Toda una promesa de resurrección para las vetustas ciudades del continente, del mundo, tan fértilmente abonadas por las voces de su pasado, constantemente eclipsadas por el esnobismo de ciertos comisarios obsesionados en encontrar al nuevo mesías del Arte moderno en cualquier aldea de Mongolia o Mauritania. Puede nacer en cualquier parte, pero la genética y las raíces también cuentan (especialmente si están ancladas en algún país del G8).
El hombre que tenía rayos X en los ojos
Estilísticamente la obra de Neo Rauch ha evolucionado desde unos principios, en los primeros noventa, con unas obras en tintas planas (a veces sólo negro sobre papel amarillento) en las que los grafismos y el dibujo construían la pieza a modo de collage de elementos tipográficos, alusiones a grabados, ilustraciones comerciales y técnicas serigráficas, mezclado todo ello con una cierta gestualidad expresionista (él reconoce su deuda con algunos artistas del nuevo expresionismo alemán), y en el que sus figuras empiezan a aparecer tímida y fragmentariamente presagiando el complejo universo pictórico que es en la actualidad.
Poco a poco aparecieron su interés por las arquitecturas (del chalet alpino a las pesadillas estalinistas), las maquetas, los trabajadores, la gente uniformada, los artilugios mecánicos, y el color se fue haciendo cada vez más protagonista, cada vez más deudor de la estética de las revistas a dos y tres tonos, de los manuales de instrucciones y de los cómics. A veces los personajes tienen pestañas como los de las figuras recortables que destacan su bidimensionalidad.
A partir de 2002 la obra de Rauch toma un giro hacia una mayor congruencia del espacio pictórico, los encuentros entre elementos se hacen más posibles y, en parte, desaparecen los huecos y los planos "sin pintura" del cuadro. Hay un giro hacia la tradición romántica y a los recursos tradicionales de la pintura occidental, siempre desde su peculiar óptica y extraño uso del color (tomado a veces, según cuenta, del coloreado de ciertos álbumes de historieta). Esta probabilidad, este acercamiento a lo generalmente aceptado como real, es lo que los ha hecho ganar en desasosiego y turbulencia, emoción al fin. Cuanto más se nos parecen estas visiones del otro lado de la puerta, más despiertan nuestros recuerdos olvidados, y, con ellos, nuestras pesadillas y temores.
En la crítica que Jerry Saltz le hacía a su última exposición en la galería neoyorquina David
Zwirner
[ 5 ] comentaba que debía ser muy difícil convivir con estos cuadros: no lo creo, me parece mucho más inquietante vivir con uno de esos cuadros de restaurante con vista de Albufera, o un abstracto de medio pelo o con una de tantos falsos gurskys que pululan por ahí. Porque, a pesar de sus inquietantes moradores, las obras de Rauch transmiten una extraña serenidad, como de calma después de una tormenta, de cielo a punto de abrirse a un azul esperanzador y cuando el cuadro se llena de parafernalia cercana a la violencia siempre tiene algo de circense y pantomima.
Viaje relámpago

Neo Rauch: Ufer, 1993. Óleo sobre papel, 293 cm Ø.
Galería EIGEN+ART Leipzig/Berlín. |
En una entrevista/encuesta que le hizo Alison M. Gingeras (comisaria también de la exposición
Cher peintre, peins-moi/Liebe Maler, male mir/Dear Painter, Paint Me [ 6 ] , significativa del nuevo interés despertado por ciertos pintores en la
mainstream del arte contemporáneo) para Flash Art en el 2002, Neo Rauch explicaba así su proceso creativo: "Cuando estoy delante de un lienzo en blanco es como si estuviera ante un muro de niebla. Antes de dar un arriesgado paso en este territorio desconocido, la cuestión que se me plantea es la de qué encontraré allí y qué equipo necesitaré para emprender con éxito esta excursión".
