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Arte y Parte 60 Arte y Parte

El crepúsculo de las sirenas

por Francisco Calvo Serraller
Arte y Parte nº 60, Diciembre/Enero 2005

Número de páginas: 3
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Michelangelo Pistoletto: La venus de los trapos
El arte se convierte, una vez más, por tanto, en promesa y distanciamiento. La perversión de Beecroft aumenta al transformar su performance en un evento fotográfico y filmado, lo que nos lleva a pensar en el amplio material pornográfico que ha producido, con uno u otro disfraz, la imagen contemporánea, algunos de cuyos hitos laten en el transfondo de esta obra. En cualquier caso, VB53, de Beecroft, nos remite a un punto de arranque ineludible: Les Demoiselles d'Avignon, de Picasso, cuyo centenario está, además, muy próximo. Esta remisión se produce, en primer lugar, por lo que afirmó Leo Steinberg acerca de la ambivalencia de la célebre tela de las prostitutas desnudas del pintor español que, en un momento dado, deja de ser una alegoría del hombre enfrentándose a una mujer y se convierte en una colisión con el arte. "Creo que Les Demoiselles d'Avignon" -escribe Steinberg- "cuentan con un tema insistente, al que todo lo existente en la pintura presta fuerza: el desnudo burdel interior, la complicidad del macho en una orgía de desvelamiento femenino, el directo tratamiento axial, la acción espasmódica, la explosiva liberación en un espacio costreñido, y la reciprocidad de succión y penetración. El cuadro es envolvente y traspasador a un tiempo: clasifica, funde y se atraviesa" (...) "Pero se trata también de lo opuesto, de una unión forzada entre una imagen onírica y la realidad. El cuadro trata de la imagen en su otredad, trabada con el mundo real. Y como esos místicos de antaño que usaban la metáfora sexual para expresar la unión última con lo divino, Picasso habría usado la sexualidad para hacer visible la inmediatez de la comunión con el arte. La forma explosiva y el contenido erótico se vuelven metáforas recíprocas la una de la otra".
Para terminar volvamos, sin embargo, a lo que al comienzo se describió como una extraña floración orgánica en el mantillo amontonado de un invernadero botánico, a esas carnales, como diría Valéry, "flores de ceniza". Toda la acción discurre en la transición luminosa de un crepúsculo. El drama narra la descomposición mortal de lo viviente. Estamos ante la caída de las sirenas, esos peligrosos seres legendarios convertidos en estatuas, enmudecidos, vitrificados. Su silencio distante, envuelto en el rumor discreto de los navegantes que las circunda, se convierte en una música herida de anhelos postergados. No se escucha, pero se produce una sonoridad melancólica interior de majestuoso ritmo lento wagneriano. Sentimos en nosotros el crepúsculo de las sirenas. Cae en nosotros la noche y el arte se transfigura en una reminiscencia inalcanzable.
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