Un cambio de gobierno siempre es un buen momento para la esperanza. La comparación entre PP y PSOE en sus respectivos años de gobierno ha mostrado que, por el momento, el PSOE se ha preocupado más de la educación musical que el PP. Ahora los retos son nuevos y esperamos poder ser testigos de algunos cambios importantes para el futuro de la educación musical. Veamos algunos de ellos.
Nunca se insistirá suficiente en que el nivel de cultura musical de un país no está exclusivamente en manos de sus políticos. Sin embargo, la ausencia de interés político en este campo puede suponer no sólo un relativo estancamiento, sino a veces una verdadera carga para el futuro. El gobierno del PP ha vivido, y ha desaprovechado, un momento especial de la historia de la educación en España, al cerrar el proceso de transferencia de las competencias educativas a las comunidades autónomas. Entre estas competencias están las enseñanzas artísticas y entre ellas la música. Dentro del complejo laberinto que conforma la educación musical de un país, no cabe duda de que la enseñanza obligatoria y todo lo relacionado con centros públicos ejerce una clara influencia en el mayor o menor conocimiento que tenemos todos de la música. Hablamos de un entramado de grandes dimensiones, puesto que existen 1400 centros dedicados a la enseñanza musical, además de todos los centros de educación infantil, primaria, secundaria y bachillerato, hasta la educación superior, en los que se imparten clases de música. Conviene explicar, además, que estas cifras han crecido en los últimos años y que ese crecimiento va a prolongarse en el tiempo (así lo indica nuestra tendencia a parecernos, cada vez más, a otros países europeos). Las iniciativas más conocidas del PP para este campo han sido bien tristes. Por una parte, se ha reducido a la mitad el tiempo de horas de clase de música en la enseñanza obligatoria. Por otra, se redactó una ley (la LOCE) en la que sorprendentemente se ignoraba el asunto. Ahora que ha comenzado el curso, el PSOE tiene varios frentes en los que podrían tomarse decisiones y queremos destacar algunas que nos parecen importantes.
1. La información
En primer lugar, y aunque tal vez no se trate de una idea de las que hacen época, hace falta recopilar toda la información de interés sobre enseñanzas musicales y establecer un mecanismo modestamente ambicioso que permita en el futuro actualizar esta información sin recurrir a esfuerzos compulsivos. Puesto que nos referimos principalmente a centros públicos, la información lo debe incluir todo: presupuestos, plantillas, alumnado, modelos de gestión, programas de estudio y un muy variado repertorio de datos que nos pueden ofrecer, por primera vez en la historia de España, un espejo y un retrato de la educación musical. Las preguntas a las que daría respuesta este microcosmos informativo serían muy variadas e interesarían a todo el mundo (y no sólo a los usuarios). Además, la información ayuda mucho cuando se trata de tomar decisiones acertadas y de explicarlas a los votantes. Pero una buena información no sólo sirve para tomar decisiones. También permite, transcurrido un tiempo, analizar lo que ha sucedido y explicar sus causas. La buena noticia es que, aunque estamos lejos de disponer de un sistema actualizado de la información, es fácil conseguirlo. Si no existe aún, probablemente se debe a que nadie se lo ha planteado, y eso hace pensar que tal vez algunas decisiones se han tomado a ojo, o, por seguir el vocabulario musical, de oído. Seguro que una buena base de datos con estas características recibiría más visitantes que la página web de muchos grupos de pop.
2. Para enseñar hay que saber
El sentido común nos dice que quien no sabe hacer algo difícilmente nos puede enseñar a hacerlo. Es una afirmación seria si se aplica a la enseñanza de la música, porque la formación y selección de los profesores de música debería tenerla en cuenta y no lo hace. Nuestro actual sistema de formación de profesores debe adaptarse a un hecho tan evidente para que en un futuro cercano se pueda decir lo contrario, es decir, que sólo imparten clases de música personas que han demostrado que cumplen con las aptitudes y capacidades musicales mínimas. Para todo hay un motivo, pero es difícil entender que algo tan claro no se pueda plantear de un modo más eficaz. Es un asunto que concierne no sólo a la enseñanza de la música, sino que sucede algo parecido con los idiomas, en especial con el inglés: los niños españoles cursan años y años de inglés y sin embargo no aprenden. No cabe duda de que el hecho de que muchos de sus profesores no sepan hablar inglés tiene algo que ver con los resultados. Las comunidades autónomas preparan en estos meses las convocatorias de oposiciones para cubrir plazas de profesores de idiomas en miles de centros educativos y da pena pensar que a un país no se le ocurra algo mejor que hacer funcionarios a varios miles de jóvenes que con gusto aprenderían a hablar, entender y escribir el inglés si ese fuese de verdad el requisito para enseñarlo. Siempre que se habla de estos temas se hace con delicadeza para que los profesores no se sientan ofendidos, puesto que no se trata de acusarlos a ellos sino de mejorar un sistema que puede ser más eficaz, pero conviene recordar que los que sufren estos desajustes son los alumnos y que un sistema educativo en el que no se aprende es algo que no nos merecemos.
3. Los profesores superiores
Capítulo aparte lo constituye una nueva carrera, la de profesor de música en distintas especialidades, que puede cursarse en los conservatorios superiores. Hasta hace tres años no existía esa posibilidad y los conservatorios superiores ofrecían un repertorio mucho más limitado de títulos. Antes se podía estudiar la carrera de pianista y ahora se puede, también, optar por la de profesor de piano. Lo mismo sucede con cualquier instrumento y, relacionado con lo dicho antes, se puede obtener un título superior de profesor de música en educación infantil, o en secundaria. Una vez dicho esto hay que aclarar que una cosa es la existencia de la posibilidad legal de ofrecer un título y otra muy diferente ofrecerlo y darle importancia dentro de las escuelas. La realidad hasta el momento es que la inmensa mayoría de los conservatorios superiores siguen mirando estas titulaciones como algo poco interesante. De hecho, en muchos de ellos ni siquiera se ofrecen. Es muy llamativo ver cómo los propios profesores de música hablan con cierto desprecio de las titulaciones que conducen a la docencia que ellos practican. Además, está la abrumadora realidad, que en este caso nos muestra no sólo que la práctica totalidad de los titulados imparten clases y se dedican a actividades relacionadas con la docencia o la difusión cultural, sino que es una flagrante pérdida de tiempo y energía dedicarse durante años a algo que se sabe que no se va a ser (artista estrella de la Deutsche Grammophon). Los centros superiores pueden dar la espalda a esta realidad, pero no por ello las cosas cambiarán, y el hecho de que estén financiados con fondos públicos justifica una cierta preocupación. Si existen críticas a la forma en que se han planteado estas nuevas titulaciones, se debe trabajar para mejorarlas, pero no para ignorarlas hasta hacerlas desaparecer.