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La cultura pasa por aquí
Ritmo 784 Ritmo

Deborah Voigt

por Jaume Radigales
Ritmo nº 784, Marzo 2006

Número de páginas: 2
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Pero deje que insista en el tema de lo físico, porque me parece sumamente importante en los tiempos que corren: hay que ser un poco humano y tocar con los pies en el suelo. Basta con salir a la calle y fijarse en la gente de a pie: nadie es perfecto, porque todos tenemos nuestras cosillas, defectos, aspectos de nuestro cuerpo que no nos gustan... y, claro, es indignante que un teatro prescinda de un cantante porque no considera creíble que aquel personaje pueda ser amado por alguien. Yo con mi sobrepeso siempre he tenido a un hombre que me amara.
Además, la ópera es el acto más inverosímil por antonomasia: nadie va por la calle cantando su amor al prójimo o a su pareja...
¡Ja, ja... !... Justamente, de eso se trata, es exactamente así...
¿No obstante, tiene proyectos para el Covent Garden?
Estamos hablando de ello. Y creo que habrá cosas interesantes, pero aún es prematuro revelar nada.
EMI lanzó el pasado verano una edición de Tristán e Isolda considerada la última grabación en estudio. ¿Cree que el futuro de la ópera es eminentemente audiovisual, ante el auge y el bajo coste del DVD?
No lo sé, pero intuyo que sí. Y ésa puede ser una de las razones por las cuales se permite a los teatros que echen a una soprano por estar gorda. Esto va a ser muy duro para los cantantes que son eso, cantantes, y no actores. Dios ha puesto grandes voces en envoltorios a veces un poco grandes. La verdad es que temo un poco por el futuro de la ópera, porque llegará el momento en que se preferirán voces insignificantes con físicos espectaculares. Al mismo tiempo, entiendo que la ópera debe cambiar para mantener a un público fiel y para ganar nuevas generaciones de espectadores. Se debe encontrar el equilibrio entre el buen nivel musical y el aspecto físico.
Usted protagonizó una de las grabaciones a mi modo de ver más interesantes, completas y excitantes de los últimos años: aquella Ariadne auf Naxos que fue también el último registro de Sinopoli. ¿Qué recuerdos tiene de ella?
Bueno, pues la verdad es que todo pasó muy rápido, porque la grabé en tan sólo dos días... Creo que no fue un sueño porque ahí está el disco compacto. Los recuerdos son difusos, pero queda como imborrable la figura de Sinopoli, porque fue la última vez que le vi y además ha sido un director muy importante en mi vida artística. El pobre estaba muy nervioso y fumaba todo el rato. Y, ¿sabe? No vi en ninguna de las sesiones de grabación a Ben Heppner, que también participaba en el reparto.
En uno de sus recitales en el Liceu la vi hacer un gesto irónico, muy valiente y crítico hacia el público que no paraba de toser entre pieza y pieza. ¿Cómo es el público de ópera y conciertos?
Bueno, la verdad es que no me acuerdo del gesto que usted comenta. Pero sí puedo decirle que el público es muy distinto dependiendo de donde me encuentre. El de Barcelona, por ejemplo, es muy atento y silencioso. En los recitales entiendo que la gente haga ruido (aunque moleste a los artistas) porque hay como una apatía: la gente se comporta en general como si estuviera en casa viendo la televisión. Y hay veces en que el público se olvida de que está en un teatro.
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