Con cuatro verbenas de buen tamaño, expuestas en 1928 en plena Gran Vía madrileña, en un lugar moderno y tan visible entonces como la redacción de Revista de Occidente, Maruja Mallo ingresó de golpe en el núcleo duro de la vanguardia española, entonces en pleno proceso neopopularista. Repasar los textos que entre aquel año, y 1936, se publicaron aquí sobre ella en la prensa y en las revistas literarias -recuerdo haberlo hecho con ella, que tenía todos esos artículos pegados en un gran álbum: la escena fue hace siglos, una tarde, en casa de José Vázquez Cereijo, que tanto la trató-, permite comprobar hasta qué punto calaron aquellas propuestas, y otras que les siguieron. También interesaron las Estampas deportivas, populares, cinemáticas y de máquinas y maniquíes, todo tan epocal, tan perfecto, tan Gran Vía en el fondo. Qué precioso, concretamente, Elementos de deporte, y qué sugerentes, entre otras cosas por la conexión Rafael Alberti, sus imágenes inspiradas en actores norteamericanos, y qué buenas las cubiertas, dentro de ese mismo espíritu, para Hércules jugando a los dados (1928), de Ernesto Giménez Caballero, o para Hollywood (1931), del peruano Xavier Abril, tan próximo entonces a Alberti. Pero no me cabe la menor duda de que hubiera sido menor el impacto de aquella muestra, sin las rutilantes Verbenas, el principal acierto de la primera Maruja Mallo.
La propia Maruja Mallo, en el primer capítulo ("1928") de su libro Lo popular en la plástica española a través de mi obra (1928-1936), acierta a traducir a palabras esas verbenas suyas, una de las cuales está en el Musée National d'Art Moderne de París, en el Pompidou, que la presta regularmente a España, pero que probablemente no la exponga jamás de los jamases, como o expondrá jamás de los jamases sus dos solanas. Texto que dice su amor por un cierto Madrid popular frecuentado por ella y por otros durante los años veinte, un Madrid que evidentemente en el momento (1937) en el cual ella escribía aquellas líneas, había quedado atrás, sustituido por el exilio porteño y la consiguiente nostalgia, un Madrid al cual de hecho tardaría casi treinta años en volver.
Colocar la verbena, en un piso de la Gran Vía, el piso de la revista más europeizante de aquella España: ascensión hasta el Madrid neoyorquino, del Madrid de San Antonio de la Florida y de la Verbena de la Paloma. Entre los testigos de aquella ascensión a aquella "piscina acuárium", como él define el local, Ramón Gómez de la Serna, el primero en realizar -por lo demás, magistralmente- la conexión vanguardia-casticismo, y que escribiría cosas maravillosas sobre esas verbenas, en su monografía porteña de 1942 sobre la pintora. "Aparece Maruja Mallo, como una verdadera primavera nueva en el aire de Madrid, como un regalo de mayo en confundida ortografía. Viene verbenera". Y así sucesivamente. Otro testigo más: Federico García Lorca, citado en el texto ramoniano, al igual que Ortega, que Alberti y que Ernesto Giménez Caballero. Y otro más: José Díaz Fernández, una especie de Franz Roh de andar por casa, que en su bonita novela madrileña, muy granviaria, La Venus mecánica (1929) convertirá a la pintora en "Maruja Montes".
Una fuente. Maruja Mallo, y Walter Spies. No he visto al natural el tiovivo del alemán, y hasta hace poco sabía bien poco sobre la vida y milagros del pintor, pero gracias primero a mi amigo Emmanuel Guigon, y luego a internet, ya se más, y ya al menos he visto reproducido en colores el cuadro del tiovivo, lo cual está mejor que conocerlo por la malísima fotografía en blanco y negro del Franz Roh, que fue, obviamente, donde la pintora fue a fijarse en esa escena, que desencadenó en ella la idea de hacer algo similar, con las verbenas madrileñas. El color, en ese cuadro de Spies, tiene algo de eléctrico, de fluorescentemente verbenero. Curiosa, por lo demás, la amplia fortuna de aquel tiovivo entre nosotros, de la cual estoy seguro de que al alemán ni noticia le llegó. Walter Spies, una novela: sobre todo su vida en el Extremo Oriente holandés, donde es consideradísimo y objeto incluso (la que fuera su casa) de turismo.
Pero volvamos de Indonesia, a las riberas del Manzanares. Las verbenas madrileñas "circa 1927", merecerían ser un día objeto de una exposición de gabinete, de cámara. Verbenas de Maruja Mallo, que son el fruto más perfecto. Pero verbenas también del Ramón del Valle-Inclán poeta, de Salvador Dalí (aunque en este caso la fiesta tenga lugar en su ciudad natal), de Carlos Sáenz de Tejada (el melancólico y ultraizante Pim Pam Pum expuesto en los Ibéricos, un cuadro monumental, de cuyo disfrute nos priva el nuevo montaje del Reina), de Alfonso Ponce de León -condiscípulo de la pintora, y otro que estudió atentamente el Franz Roh-, de Gabriel García Maroto (su delicado álbum de dibujos Verbena de Madrid, 1927, editado, en cien ejemplares firmados y numerados, por la editorial aneja a La Gaceta Literaria), de Joaquín Turina, y obviamente de Giménez Caballero, que fue quien captó la esencia de todo aquello...
Curiosa alemanización de las verbenas españolas. Si las de Maruja Mallo son un cruce de Franz Roh (de Walter Spies), y de, sí, San Antonio de la Florida o de la Verbena de la Paloma, la recién aludida Esencia de verbena (1930) de Giménez Caballero (donde Maruja Mallo sale, a través de sus cuadros, mientras comparecen en persona Ramón Gómez de la Serna y otros escritores afines, como Miguel Pérez Ferrero o Samuel Ros) es un cruce de lo mismo, y de la fantástica sinfonía metropolitana berlinesa de Walter Ruttmann (1927), un modelo imitado en todo el mundo, de París a Sâo Paulo. Eso queda claro, sobre todo, si cotejamos los respectivos finales: ambos con fuegos de artificio en el cielo nocturno de las respectivas capitales, y un FIN que en el alemán es puramente geométrico, mientras en el madrileño busca la geometría -y el detalle es sencillamente genial- en lo más cercano y castizo, concretamente en la rueda del barquillero...
El camino a Vallecas. La por siempre barradiana Puerta de Atocha, puerto de Madrid como lo veían algunos ya por aquel entonces, punto de partida ideal para deambular hacia el Sur, hacia el alfoz, hacia la periferia, hacia el extrarradio. Los arrieros de Vallecas y otras localidades de ese extrarradio, en los maravillosos cuadros que Barradas pintó a partir de su rumiar las horas pasadas en el Gran Café Social y de Oriente, aquél donde estableció su tertulia de los alfareros, aquel que dice Cansinos-Asséns en el correspondiente lugar de su Novela de un literato. La misma atmósfera de suburbio impregnado de ruralidad, en el dibujo de Alberto, 1924, para la revista lucense Ronsel, dibujo cuyo original pertenece a la colección del Reina Sofía.