"Con estremecimiento abro las diversas habitaciones contaminadas y cojo materiales variados para almacenarlos temporalmente en los territorios de mis cuadros. Saco temerosamente motivos de los barracones en cuarentena y les ofrezco la posibilidad de mudarse a mis habitaciones de niebla. Me aseguro que sean cómodas instalando un poco de cultura allí y, en todas estas acciones, soy felizmente consciente del estrecho barranco por el que podría caer de cabeza a lo absurdo, lo banal y lo vergonzante. Así que, a mi manera, trabajo en territorios fronterizos, que es donde deberían estar instalados siempre los estudios de los artistas"
[ 7 ] .
Gran parte de la creación contemporánea -como diría Buñuel de la ciencia- "ignora el sueño, el azar, la risa, el sentimiento y la contradicción, cosas todas que me son preciosas"
[ 8 ] . No es el caso de Neo Rauch, que prefiere aceptar todo tipo de riesgos antes de caer en lo inocuo; él es un alemán de estirpe wagneriana, más cerca del
Sturm und Drang (tormenta e ímpetu) que de los gélidos conceptualismos de algunos de sus compatriotas.
"Constantemente tengo que reprimir al dubitativo, al inmaduro, al conservador y al virtuoso que hay en mí o, al menos, intentar compensar estos antagonismos apropiadamente. Las cualidades alegóricas de estas circunstancias van automáticamente de cabeza al lienzo". Otra pesadilla en los límites de la realidad para cualquier artista: eliminar de entre todos los gemelos posibles a los que estorban para realizar una obra coherente y con sentido, y disparar, en la habitación de los mil espejos, en la dirección adecuada sin acabar dañado.
Neo Rauch ataca directamente el papel o el lienzo, sin bocetos previos, aunque teniendo claro en su mente qué quiere decir. "Una pieza de arte es instinto bajo control"
[ 9 ] . Y en la gran prueba de los grandes formatos sobre papel, un medio mucho más directo y que deja ver los trazos del proceso, intuimos que, en efecto, la jugada está trazada mucho antes de que la carambola se forme ante nuestros ojos sobre el tapiz del billar.
Las maneras en que se van desvelando estos trabajos son tremendamente variadas, ricas en procedimientos gráficos y en formas de aplicar el color. Rauch juega con la transparencia y la opacidad de la materia, con momentos desaliñados y otros tremendemente pulcros, pasa de una masa boscosa de apariencia de grabado a un oportuno chorrete, con recursos extraídos de la buena y la mala pintura, con todo el desparpajo del artista que se encuentra en periodo de gracia, como se puede comprobar en sus exposiciones para Málaga y la Albertina de Viena, o en Renegaten, su reciente exposición neoyorquina.
La invasión de los ladrones de cuerpos
"No considero que mi taller sea parte del fluir del tiempo sino más bien una terminal de pasajeros conectada a la presa que lo contiene. Sus grandes orillas hacen que se acumulen formas y depósitos especiales para coleccionar". Y en esa avalancha de la que aprehender sus tesoros Rauch extrae "...elementos como Balthus, Vermeer, Tintín, Donal Judd, el pato Donald, el ‘agitprop' y la chatarra publicitaria" que, según él, "pueden fluir juntos en el sembrado de un paisaje de mi infancia y generar un conglomerado de injertos sorprendentemente razonable". Intentemos hacer una lista de las influencias que se le atribuyen (por uno u otro autor) al artista alemán: Jorg Immendorf, David Salle, Caspar David Friedrich, De Chirico, René Magritte, Paul Delvaux, Balthus, Lucien Freud, el constructivismo, el realismo soviético, Hergé, Oskar Sclemmer, Georg Baselitz, Francis Bacon, Giotto, Piero della Francesca, Max Beckman, Corot, Derain, Edgard P. Jacobs, Robert Crumb, Hannes Hegen, Daniel Clowe, Edward Hopper, Courbet, Delacroix, Kippenberger... y podría seguir así un buen rato.