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Arte y Parte 60 Arte y Parte

El crepúsculo de las sirenas

por Francisco Calvo Serraller
Arte y Parte nº 60, Diciembre/Enero 2005

Número de páginas: 3
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Realizada el 23 de junio de 2004, en el Tepidarium de Roster, del Giardino dell'Orticultura de Florencia, la performance VB53 , de Vanessa Beecroft (Génova, 1969), está constituida por un montículo de negra tierra de labor, emplazado en el centro de este típico invernadero de cristal y hierro del siglo XIX, muy similar al Palacio de Cristal, del parque del Retiro de Madrid, en medio del que, cual si fueran floraciones de un huerto cultivado, surgen veintiún cuerpos desnudos femeninos. Éstas son mujeres reales, la mayor parte jóvenes y hermosas, aunque hay alguna que puede bordear la cuarentena, pero sin haber perdido una equivalente bella esbeltez. Casi todas son de piel blanca, aunque también las hay mulatas y negras, si bien, observadas con atención, forman prototipos físicos variados, desde morenas de origen latino hasta rubias nórdicas y pelirrojas. Su ubicación en el montículo de tierra, que forma una elipse en el centro del edificio, está rígidamente determinada mediante una secuencia que es 1-4-7-3-6. Por otra parte, las del primer término son de pelo negro o castaño oscuro, mientras que, en el segundo, abundan las de cabello rubio o claro, salvo las dos mujeres negras de este grupo, una de las cuales tiene el pelo rapado. Sus cuerpos son muy semejantes entre sí en estatura y proporciones, aunque, al estar enclavadas a diferente altitud del montículo, se pierde la perspectiva entre lo que es así físicamente o puede parecerlo según la posición más elevada o más baja que ocupan. Por último, hay que subrayar que se trata de desnudos integrales, calzados con sandalias de tacón atadas con lazos, azul pálido para las de piel blanca y negros para las de color, y todas con los ojos pintados y grandes pestañas artificiales, distinguiéndose entre sí tan solo porque el grupo del primer término tiene unas largas melenas que caen en abundante cascada casi hasta la altura de sus pies, mientras que las del centro tienen una media melena natural y las restantes el pelo rapado o recogido en una tupida malla, como las que se usan cuando alguien se pone peluca.

Performance en el Tepidarium
A esta primera y sumaria descripción de los elementos constitutivos de esta performance , hay que añadir que las instrucciones recibidas por las modelos, no todas profesionales, eran permanecer de pie, con los agudos tacones clavados en la blanda tierra, en una posición hierática, sin hablar, ni, en principio, moverse, y, por supuesto, cuando el público invitado accedía al edificio y la rodeaba, sin establecer ningún tipo de relación con él. La performance se iniciaba a las 19 horas y duraba hasta las 22 horas, lo que, teniendo en cuenta la fecha de su celebración original, justo al comienzo de la estación estival, abarcaba el momento de la transformación completa de una luminosa tarde hasta la noche cerrada, un cambio dramático crepuscular. Por lo demás, teniendo en cuenta la dificultad de mantener la misma posición corporal fijada durante horas, según pasaba el tiempo las modelos descomponían la figura y, en cierto momento, podían arrodillarse, sentarse o tumbarse en la tierra, cuya húmeda negrura maculaba sus cuerpos. Evidentemente, toda esta sucinta descripción que he hecho aquí es por completo innecesaria para quien visite la exposición, que, entre el 9 de noviembre de 2005 y el 15 de enero de 2006, se exhibe en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga. Esta muestra, titulada Vanessa Beecroft VB53 , consta de trece fotografías en color, seis de las cuales son de gran formato, 253 x 178 cm., y las siete restantes de 51 x 76 cm., así como de un vídeo, de unos cuarenta y cinco minutos aproximadamente, donde se sintetizan los momentos cruciales de la performance original, desde el principio de la misma, cuando, aún sin público, estaban las veintiún mujeres desnudas en la rígida posición inicial y en completo silencio, hasta la posterior irrupción del público, cuya conversación generaba un murmullo en la estancia y las modelos iban abandonando su original compostura. El efecto del proceso se asemeja a la de una plantación fresca y rutilante que progresivamente se va ajando y los tallos se doblan, quiebran o caen. Por otra parte, aunque todo el material audiovisual ahora exhibido en Málaga, gira sobre la performance , hay que advertir que algunas de las fotografías no muestran sólo el conjunto de mujeres en el montículo, sino que también están retratadas individualmente, por separado, de cuerpo entero, destacando su silueta desnuda sobre un muro de piedra, exactamente en un lugar donde unas enredaderas de color verde circundan verticalmente su figura, mientras que en el suelo, donde apoyan sus sandalias, está cubierto por grandes hojas de parra. Este natural marco verde vertical da la impresión de haberse producido por el correr del agua de una fuente o caño. En cualquier caso, cuando la modelo está en posición firme, y, en especial cuando la que posa en el retrato es una mujer negra larga melena, la primera impresión visual del espectador es la de estar ante una hendidura profunda, una especie de palpitante sexo femenino.
Aún sin haberse visto las imágenes, con lo que he enunciado hasta aquí acerca de esta performance de Beecroft, basta y sobra para reconocer que hay en ella una densidad simbólica y metafórica de tal enjundia atávica, que como quien dice, el comentario estético y/o antropológico podría ser interminable. Es así, en primer lugar por lo que se refiere al tema del desnudo, que constituye por sí mismo un género artístico, cuya alargada historia Beecroft no deja de tener en cuenta desde ninguno de sus aspectos formales y simbólicos como, por ejemplo, el de los prototipos de Eva o Venus, pero también el muy subrayado de la Magdalena evangélica, cuyos alargados cabellos entrelazaron los pies de Cristo, pero cuyo legendario retiro penitente tantas veces fue representado en el arte occidental como el de una bella mujer semidesnuda postrada en oración dentro de una húmeda cueva. Eva, Venus o Magdalena, la mujer desgarrada por el placer o el dolor, abismo de pecado o de culpa; abismo de vida, generatriz, gestante, fecunda tierra madre.
A partir de estos arquetipos de lo femenino, hay un verdadero aluvión de imágenes artísticas, cuya enorme pregnancia simbólica atraviesa los tiempos y, por supuesto, llega hasta la secularizada sociedad contemporánea y, por supuesto, como así lo corrobora la performance de Beecroft, hasta la actualidad. Según declaró la propia artista, resultó determinante para dar forma definitiva a su performance la visión de los cuadros de Botticelli y de Filipino Lippi, hijo del monje pintor Fra Filippo y de una monja, Lucrezia Tutti. La primera parte de la vida de Sandro Botticelli tampoco fue particularmente edificante hasta que fue conmovido por las exaltadas predicaciones del fanático Savonarola, pero, al margen de las anécdotas biográficas de estos pintores, está claro que lo que a Beecroft le interesó de ambos fue su sofisticado modelo físico de mujer, de sinuoso contorno, alargada figura y una refinada sensualidad en contraste con su expresión fisionómica ensimismada y melancólica. Hay algo como de aún gótico en estos desnudos florentinos, cuyo dibujo se cimbrea como una delgada línea de fuego; algo que podría describirse como "pasión helada", cuerpos de evidente movilidad orgánica, cuerpos vegetales, tallos de flor, pero con un no sé qué de cristalino; cuerpos excitantes, pero inalcanzables; cuerpos provocadores, pero cuya alma es inaccesible: cuerpos que, como en el cuadro de Nastagio degli onesti, son agredidos y eviscerados, aunque siempre renacientes, fuentes de una exasperación inagotable.
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