No es muy frecuente el caso de los bajos reconvertidos en barítonos, aunque la reciente y universal floración de los bajos-barítonos -de nombre o de hechos- enturbie un tanto las aguas de ese estanque: ni Ruggero Raimondi, ni James Morris ni Samuel Ramey serán nunca barítonos aunque canten papeles de ese repertorio; Ettore Bastianini sí lo fue, y como antecedente ya debería bastar, pues fue todo un modelo entre los cantantes de su cuerda. Si para el descubrimiento de su verdadera caracterización vocal fue decisivo el asesoramiento y la opinión de algunos ilustres colegas, para su adaptación a cualquier tipo de situación profesional no fue menos básica su enriquecedora experiencia en las filas del coro del Liceu barcelonés y una etapa, larga y fructífera, en la que ejerció el comprimariado con admirable disponibilidad desde el Barnabotto de La Gioconda o el Alcalde de La forza del destino , sus primeros compromisos como solista en 1971, hasta la sorpresa de un Banquo o, ya en su nueva tesitura, la revelación de un Germont père acogido con delirio por público y compañeros, toda una galería de personajes aprendidos con prisas y ensayados apenas, le prepararon para enfrentarse a una carrera en que cualquier imprevisto puede servir lo mismo de escabel para subir que de trampilla para despeñarse. El sentido musical aprendido desde muy joven oyendo cantar a su padre -éste sí, un verdadero bajo- con la Capella Davídica de Ciutadella, lo aprendido en el Liceu de manos de su mentor Diego Monjo y de los muchos directores musicales y escénicos con los que tuvo que lidiar en el teatro de la Rambla le prepararían para la gran prueba: el Falstaff de la Scala que le consiguiera por sorpresa Carlos Caballé y que, de la mano de Strehler y Abbado, le catapultaría al estrellato absoluto. Scarpia, Tonio, Carlo Gérard, Renato y Amonasro le aguardaban: su voz se adaptó rápidamente al gran repertorio verdiano y verista y sin tener un color estrictamente agradecido en el timbre, su fibra vocal y la solidez de su emisión le permiten absorber todas las exigencias vocales de los personajes encomendados, que ha ido sirviendo con un fraseo cada vez más burilado y con un reposo progresivamente elocuente, recurriendo cada vez con menor frecuencia a efectos típicos de su primera época como el ataque glótico o el agudo forzado por la incorrecta administración del aire. En Juan Pons todo parece en la actualidad más asentado, más cálido y más imaginativo.
Discografía esencial