La Quincena Musical de San Sebastián fue la gran excepción del raquitismo musical que España vivió durante la época franquista, caracterizada por infraestructuras casi inexistentes de las que apenas se salvó una incipiente red de festivales de verano que paliaron, de forma precaria, las carencias en la organización de conciertos. Con 65 años de experiecia, la veterana Quincena Donostiarra continúa sin olvidarse de la ópera, en cuyo cartel este año figuran auténticas sorpresas.
En el desolador panorama musical de la España de hace medio siglo, hubo contadas excepciones que aportaron ejemplo y estímulo, empujando a la creación de otros ciclos y a la existencia de un circuito que puso las bases de una realidad actual ya cercana a la media europea. En este contexto, adquiere mayor relevancia un festival como la Quincena Musical de San Sebastián, forjado con empeño, y desde puntos de partida sólidos, porque la capital guipuzcoana mantuvo una actividad musical estable y continuada, hecho común a las principales ciudades de la cornisa cantábrica. Y si compartido es el apego a la música en el norte, más lo es aún la devoción lírica que se sustancia en una primacía de la ópera dentro de las actividades culturales.
San Sebastián, en este sentido, también se ha movido por estos parámetros; de ahí la importancia que la ópera ha tenido históricamente en la Quincena, tanto en lo que a representaciones se refiere, como al cuidado con el que siempre se ha tratado a los recitales líricos, uno de los ejes de mayor interés que vertebran los 65 años del evento donostiarra.
La Quincena nace en 1939 y es la propia sociedad civil la que toma las riendas de la iniciativa ante la carencia de música en unas fechas clave para la ciudad como eran y son su Semana Grande. José Antonio Echenique, actual director de la Quincena [ver Primera Fila en página 8] y al frente de la misma desde hace más de dos décadas, lo explica de forma detallada: "Existía una gran actividad musical en San Sebastián que animó a un conjunto de comerciantes y hosteleros de la ciudad a proponer la creación de un festival como la Quincena, que aportara un atractivo más al verano y se sumase a la oferta cultural. Por entonces el veraneo era de tres meses y el calendario donostiarra sufría entre la Semana Grande (principios-mediados de agosto) y las regatas de La Concha (principios de septiembre) una falta de actividad que se buscó cubrir con un festival que tuvo como sede el Teatro Kursaal, edificio que se emplazaba en el lugar donde actualmente se levanta nuestra sede principal, el Centro Kursaal". En este regreso a los orígenes, la Quincena ha cerrado un círculo en sus seis décadas de existencia, volviendo a su sede origininaria convertida ahora en un Auditorio polivalente que permite alternar las representaciones de ópera con conciertos sinfónicos en un mismo espacio.
Búsqueda de excelencia
Una de las características clave que definen la historia de la Quincena, analizada operísticamente, es el objetivo claro de la búsqueda de la excelencia. Ha sido, en este ámbito, una lucha constante por la consecución de los mejores repartos y, más recientemente, por lograr un espectáculo más completo, con peso creciente en la calidad de las producciones. Pero desde sus primerso años se contó con la presencia de los grandes divos operísticos. Fue una etapa que Echenique evoca en su particular hoja de ruta: "Al final de la década de los 40 y los 50 existía un convenio directo entre el Ministerio de Cultura italiano y el Festival que permitió que acudieran a San Sebastián la Orquesta del Maggio Fiorentino y cantantes como Mario del Monaco, Carlo Bergonzi, Beniamino Gigli o Piero Cappuccilli. Tampoco puedo olvidar los momentos vividos con Alfredo Kraus, Montserrat Caballé, Teresa Berganza, Plácido Domingo, Jessye Norman o Nicolai Gedda, entre otros. Memorable fue la participación, en 1971 y en La Bohème, de Luciano Pavarotti, en una de sus primeras apariciones en España. A título anecdótico, en aquella ocasión también yo tuve mi pequeña participación, como figurante con el Orfeón Donostiarra. Importante fue también el año 1987, con la recuperación de la ópera escenificada después de varios años en los que sólo se ofrecieron recitales. Más recientemente, guardo especial recuerdo de las dos óperas dirigidas por Pierluigi Pizzi, L'Italana in Algeri, con Martine Dupuy, Rockwell Blake y Simone Alaimo en 1992, y La Traviata, con Ainhoa Arteta en 1993, además de la Gala Rossiniana de 1990 con Luciana Serra, Dupuy, Blake y Alaimo, o L'elisir d'amore, con María Bayo, José Bros, Carlos Álvarez en 1996, dirigida escénicamente por Mario Gas. También recuerdo especialmente la primera ópera escenificada en el Kursaal, un Rigoletto con responsabilidad musical de Jesús López Cobos y escénica de Jonathan Miller, hace tres años, como también la Gala Verdiana que se hizo aquel mismo año, con Roberto Scandiuzzi, Dolora Zajick, o el Orfeo ed Euridice del año pasado de Comediants, que supuso la primera coproducción operística de la Quincena. Por otra parte, desde que tomara la dirección del Festival en 1979, recuerdo un momento de especial tensión en 1992 en el que el director Bruno Campanella, a 48 horas del estreno de L'Italiana in Algeri amenazó con un plante al que se sumaron los solistas. Al final todo se solucionó y la función se ofreció sin problemas".
Desde el primitivo Kursaal al de Moneo ha habido un largo recorrido que tuvo en el Teatro Victoria Eugenia su epicentro; para la Quincena el nuevo equipamiento ha posibilitado una sede de gran relieve. Según detalla Echenique, "el Kursaal nos ha permitido incorporar una sede realizada por y para la música, con lo que ello conlleva de acústica y visibilidad, además de disfrutar de un espacio escénico de mayores dimensiones, sin olvidar la ampliación del aforo, al pasar de los 1.000 espectadores que ofrecíamos en el Teatro Victoria Eugenia a las 1.800 localidades que dispone el Auditorio Kursaal. Por otra parte, la recuperación del Victoria Eugenia nos permitirá contar con un nuevo espacio para la lírica, aunque para ello también harán falta más medios económicos. Evidentemente, su reapertura será una importante noticia para nuestro festival, aunque actualmente las obras están paralizadas y pensamos que hasta 2007 no podremos contar con ese espacio".
La cronología de la historia operística de la Quincena resulta apasionante por varios motivos: la fidelidad lírica y el constante afán por mejorar que se aprecia en sucesivas ediciones. Desde los esfuerzos iniciales a la fecunda realidad actual el recorrido es buen ejemplo de cómo se han ido modificando los ciclos líricos españoles que paulatinamente han sabido incorporar nuevos títulos y han desestimado las constantes reiteraciones tan frecuentes años atrás. La década de los cuarenta entroncan con la edad de oro de la lírica en el siglo XX, con nombres imprescindibles para el aficionado. Títulos como Otello en 1940, Manon, Rigoletto y Werther en 1944 son el preludio al primer esplendor del ciclo, entre 1946 y 1950, en el que figuran dos montajes de Manon -la primera con Mafalda Favero y Beniamino Gigli y la segunda con Victoria de los Ángeles y Giuseppe di Stefano-, Cavalleria y Pagliacci con Gigli, Aida, La Bohème, Butterfly, Rigoletto, Faust, Les pêcheurs de perles, Tosca, Barbero de Sevilla, Werther, Ballo, Hamlet, Aida, Lohengrin -dirigido por Has von Benda-, Trovatore o Andrea Chénier, entre otros títulos, lo que ejemplifica el fuerte peso del verismo en las primeras programaciones que se articulan, además, con los títulos más conocidos de Verdi, ópera romántica francesa y un peso menor del bel canto.