una manera bastante distinta de expresarse, así como diferentes temperamentos.
Harnoncourt es más musicólogo, tiene puntos de vista definitivos
y no todo el mundo está de acuerdo con él. Yo también he
pensado que haría algunas cosas de otro modo, pero la fuerza de su personalidad
y su propia convicción te persuaden. Hay algo extrañamente mágico
en él. Si yo tengo a alguien en quien confío y admiro por encima
de mí, entonces acepto cambiar cosas que siento de una manera completamente
distinta. Eso es por lo que pienso que la música puede hacerse de muchas
maneras y no hay sólo un camino correcto. Lo que más te impresiona
de Harnoncourt es que realmente dirige con sus ojos -te mira y sabes lo
que tienes que hacer".
"Simon Rattle es muy impulsivo -añade-, y para él
la música surge más de la emoción que del estudio racional
de los libros. Tiene una inagotable energía positiva y pone una enorme
confianza en la gente que ha escogido, dejándole una enorme libertad.
Es una cuestión de auténtica colaboración, no el típico
modelo -yo soy el director, soy quien tengo la idea y todos los demás
están obligados a aceptarla. Al final, consigue también lo que
se propone, pero sin forzar absolutamente nada. Ambos directores son personas
especiales, en términos artísticos y humanos. A diferencia de
algunos de sus colegas, no utilizan la dirección como un instrumento
de poder".
Una atractiva discografía
Después de su recital de canciones checas, Magdalena Kozená protagonizó
un bellísimo disco de cantatas italianas de Haendel con Minkowski y un
recital titulado Le belle immagini, con arias de Gluck, Mozart y su compatriota
Josef Myslivecek, estas últimas todo un descubrimiento por su especial
brillantez y dificultad. También ha intervenido en dos realizaciones
tan apasionantes como controvertidas, la "minimalista" Pasión
según San Mateo de McCreesh y El Mesías de Minkowski, en cuyo
laureado Giulio Cesare ha tomado asimismo parte, interpretando esta vez a una
emocionante Cleopatra. No podemos olvidar su compacto dedicado a melodías
de Britten, Ravel, Respighi, Schulhoff y Shostakovich, donde aportó una
visión muy sensual a un programa extremadamente original.