Sexto capítulo de la serie y una nueva tonalidad a examen, la
décimo quinta si no me fallan las cuentas (ya sólo me restan
nueve por tratar). Abundan en la literatura musical las sinfonías
y conciertos en esta tonalidad de Do Mayor, cuya armadura, al igual que
la de la tonalidad con que inaugurábamos la serie (La Menor), no
presenta ningún accidente o nota alterada, es decir, no contiene
ni bemoles ni sostenidos, y es, por tanto, una tonalidad blanca, denominación
que se me antoja obedece tanto a su "limpieza gráfica"
como al hecho de que cualquier melodía en estricto Do Mayor puede
tocarse con las teclas blancas del piano, sin que haya necesidad de pulsar
ninguna tecla negra (se usan los semitonos naturales). Es Do Mayor una tonalidad
poderosa y brillante y comparte con todas las tonalidades del modo menor
la marcada centralidad de la nota tónica, pues la distancia de semitono
entre los grados séptimos y octavo de la escala (aquí Si y
Do) precipita a aquél sobre éste (en otras palabras, la nota
Do en la tonalidad de Do Mayor afirma su presencia mucho más insistentemente
que cuando funciona en el marco de la tonalidad de Do Menor, donde, en principio,
hay doble distancia entre los grados séptimo y octavo de la escala,
o sea, aquí, Si bemol y Do).
Como en otras ocasiones, mi repaso comienza con el miembro más
insigne de la familia Bach. En efecto, la Suite-obertura nº1
del músico de Eisenach, de hacia 1718, es seguramente la más
antigua obra orquestal en Do Mayor conocida hoy por el aficionado medio.
Escrita para cuerda, continuo, dos oboes y un fagot, y con una duración
de veinticinco minutos, se suceden en ella las siguientes danzas: Courante,
Gavotas I y II, Forlana, Minuetos I y II, Bourrées
I y II y Passepieds I y II. También debemos
a Juan Sebastian Bach el Concierto para dos clavecines BWV 1061 y
el Concierto para tres clavecines BWV 1063, ambos en Do Mayor, donde
la orquesta, reducida a un conjunto de cuerda, juega un papel secundario,
muy especialmente en el caso del BWV 1061, que quizás tuvo
su origen en una composición para teclado solo.
No podían faltar entre las numerosas sinfonías de Haydn
(autor también del espléndido Concierto para violonchelo
en Do Mayor redescubierto en 1961) algunas escritas en la tonalidad
que nos ocupa. Los cinco ejemplos más destacados son los siguientes:
la Sinfonía nº48 (1769), apodada María Teresa
por la emperatriz austriaca ante quien se interpretó la obra en 1773,
que incluye en su instrumentación trompetas y timbales (de modo similar
a lo observado en las otras dos sinfonías en Do Mayor de la etapa
Sturm und Drang); la Sinfonía nº60 (1774), apodada El
distraído por la pieza escénica de Regnard para la que
Haydn escribió la sinfonía como música incidental,
que se estructura en seis movimientos llenos de contrastes (clara denuncia
de su origen teatral); la Sinfonía nº82 (1786), perteneciente
al grupo de las parisienses, justifica su zoológico apodo, El
oso, por la evocación de la danza del plantígrado en el
Vivace final; la Sinfonía nº90 (1788), para cuerda,
flauta, oboes, fagotes, metales y timbales presenta una novedad absoluta:
la introducción lenta está ligada temáticamente a los
primeros compases del Allegro que viene a continuación; y,
por último, la Sinfonía nº97 (1792), del grupo
de las doce Sinfonías Londres, es una partitura magistral
cuyo primer movimiento (Allegro) constituye una de las cimas de la
creación haydniana.
