Los ladrones del mar han recibido varias denominaciones: así, los bucaneros
y filibusteros franceses e ingleses saquearon en los siglos XVI y XVIII los galeones
y establecimientos comerciales españoles en las Antillas (las islas de
Tortuga y Jamaica evocan todavía calaveras y barriles de ron), los corsarios
trabajaron al servicio de diferentes estados en el Mediterráneo y el Atlántico
a partir del siglo XV, y piratas fueron (además de los anteriores) los
bandidos del mar en la Antigüedad y la Edad Media, los berberiscos del siglo
XVI con base en Argel, Trípoli o Túnez (recordemos a los hermanos
Barbarroja) y los salteadores que operaron hasta el siglo XIX en otras áreas,
como el océano Índico y el sudeste asiático, representados
éstos en la literatura por el Sandokán malayo de Emilio Salgari.
De todos modos, la frontera entre pirata y pirata corsario es a menudo borrosa.
Hubo, por otra parte, féminas entregadas a estos actos de pillaje, como
las hoy muy estudiadas Anne Boney y Mary Read, pero los piratas más famosos
siguen siendo Francis Drake, Henry John Morgan y John Hawkins, además,
claro, del ficticio Long John Silver de "La isla del tesoro" de R.
L. Stevenson.
Este mundo ha tenido escaso reflejo en la música operística o sinfónica.
Las primeras obras de alguna importancia datan del siglo XIX (lejos ya la época
dorada de la piratería), cuando la nueva sensibilidad romántica,
puesta de manifiesto en los versos de Lord Byron ("El corsario", 1814)
y José de Espronceda ("La canción del pirata", 1836),
transformó al pirata en héroe proscrito, seductor irresistible y
campeón de la libertad, un arquetipo que, con connotaciones morales adicionales,
reaparecerá luego en el cine de aventuras de Hollywood (salpicado por cierto
de estupendas bandas sonoras), donde el pirata es, frecuentemente, un rebelde
que lucha contra la injusticia social.
Il pirata, con un libreto de Felice Romani basado en la adaptación francesa
del drama del irlandés Charles R. Maturin "Bertram" (nada que
ver, por tanto, con "The Pirate" de Walter Scott), es la tercera ópera
de Vincenzo Bellini, la más extensa de las suyas y la que le aseguró
un puesto en la escena italiana de aquel tiempo. Con el apoyo del famoso empresario
Domenico Barbaja, el estreno tuvo lugar en el Teatro de la Scala de Milán
el 27 de octubre de 1827. La acción se sitúa en el siglo XIII y
los personajes principales son Gualterio, jefe de una partida de piratas aragoneses,
el duque de Caldora, rival de Gualterio, e Imogene, dama noble casada contra su
voluntad con el duque. El libretista suavizó el carácter diabólico
del Gualterio original y lo presentó simplemente como un amante despechado
y enemigo político de Ernesto, duque de Caldora. Destacables números
de esta ópera recuperada por Maria Callas en 1959 son el recitativo, aria
y cabaletta de Gualterio (tenor) Io vivo ancor y el dúo de Gualterio e
Imogene (soprano) Pietosa al padre, ambos del Acto I, y el aria de la locura de
Imogene del Acto II, un pasaje tremendamente exigente en lo vocal.
Il corsaro, ópera de Giuseppe Verdi con libreto de Francesco Maria Piave,
se estrenó en el Teatro Grande de Trieste el 25 de octubre de 1848. El
poema narrativo de Lord Byron ya había sido objeto de adaptación
operística en 1831 (música de Pacini y libreto de Ferretti)), pero
Verdi y Piave, aunque en esta ocasión no alumbraron una obra maestra, superaron
con creces a su predecesora. El personaje central es Conrado, capitán de
los piratas del mar Egeo, que combate a los turcos pero que en realidad está
en guerra con la humanidad entera a causa de un desengaño sentimental.
Existen otras óperas relacionadas con la piratería, aunque en pequeño
grado. Por ejemplo, L'italiana in Algeri de Gioacchino Rossini, con libreto
de Angelo Anelli y estreno verificado en el Teatro San Benedetto de Venecia el
22 de marzo de 1813, uno de cuyos personajes es Haly, jefe de los piratas de Mustafá,
bey de Argel, un papel de tercer bufo que cuenta sin embargo con un aria importante
en el Acto II, Le femmine d'Italia. O la verdiana Simon Boccanegra, con
libreto de Francesco Maria Piave basado en la tragedia homónima del español
Antonio García Gutiérrez, que, estrenada en La Fenice de Venecia
el 12 de marzo de 1857 (una segunda versión, con libreto reelaborado por
Arrigo Boito, se estrenó en Milán en 1884), tiene como protagonista
a un ex corsario y dogo genovés del siglo XIV.
Reseñemos también la opereta Los piratas de Penzance, con música
de Arthur Sullivan y libreto de William S. Gilbert, estrenada en Devon el 30 de
diciembre de 1879. Subtitulada El esclavo del deber, la acción gira en
torno a una banda de piratas de la costa de Cornualles. Uno de ellos, el joven
Frederic, desea abandonar esta forma de vida (incluso enrolarse en la policía
para luchar contra la piratería) en cuanto tenga 21 años y quede
liberado del juramento de lealtad hacia sus compañeros. En el momento oportuno
se le informa de que, como nació en año bisiesto, sólo ha
cumplido cinco años y tardará mucho, por tanto, en alcanzar la anhelada
mayoría de edad...
En el campo orquestal apenas podemos mencionar otra cosa que la obertura El corsario
del francés Hector Berlioz. Basada en el poema de Lord Byron, la partitura,
proyectada en 1831 en la romana Villa Médicis, fue compuesta en Niza en
1844 y sometida a profunda revisión en 1854. Berlioz barajó otros
títulos para la obra, como La torre de Niza y El corsario rojo, este último
en homenaje a un relato de Fenimore Cooper. Además del personaje de Conrado,
descrito musicalmente en los primeros y enérgicos compases confiados a
la cuerda y la madera, se sugieren las figuras de Medora, su amante, y de la exótica
Gulnara, la favorita de un pachá.
Entre la mucha música escrita para los piratas del cine destacan claramente
dos fabulosas partituras de Erich Wolfgang Korngold, las destinadas a los filmes
"El capitán Blood" y "El halcón del mar",
dos cumbres incuestionables de la música incidental del siglo XX. Con sus
trabajos para el cine, este reputado compositor de óperas y conciertos
en Viena otorgó respetabilidad a una música considerada entonces
de baja estofa y afianzó la banda sonora de tipo sinfónico con sus
opulentas (pero en absoluto grandilocuentes) partituras orquestales llenas de
colorido, emoción y dramatismo, repletas de inspirados temas (sobresalen
los motivos épicos del héroe de turno y los apasionados temas de
amor) e imaginativos desarrollos y variaciones de corte wagneriano (técnica
del leit-motiv), impregnadas en definitiva de una vitalidad y un romanticismo
acordes con el tono aventurero de la mayoría de las historias que adornó
con su música exquisita. Su arte se despliega con singular riqueza armónica,
melodías especialmente hermosas y una extraordinaria instrumentación
en los scores de las películas de acción protagonizadas por Errol
Flynn, por ejemplo en "El príncipe y el mendigo", "Elizabeth
y Essex", "Robín de los bosques" y las dos citadas al
comienzo del párrafo, dirigidas por Michael Curtiz para la Warner Brothers
en 1935 y 1940.