La artista se concebía a sí misma como un ser escindido en dualidades de diversa índole. Con una frase aparentemente trivial como "Tengo los ojos de mi padre y el cuerpo de mi madre"
[ 23 ] , las implicaciones que despierta son numerosas, ya que los ojos de la pintora son el órgano de percepción del mundo y también el centro del rostro retratado, mientras que el cuerpo es el elemento biológico que da lugar a la vida, pero que lleva inscrita la extinción.
Uno de sus cuadros más conocidos, La columna rota , muestra todos esos elementos duales del código expresivo que la artista desarrolló en su obra. El cuerpo que dos años más tarde convertiría de forma contundente en el cuerpo animal del venado aquí es todavía humano, y su desintegración sólo se hace evidente mediante la penetración científica de los rayos X, que muestran la degeneración latente de su eje estructural, su columna . Asimismo, los clavos de este cuadro fueron transformados en flechas (que simbolizan el rayo solar tanto en Grecia como en la América precolombina) en el cuadro posterior, lo cual revela una toma de conciencia estética capaz de abarcar y explicar el mundo a partir de muy pocos elementos representativos de la totalidad.
La visión integrada
Poco a poco Frida se valió de los elementos del espiritualismo indígena y de la pintura europea para producir su versión personal de la naturaleza, expresada mediante pares opuestos y complementarios. Su surrealismo queda desmentido por la contingencia que subyace a todas sus imágenes, y su
simbolismo no remite a un código histórico, sino propio: "Ya que mis temas siempre han sido sensaciones, estados de ánimo y profundas reacciones producidas en mí por la vida, con frecuencia les he dado objetividad y expresión por medio de retratos de mí misma"
[ 24 ] . El motivo por el que la obra de Frida Kahlo no puede ser encuadrada bajo ninguna de las etiquetas artísticas de su época es que parte inicialmente de un impulso espontáneo de los sentimientos, en vez de haber llegado a él tras un viaje formativo previo por el realismo.
Sus años de práctica y simultánea formación le proporcionaron contactos con las escuelas plásticas del momento, de las que ella podría haber acogido cualquiera de los presupuestos teóricos. Por el contrario, eliminó "todo lo que no surgiera de las causas líricas internas que me incitaron a pintar"
[ 25 ] . Esas "causas internas" fueron, en primer término, consecuencia del accidente que destrozó su cuerpo infligiendo sufrimiento extremo e inmovilidad para el resto de su vida. Pero sobre todo, fue la búsqueda irreductible de una sinceridad artística y su rechazo estricto de la impostura lo que determinó que su estética no discurriese por caminos pictóricos ya establecidos. Diego la definió así: "Es una persona cuyos pensamientos y sentimientos están libres de cualquier restricción impuesta (...) desprecia los mecanismos, por lo cual siempre dispone de la fuerza moral con la que un organismo primitivo hace frente a las experiencias más intensas y siempre variadas que le presenta la vida a su alrededor"
[ 26 ] .
De forma progresiva, Frida fue alienando el cuerpo de su rostro en sus autorretratos. Esa alteridad del cuerpo y la mente pasaba por una concepción intelectual del ser muy platónica, consecuencia, sin duda, de la frustración de la experiencia sensual de la naturaleza. En este estadio de división del propio cuerpo en áreas físicas irreconciliables, la cabeza permanecía en un estático primer plano psicológico del que en absoluto participa el resto de la composición.
La escisión del yo , primero biográfica y más tarde física, sugirió a Frida un método de comprensión del mundo que subyacería desde entonces en la técnica de toda su obra. Si la historia biográfica se separa en quimera y realidad, y como resultado el cuerpo se divide en cabeza -pensamiento, recuerdo, creación- y cuerpo -degeneración hasta la muerte-, la aproximación al universo natural también quedará marcada por esa dinámica de pares contrarios, en cuyas partes se desarrollará una serie de motivos pictóricos correspondientes.
Tómese el cuadro
Recuerdo o
El corazón . Según la crítica, el cuadro representaría el dolor causado por la aventura entre su esposo y su hermana Cristina. "El vacío sentido queda reflejado en el hueco atravesado por una vara a la altura del pecho. El corazón partido yace a sus pies, y su gran tamaño hace referencia al intenso dolor sufrido. La carencia de manos indica a su vez impotencia y desesperación"
[ 27 ] . Sin embargo, bajo la luz de su obra pictórica en conjunto, el cuadro invita a un análisis mucho más amplio. Del mismo modo que la lectura desde los movimientos estéticos aporta un resultado muy pobre, el análisis biográfico no puede explicar por sí solo su pintura.
El fondo de sus cuadros, como señaló en varias ocasiones, es determinante y existe en consonancia con la figura central; en este autorretrato, Frida se encuentra escindida, situada entre dos elementos materiales -el agua y la tierra/ el mar y la arena- y psicológicos -la realidad y el recuerdo. Los trajes de los que sobresalen los brazos desnudos que se tienden hacia las mangas de su chaqueta representan las dos máscaras, la de su existencia pasada -en la lejanía, como idílica quimera, el traje de sus años de escuela secundaria y convivencia fraterna, previos al accidente
[ 28 ] -, y la de su presente más cercano -el traje de tehuana, que tanto complace a Diego. Es determinante el hecho de que el brazo que agarra a la pintora surge del vestido adoptado como símbolo de su mexicanidad y de su nueva identidad artística; este vestido aparece situado en su mismo plano espacial y por ende coexiste con ella. La verdadera Frida
no está en ninguno de los dos trajes, aunque éstos funcionen como sustitución de la persona, a modo de fetiche.
Esa mano derecha (desde el punto de vista del cuadro) que se engancha a su manga es la artífice de su pintura, y paradójicamente arrastra a Frida hacia el mar, tanto que uno de sus pies está convertido en velero. El mar, como proyección de un futuro creativo, queda así enfrentado a la esterilidad del pasado y la quimera, sobre cuya arena queda abandonado un desmesurado corazón
[ 29 ] . El hueco de ese corazón, en la verdadera Frida es tan pequeño que el mensaje de dolor advertido por la crítica queda desmentido, o al menos muy reducido, por la resolución que muestra el rostro autorretratado. La artista pinta desde una distancia temporal que hace que los detalles anecdóticos de su vida queden suspendidos en la contingencia biográfica, que precisamente los hace soportables.
Como se ve, un cuadro como Recuerdo , cuyos motivos son aparentemente surrealistas, no responde a la exégesis psicoanalítica, puesto que el universo conceptual de Frida había sido adaptado a su propia visión, a falta de referentes culturales a los que adherirse. Su surrealismo resulta incompleto por el simple hecho de que Frida no es un hombre, y su andadura biográfica no la llevó al travestismo cultural en el que sí han caído otras artistas.
La ineptitud de las corrientes estéticas de las primeras décadas del siglo XX para abarcar su pintura se debe a que su herramienta teórica fundamental, el psicoanálisis, no contempla el efecto formativo que el descubrimiento de la función biológica femenina tuvo en la niña. Dado el momento histórico en el que nació, la autora se vio obligada a adaptar el método pictórico de Diego
[ 30 ] , y más delante de sus compañeros de generación, si bien su personalidad le hizo imposible la imitación de esos modelos, por considerarla una impostura: "He pintado poco, sin el menor deseo de gloria ni ambición, con la convicción de, ante todo, darme gusto... tratar hasta donde pueda de ser siempre yo misma"
[ 31 ] .