Por su parte, Mozart escribió varias obras en Do mayor. Por ejemplo,
la Sinfonía nº 28 (1774), que, según los Massin,
supone el "acta de nacimiento de la sinfonía moderna" y
que inspiró además este comentario de Paumgartner: "De
la despreocupada atmósfera festiva de aquellos tres movimientos reunidos
con tanta soltura [se refiere a la Sinfonía nº22, también
en Do Mayor] pasamos ahora a una obra cíclica, casi igualmente festiva,
pero temáticamente tejida con arte sutil". Sin que podamos olvidarnos
de la Sinfonía nº34 (1780) y, menos aún, de la
Sinfonía nº36 (1783), apodada Linz por haber sido
redactada en esa ciudad en tan sólo tres días, lo cierto es
que la Sinfonía nº41 en Do Mayor (1788), apodada
Júpiter por su carácter majestuoso y sus medidas olímpicas
(supera en duración a todas las sinfonías del siglo XVIII),
representa la culminación de la sabiduría orquestal de Mozart,
y su último movimiento (Molto allegro en 2/2) exhibe una de
las más imponentes arquitecturas musicales de todos los tiempos:
"La verdadera fuga, que superpone de manera extraordinaria los cinco
temas, dura solamente 30 compases, pero está siempre latente como
alusión y contrapunto" (Greither). También figuran en
Do Mayor, entre otras obras suyas, el Concierto para piano nº21
(1785), famoso por su lírico Andante, y el delicado, bellísimo,
Concierto para flauta y arpa (1778). En este punto podemos recordar
una curiosa sinfonía en Do Mayor debida a Carl Ditters von Dittersdorf,
un compositor alemán contemporáneo de Mozart, que lleva por
título Las cuatro edades del mundo y está dividida
en cuatro movimientos: Larghetto (Edad de Oro), Allegro vivace
(Edad de Plata), Menuetto (Edad de Bronce) y Presto (Edad
de Hierro).
La aportación de Beethoven al repertorio orquestal en Do Mayor
se limita a dos partituras tempranas y una del periodo medio. Me refiero
al Concierto para piano nº1 (1798), que cronológicamente
ocupa el segundo lugar de la colección, a la Sinfonía nº1
de 1799-1800, todavía cortada por el patrón de Haydn, y al
Triple concierto para violín, violonchelo y piano (1804),
que se alza como uno de los pocos ejemplos significativos de concierto para
dos o más instrumentos solistas.
Entre las sinfonías del pleno Romanticismo figuran dos imprescindibles
en la tonalidad de Do Mayor. Son, por supuesto, la Novena Sinfonía
de Schubert (quien también escribió en esa tonalidad su Sexta)
y la Segunda Sinfonía de Schumann. Aquélla, apellidada
La Grande, data de 1828 (el año de la muerte del compositor),
pero no fue estrenada, por Mendelssohn, hasta 1839. Schubert repite el contingente
instrumental de la precedente e inacabada Octava Sinfonía
en Si Menor y emplea su mismo lenguaje orquestal: papel privilegiado
de las trompas, diálogos entre cuerdas y vientos, pulsación
confiada frecuentemente a los pizzicati de las cuerdas... por no hablar
de la similitud estructural entre los nueve primeros compases de las dos
obras (la Octava, una vez transpuesta a la tonalidad contigua de
Do y al triunfante modo mayor, ¿no halla su completitud en la Novena?).
En cuanto a la Segunda schumanniana, terminada en 1846 (es, en consecuencia,
la tercera en orden cronológico), apuntar sólo el libérrimo
manejo de la forma sonata tan del gusto de su autor y la inclusión,
como página sublime, del célebre Adagio en do menor
y 2/4, el más bello movimiento lento de su autor, en cuyo apasionado
cromatismo muchos vemos una anticipación del Tristán e
Isolda wagneriano.
Aunque hasta finales del siglo XIX no se encuentren otras sinfonías
y conciertos en Do Mayor de calidad comparable, deseo citar al menos la
Tercera Sinfonía del sueco Franz Berwald (estrenada en 1905,
sesenta años después de su composición), la juvenil
Sinfonía en Do Mayor de Bizet (1855), la Primera Sinfonía
de Balakirev (comenzada en 1864 y terminada en 1897) y la Tercera Sinfonía
de Rimsky-Korsakov (estrenada en 1869 y varias veces revisada), que, como
obra programática, en realidad una suite sinfónica, ilustra
un cuento oriental de Senkowsky.