EN TRES DÉCADAS DE TRAYECTORIA HA DIRIGIDO ESPECTÁCULOS EN VARIOS CONTINENTES, SIENDO EL PRECURSOR DE UN GRUPO DE REGISTAS MADE IN SPAIN CON CARRERA INTERNACIONAL, COMO LLUÍS PASQUAL, CALIXTO BIEITO O LA FURA DELS BAUS. ADEMÁS, HA COMPARTIDO SU ACTIVIDAD CREATIVA CON LA GESTIÓN ARTÍSTICA DE VARIOS TEATROS. POR SU COMPROMISO LÍRICO, EMILIO SAGI ES PREMIO ÓPERA ACTUAL 2010.
El director de escena asturiano Emilio Sagi parece no tenerle miedo a nada en lo que a teatro se refiere. Ha dirigido ópera italiana, francesa, alemana y española, moviéndose por todos los rincones del teatro musical, interesándose por el género serio, el bufo, la grand opéra, la comique, la tonadilla, la comedia musical y la opereta; sus montajes de zarzuela han sido todo un acierto ayudando, creando afición. Ha vivido en carne propia la revolución lírica de la España del cambio de siglo: "Los últimos veinte años han sido intensos; la ópera y la zarzuela se han convertido en nuestro país en hechos teatrales con todas sus consecuencias. Nuestras temporadas históricas (Barcelona, Bilbao y Oviedo) han hecho un gran esfuerzo para hacer llegar a su público este cambio, y a esto se une la reapertura del Real y la inauguración del Palau de Les Arts y del Maestranza". Véndase: usted ha sido, además de director de escena, director artístico del Teatro de La Zarzuela y del Teatro Real, cargo que ahora ostenta en el Arriaga bilbaíno. ¿Qué aporta un perfil como el suyo?
EMILIO SAGI: Creo que los directores de escena somos buenos directores de teatro. En Europa muchas salas están dirigidas por colegas con este perfil. Cuando se conoce desde dentro un espectáculo se evitan muchos errores. Hay quien no se da cuenta de que el alma de un teatro no son las oficinas de administración, sino el escenario.
Ó. A.: ¿Qué período debería permanecer en el cargo un director artístico?
E. S.: No hay un máximo, aunque para llevar a cabo un proyecto se necesitan unos seis u ocho años como mínimo. Hay casos de directores que permanecen décadas en el cargo y su obra arroja un desarrollo coherente. Como ejemplo ahí está el magnífico trabajo de Joan Matabosch en el Liceu o todos esos años de Nicolas Jöel en el Capitole de Toulouse.
Ó. A.: ¿Cuándo comenzó su carrera como director de escena?
E. S.: Fue en el Campoamor de Oviedo, mi ciudad, allá por 1980. Fui tan audaz que me atreví con La Traviata. Creo que si hoy viera ese montaje me saldría un sarpullido, pero en aquel momento me abrió las puertas para debutar en Madrid, en el Teatro de La Zarzuela, con Don Pasquale. En 1988 hice mi debut internacional en Bolonia.
Ó. A.: ¿Por qué no siguió los pasos de sus ilustres antepasados cantantes?
E. S.: Cantaba, y no lo hacía mal: soy barítono, como todos en mi familia, y hasta hice solos en el coro del colegio. Estudié solfeo y no quise continuar, y ahora me arrepiento: en aquellos años estudiar música era un sacrificio y nunca pensé que iba a entrar en el mundo del teatro; por eso estudié Filosofía y Letras en mi ciudad y luego Musicología en Londres. En Oviedo participé en el coro universitario y en un grupo de danza, pero en Inglaterra pude ser ayudante de grandes directores, como John Cox o Götz Friedrich. En todo caso, sin darme cuenta, la historia de mi familia nunca me abandonaba: las fotos que veía de mi abuelo Emilio eran siempre de teatro y a mi tío Luis le vi por primera vez a los 6 años en el Campoamor cantando Molinos de viento. En su camerino asistí fascinado a su paso del personaje a mi tío, un hombre maravilloso, pero yo prefería al Capitán Alberto...
Ó. A.: ¿Cuáles son sus montajes favoritos y cuáles preferiría olvidar?
E. S.: Es difícil decidirse, aunque destacaría El juramento, la zarzuela de Gaztambide con la que me despedí de mis diez años en el Teatro de La Zarzuela en enero de 2000. Recuerdo también mi debut en la opereta en el Châtelet de París con Le Chanteur de Mexico. A pesar del miedo que tenía de revisar un espectáculo que había estado tres años en cartelera en esa ciudad, fue un éxito: conquistamos París. También estoy muy satisfecho de las recientes Nozze di Figaro del Real. Preferiría olvidar unos Puritani que hice en Bolonia, en La Zarzuela, en el Liceu y en el Bunka Kaikan de Tokyo: estaba tan obsesionado porque fuera bello que parecía no tener alma, destilaba poca emoción y podría ser de cualquier director. Respecto del Tristan und Isolde que dirigí en Madrid y Barcelona, creo que no estaba preparado para entrar en esta gran obra. Confieso, casi con rubor, que no me muero por montar óperas de Wagner, aunque hace poco dirigí con éxito Die Feen en París. Quizás me siento incómodo ante tanta trascendencia. Con Idomeneo me pasó algo parecido, pero en este caso la producción tuvo éxito y se repitió muchas veces (Madrid, Barcelona, Venecia, Bilbao, Oviedo y Las Palmas). En el estreno no quedé contento, aunque luego, con las revisiones, la producción adquirió enjundia.
Ó. A.: ¿Cuáles son las características que debe tener un espectáculo lírico para que hoy llegue renovado?
E. S.: Lo más importante es que se cuente una historia, de la manera que sea y con el método que mejor le parezca al director, pero que interese y entretenga. A mí me ha atraído siempre mezclar el puro sentimentalismo, algunas veces cercano al kitsch, con una fría complejidad casi matemática.
Ó. A.: ¿Cuáles son sus compositores favoritos para dirigir?
E. S.: Todas las obras de Richard Strauss son perfectos dramas en música: Salome tiene una gran fuerza y el trabajo del compositor sobre la obra de Oscar Wilde es perfecto; y aunque la unión de Strauss y Hofmannsthal fue genial en Elektra, Rosenkavalier y Ariadne auf Naxos, mi favorita es esa conversación en música que es Capriccio. Adoro, además, Evgeni Onegin y Pique Dame de Chaikovsky, una perfecta combinación de música llena de emoción, sentimiento y pasión y un libreto inteligente basado en obras maestras de Pushkin. Espero que al leer esto algún teatro se anime a encargarme alguna de ellas... En zarzuela creo que el género chico se lleva la palma de la genialidad: obras como las de Chueca o La verbena de la paloma de Bretón y La revoltosa de Chapí son auténticas joyas.
Ó. A.: Usted ha tocado todos los palos teatrales. ¿Hay algún formato que ambiciona dirigir?