You're traveling through another dimension, a dimension not only of sight and sound but of mind; a journey into a wondrous land whose boundaries are that of the imagination.
Next stop: THE TWILIGHT ZONE.
Rod Serling, Introducción a un capítulo de la serie de TV [ 1 ]
Dimensión desconocida ( The Twilight Zone ) fue una serie de finales de los cincuenta interesada en conectar las puertas de la realidad con las de nuestros sueños y miedos, de los más antiguos a los más nuevos. Al principio de cada capítulo Rod Serling, su creador -y guionista de El planeta de los simios entre muchas otras- introducía con unas cuantas líneas el planteamiento de la historia. Ésta incluía muchas veces paradojas espacio-temporales, personajes de otros mundos conviviendo con tranquilas familias de provincias, sustancias de propiedades desconocidas, emisiones de televisión peligrosamente seductoras, premoniciones, astronautas y científicos, perdedores y ganadores hermanados ante los caprichos de un mundo raro.
Los capítulos más perturbadores eran los que transcurrían en ambientes más normales: una maestra de escuela de un pueblo acechada por su propia imagen de niña, un vendedor ambulante que mantiene conversaciones con su conciencia a través del espejo, una belleza que ha de operarse para poder sobrevivir en un mundo de seres deformes que la discrimina... En una época de censura televisiva (no exclusiva de los países del telón de acero) Serling podía poner en boca de un marciano expresiones que nunca diría un republicano o un demócrata en voz alta.
En ese tiempo de sueños americanos y paraísos socialistas se engendraron algunos de los grandes clásicos del tebeo y del cine fantástico: los castillos de arena resquebrajados son un terreno fértil para los fantasmas y los mundos paralelos. En esta zona crepuscular es donde ha instalado su caballete Neo Rauch.
El hombre invisible

Neo Rauch: Weid, 2001. Óleo sobre papel, 300 cm Ø.
Museo Solomon R. Guggenheim, Nueva York. |
Tras la caída del muro de Berlín los ojeadores del arte internacional pusieron su atención en lo que estaba pasando más allá del Checkpoint Charlie. Visto desde Occidente el otro lado del telón de acero parecía un territorio reprimido y atrasado, representado por multitudinarias manifestaciones populistas y estéticas ancladas en el pasado: un reducto para los buscadores de lo exótico dentro de las fronteras de Europa. Aunque la obra de Neo Rauch (Leipzig, Alemania, 1960) ya se pudo ver en algunas colectivas internacionales (Como en
After the Wall o en otras iniciativas del Instituto Goethe) no fue hasta que Harald Szeemann lo fichó para su
Platea de la Humanidad , en la Bienal de Venecia del año 2001, que el artista alemán entró dentro del punto de mira de la crítica internacional. Era una de esas cíclicas temporadas de letargo de la pintura, que siempre sirven para resucitar los cánticos de los agoreros de su muerte, pero en los que una nueva audiencia de aficionados reciben cualquier gota de óleo como señales de un nuevo maná. Rauch sorprendió con unas enormes composiciones que remitían iconográficamente a los años cincuenta y que la crítica señaló como imágenes de la utopía fallida del socialismo, una cantinela que le ha perseguido desde entonces y que, si en un primer momento le sirvió como marchamo para que alguien se fijara en un tipo de creación supuestamente demodé, se nos aparece ahora como demasiado reduccionista para los verdaderos intereses del pintor.
Los pintores alemanes del este se nos vendían, como la madre del protagonista de la exitosa película
Good bye Lenin! [ 2 ] , como perdidos en un pasado que no sabían que había acabado, recreando fórmulas gráficas de la propaganda comunista mientras viajaban a sus talleres comunitarios en sus utilitarios Trabis. Pero con sólo seis obras (
Tank ,
Übung ,
Nerv ,
Tabu y las circulares
Weid y
Regel ) nuestro hombre pasó de la invisibilidad a la visibilidad en el mundo del arte: el platillo lleno de secretos del Planeta Leipzig aterrizó en un territorio ávido de nuevas voces, despertando el interés, al menos, de los curiosos que no exigen pasaportes de modernidad ante una obra emocionante.
Planeta Leipzig
El inesperado éxito de Neo Rauch atrajo la atención hacia este rincón de la vieja Europa, perdida en algún cajón de nuestra memoria gracias a su conexión con Johan Sebastian Bach, con Goethe, o con alguno de esos héroes de hielo de la extinta RDA (como gustan de llamarla en los telediarios) de pasadas retransmisiones olímpicas; o por ser la patria de Max Beckman, una de sus influencias reconocidas, y Richard Wagner, el médium de los nibelungos.
En 1960 empieza la historia del pintor, hijo de unos jóvenes pintores que fallecen en accidente ferroviario cuando él era muy pequeño y que le pusieron el extraño nombre de Neo. Los que han transmitido esta anécdota de su vida lo imaginan rodeado de los cuadros de sus progenitores, que velan, desde una dimensión desconocida, los pasos del artista adolescente.
El joven Nietzsche, estudiante en Leipzig, escribe desde allí cien años antes: "¡A esta edad! ¡Qué no absorberá el joven ser, qué no influirá mínimamente en sus actos!", y, en una de esas grietas temporales, el pintor lo escucha decir: "una vez que la vida se ha mostrado ante él como algo enigmático, tendrá que atenerse, conscientemente pero con severa resignación, a aquello que es posible conocer y, en esta amplia comarca, llevar a cabo su elección proporcionalmente a sus capacidades"
[ 3 ] . Neo siempre se había sabido pintor: "ser pintor es un fenómeno natural"
[ 4 ] según sus propias palabras, y en ese cruce de épocas y mundos, en esa gran estación europea, tan sugerentemente descrita por Juan Manuel Bonet en su texto para el catálogo de la exposición del CAC Málaga, empieza a crecer como creador.
En la Academia de Arte de Leipzig enseñaban Arno Rink y Bernhard Heisig, considerados modernos para los criterios de la RDA y que predicaban un profundo estudio de las técnicas pictóricas (algo que empieza a parecer una excentricidad en la mayoría de escuelas de arte occidentales). Después de la caída del muro en 1989 la escuela decidió seguir con sus postulados estéticos. Rauch recalca, siempre que puede, la importancia de este periodo que le ayudó a adquirir las herramientas que necesitaba para explicar su mundo. Afortunadamente aprendió el oficio sin intentar repetir las manidas fórmulas que sus profesores utilizaban para sus propias obras.
Y desde allí, su rincón de la provincia, (no en vano una de sus primeras grandes exposiciones se llamará Randgebiet (Periferia) el pintor va construyendo su peculiar universo de oscuros acentos que lo lleva a conseguir en el 2002 el premio Vincent (The Vincent Van Gogh Award for Contemporary Art), uno de los más importantes en el ámbito europeo. Alrededor de un pequeño núcleo central que gira en torno a Rauch, al que se añaden artistas llegados de la otra Alemania (en principio atraídos por su escuela), y con la complicidad de la galería EIGEN + ART que dirige Harry Lubke, se articula la llamada Escuela de Leipzig, la última sensación de la mercadotecnia artística. Artistas como Tim Eitel, Matthias Weischer, Martin Kobe, Tilo Baumgärtel, Christoph Ruckäberle, David Schnell y muchos otros siguen la estela del cometa Rauch y con la nueva etiqueta ya se han celebrado exposiciones colectivas en Baltimore, Miami, Cleveland, Chungnam (Corea), etc.